Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Curioso Peligroso
Eduardo García Gaspar
15 octubre 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Tengo una impresión. Es algo vaga. Sin embargo, me inclino a pensar que existe.

Es riesgosa. Es el temor a lo diferente, a la ambición personal de ser independiente y autónomo.

Es como un miedo a ser uno mismo.

Lo he visto, por ejemplo, en recientes marchas juveniles que, con sorpresa, piden perder libertades.

Es como un rechazo a quien tiene inquietudes que no coinciden con las actitudes mayoritarias, a quien manifiesta opiniones que no son políticamente correctas, a quien ama hacer preguntas.

Tocqueville (1805-1859) lo expresó bien: “En Europa estamos habituados a mirar con gran peligro social la inquietud del espíritu…”

Es como una devoción por el promedio, un fervor por lo estándar. Quizá sea un rechazo a lo nuevo y desconocido. Lo he encontrado en cantidad de opiniones que tienen como común denominador el buscar temas obvios y tratarlos como clichés.

Niegue usted el cambio climático y verá lo que sucede. O diga que el motivo de lucro no tiene nada de malo y aténgase a las consecuencias. Opine usted que la educación laica es defectuosa por incompleta y recibirá respuestas sorprendentes.

Ponga usted en tela de juicio a la opinión mayoritaria y será visto como un loco incomprensible.

Bien, bien, exagero, pero no estoy alejado de la realidad. Lo que creo que bien vale una segunda opinión es señalar esto como el miedo a hacer preguntas y a pedir claridad.

Es como haber perdido el hábito socrático de la curiosidad intelectual. Como el caso de quien criticaba el “afán de lucro” y a quien entonces pedí que me hiciera un trabajo gratis, a lo que se negó indignado.

Sigamos con esto de lucro, como ejemplo. ¿Qué es lucro? Para unos es una maldad terrible, pero no suelen ellos saberlo definir.

Si lucro es ganar dinero, entonces todos deberían trabajar gratuitamente. Si lucro es ganar dinero a cambio de dar algo a otros, la cosa no es mala, sino justa. Una empresa exitosa debe ganar dinero y esos es bueno para todos, pues le permite sobrevivir.

¿Ve a lo que me refiero? Hay palabras como “lucro” que deben ser examinadas más a fondo, sin aceptar el juicio inmediato de la falta de curiosidad.

Igual que otro tema prohibido, la existencia de Dios, donde la curiosidad ha sido anulada a pesar de ser un tema básico, el mayor de todos. Son terrenos en los que se teme hacer preguntas.

Porque hacerlas denota independencia y la independencia es odiosa para el promedio. Porque hacer preguntas muestra curiosidad y la curiosidad conduce a peligros no deseados. Es mejor, se opina, la comodidad de la mediocridad que evita los conflictos que las preguntas ocasionan.

Este miedo a la curiosidad es lo que ha creado la condición perfecta para el relativismo. A quien opina con autonomía se le responde que ésa es su verdad, pero que para otros hay otras verdades. Y, asunto terminado. Ya no hay necesidad de saber más, ni de preguntar, la discusión se ha acabado y no hay necesidad de más conocimiento.

El miedo a la curiosidad, al hacer preguntas, me da la impresión, es una presión social considerable. Es lo que J. S. Mill (1806-1873) llamó la tiranía de las mayorías, considerándola aún peor que la tiranía gubernamental.

Es como la censura a sí mismo con tal de evitar el rechazo de las personas cercanas. Lo peor, me parece, es que es una enfermedad que la padece la juventud actual.

La desaparición de la curiosidad intelectual que lleva a la independencia personal tiene consecuencias. Lleva a las personas a ser veletas que se mueven en la dirección de la última moda incuestionable, de la novedad considerada un avance seguro.

Es como orientar la vida según el último programa del History Channel o de National Geographic.

Son estas impresiones mías y que me preocupan, especialmente entre los jóvenes. Porque los he visto más como máquinas reproductoras de ideas viejas y opiniones estándares que como creadores libres y curiosos que ponen primero su independencia.

Cuando la curiosidad se mata, cuando la independencia se teme, las personas se tornan esclavas de quien más grita y vocifera.

¿La solución? Cada uno de nosotros por separado acostumbrándose a preguntar varias veces al día “¿por qué?” y, sobre todo, recuperando la curiosidad intelectual, poniendo todo en tela de juicio, especialmente lo mayoritario.

Post Scriptum

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