Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Egoísmo Que no lo es
Eduardo García Gaspar
1 octubre 2012
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La persona criticó al egoísmo. No está mal hacerlo.

Lo que está mal es hacerlo sin saber qué es egoísmo.

O hacerlo tomando como real una definición sesgada a lo negativo.

La crítica al egoísmo es tan usada y tan poco pensada que el tema bien vale una segunda opinión. Seamos lógicos.

La definición del egoísmo establece que es la atención extrema a sí mismo acompañada del desinterés en los otros. Nace de un exceso de amor de la persona hacia ella misma y le lleva a buscar su bien personal sin considerar a los demás.

Un egoísta extremo dañará a otros si eso le produce beneficios. Hay en esto dos elementos.

• Uno es el buscar el beneficio propio. No es malo, al contrario es positivo. Es lo que uno hace al buscar mantenerse vivo, al querer vivir mejor.

Los problemas comienzan cuando esa búsqueda del bienestar propio se vuelve desmedida y poco juiciosa. Por ejemplo, el uso innecesario de cirugías plásticas, o la obsesión con compras de ropa.

• El otro es el impacto en otros de la conducta propia. Aquí hay tres posibilidades:

  1. beneficiar al otro,
  2. dañar al otro y
  3. no afectarlo en nada.

Aquí es cuando las cosas se ponen interesantes porque se abre una posibilidad fascinante: buscar el beneficio propio y al mismo tiempo, con la misma conducta, beneficiar al otro. Es una posibilidad real, a pesar de que suene extraña en un principio.

La otra posibilidad, la del buscar el beneficio propio dañando al otro, eso sería el real y verdadero egoísmo. El que todos conocemos y que es un amor desmedido por sí mismo que mueve a acciones en las que el daño a los demás no se considera.

Por supuesto, esto es reprobable. Es malo. Es el egoísmo que la persona criticó con toda la razón.

Sin embargo, al ver más de cerca el tema, se descubre esa posibilidad extraña y nueva. La de la persona que buscando su propio bienestar produce un beneficio en la vida de otros.

No es algo se se comprenda bien en el inicio. Tendemos todos a juzgar como negativo todo egoísmo, sin darnos mucha cuenta de que hay actos que pueden verse como egoístas pero no lo son.

No lo son porque no cumplen con el segundo elemento, el de dañar a otros. Actos de este tipo hay muchos, millones cada segundo. Quizá por eso no nos demos mucha cuenta de ellos.

Cuento uno personal: vendí a un amigo un automóvil mío a un cierto precio; yo quería el dinero y mi amigo el coche. Yo busqué mi beneficio y lo logré, pero también lo beneficié a él. A él le sucedió lo mismo en la otra dirección.

Eso tiene su propio nombre. No se llama egoísmo. Le dicen doctrina del “interés bien entendido”. Es una frase de Tocqueville (1805-1859). Y ya no puede recibir las críticas justificadas que merece el egoísmo.

Es todo un descubrimiento que pone en tela de juicio muchas críticas vacías y sin sentido que suelen hacerse. Por ejemplo, esa misma persona criticó por egoístas las grandes fortunas de muchos empresarios y, aseguró, que han sido obtenidas buscando el beneficio propio y dañando a los demás. ¿De verdad? No necesariamente.

La doctrina del “interés bien entendido” nos puede ayudar a ver que esa crítica puede estar infundada y que usualmente lo está.

Tome usted a un ejemplo extremo, el de Apple y su éxito extremo. Sus accionistas no lograron sus fortunas dañando a los demás, al contrario. Hicieron más productivos a sus clientes, pagaron sueldos a sus empleados, contrataron proveedores. Queriendo su bien, ayudaron a otros a vivir mejor.

Todo lo anterior puede resultar aburrido y sin consecuencias, pero en realidad tiene su utilidad, y mucha. Los políticos suelen aprovechar la idea de que el egoísmo mueve a todos y venderse ellos como los árbitros que lo corregirán.

Al hacerlo venden la idea de que el beneficio de uno es siempre el daño del otro y engañan con facilidad a la gente que así encuentra una explicación (falsa) de su situación.

Con la promoción del mal entendimiento del egoísmo, producen divisiones sociales y odios de clase que debilitan a la sociedad.

Este es el error de la idea popularizada de la lucha de clases, fruto de la falta de perspicacia que impide ver la existencia de esa posibilidad fascinante: la de actuar buscando el beneficio personal y al mismo tiempo, sin mucho quererlo ni buscarlo, lograr también el beneficio de otros.

Post Scriptum

Tocqueville, con su habitual refinamiento, apunta que el interés bien entendido no crea precisamente personas de grandes virtudes ejemplares; pero sí forma hábitos sanos en las personas que se vuelven “ciudadanos sobrios, arreglados, templados, precavidos y dueños de sí mismos” (Tocqueville, A. d. (1978). La democracia en América (L. R. Cuéllar, Trad.). México: Fondo de Cultura Económica).

Este interés bien entendido. “si no conduce directamente a la virtud por medio de la libertad”, sigue diciendo, “al menos los acerca insensiblemente a ella, por medio de hábitos”.

Es seguro que el lector vea en esto otra manera de explicar la idea del panadero que sin buscarlo ayuda a a los demás a tener pan, cuando su meta es ganarse la vida y no ser un altruista.

La falla del razonamiento de la crítica a todo egoísmo está en ignorar la posibilidad de conductas que sean motivadas por el beneficio personal de la persona, pero que produzcan un efecto positivo en la vida de otros.

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