Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Detalle del Freno
Eduardo García Gaspar
23 marzo 2012
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hablaba en la radio.

Decía que sería bueno que los gobiernos se hicieran cargo de la economía, para que la producción no tuviera motivos de lucro.

Los productos debían tener, según este hombre, una función social (que nunca definió) y seguir los planes económicos de la autoridad.

Así se evitaría la codicia de los empresarios.

En resumen, la avaricia del empresario se corrige con la intervención de los burócratas que dicen qué producir, en qué cantidad y a qué precio. Es difícil padecer una inocencia tan extrema.

Pero, a pesar de ello, bien vale una segunda opinión tratar este tema, para lo que tenemos que ir hasta finales del siglo 18.

Cuando Adam Smith publicó su famoso libro popularizó una idea que va en contra de la intuición inicial: cuando un cervecero vende su cerveza, no está él invadido de las más altas intenciones, no piensa en su función social, lo que quiere es tener un ingreso.

Es algo terreno, práctico, concreto. Incluso grosero y vulgar. Lo mismo va para el carnicero y para el panadero que venden sus productos.

No es que sea codicia lo que los mueve, pero seguramente es un interés en sí mismos, en el bienestar propio. No están ellos tan interesados en el bienestar de sus clientes, como en el de sí mismos.

Sin embargo, detrás de todo esto, hay algo que no se ve fácilmente: la única posible manera de que el carnicero eleve su beneficio es complacer a sus clientes. Cuanto más los complazca, mayor será el ingreso del carnicero.

El mérito de Smith fue tener la perspicacia para anotar eso y explicarlo con sencillez: no es el altruismo del panadero lo que hace posible que tengamos pan en nuestras mesas.

El es interés propio del panadero el que coloca ese pan en nuestras casas. El afán del cervecero por ganar dinero nos beneficia a todos, es lo que coloca la cerveza en nuestros vasos.

Es como si al egoísmo propio del humano se le hubiera puesto un yugo: para tener las cosas que uno ambiciona, el dinero que uno quiere, hay una manera de lograrlo, el servir a otros, el producir el pan que necesitan, al carne que comen. La indudable fuerza del egoísmo humano se canaliza así a lograr el bien de terceros.

Regresos ahora al siglo 21, con este hombre que en la radio propuso que los gobiernos se hicieran cargo de la economía, planeándola según sus criterios e ideas.

¿Qué pasará en este caso? Lo primero que sucede es que el egoísmo sigue existiendo. Lo tenían antes el panadero y sus clientes, cada uno interesado en su bien propio. En este caso, el egoísmo no desaparece. Lo padecen todos, los burócratas y los ciudadanos.

El mismo egoísmo, pero el yugo que lo frenaba antes no existe ahora. El gobernante actuará como planeador de la economía, pero nada frenará su ambición, porque su bienestar no depende del bienestar ajeno.

Sólo se depende de la buena voluntad del gobernante, de aceptar sus promesas de que hará su función social sin sucumbir a tentaciones personales. Total, demasiado soñador el asunto, pero con un valor notable para ilustrar la inocencia del socialista.

Para el socialista, el empresario es un ser codicioso, egoísta, mezquino, ambicioso, inmoral, capaz de hacer lo que sea por ganar un centavo más. Pero cuando el socialista habla de los gobernantes, piensa que todos son altruistas, morales, benévolos, angelicales, capaces de los más abnegados sacrificios en aras del bien del resto.

¿Ve usted la dificultad?

Si alguien piensa que los empresarios son unos egoístas avaros que venderían a su madre por unos pesos, no puede aceptar que en automático los gobernantes son casi ángeles celestiales.

También los gobernantes tienen todos esos defectos y sucumben a tentaciones y cometen errores y piensan en ellos antes que en los demás.

El meollo de todo está por tanto en cómo frenar el egoísmo que todos padecemos, que es donde el sistema de la planeación gubernamental de la economía fracasa: deja sis frenos al egoísmo de los gobernantes.

En cambio en un sistema de mercado libre, el egoísmo tiene un freno, que es el estar condicionado a lograr la preferencia del cliente.

Este es el detalle que olvidó este hombre de la radio: creyó que los gobernantes se comportarían como ángeles y los empresarios como demonios, cuando en realidad los dos son humanos y egoístas.

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