vacío moral
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El gobierno convertido en árbitro moral. Estados transformados en jueces morales. Un fenómeno moderno que abre las puertas al totalitarismo al desaparecer la división del poder que defiende a la libertad.

Introducción

El papel del estado o gobierno ha sufrido transformaciones sin que de ello exista mucha conciencia. Sin poner atención, su poder ha sido extendido como si ello fuese lo natural y lógico.

Quizá la transformación mayor es la de extender las funciones estatales al terreno prescriptivo, el de lo que debe ser.

Para muchos, el gobierno se ha convertido es un árbitro moral, que decide lo que es bueno y lo que es malo. El gobierno ha sido transformado en creador de la moral y juez de la verdad.

Ratzinger examina el tema proponiendo ideas con sentido común y que llaman de nuevo a la separación de funciones entre iglesia y estado.


La idea reportada aquí fue encontrada en la obra de Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI) (2006). Values in a Time of Upheaval. The Crossroad Publishing Company, pp 67 – 70.


Al final del capítulo titulado The Significance of Religions and Ethical Values, el autor presenta un resumen de siete ideas, que es lo que aquí se resume en tres áreas que las agrupan.

El gran tema es la función del gobierno, o quizá mejor dicho, su naturaleza, la que lo permite entender y, por tanto, exponer sus límites. Una crítica al gobierno convertido en árbitro moral.

El Estado no es un absoluto

Primero, dice el autor, el estado no puede ser en sí mismo la fuente de la moral y la verdad. Los gobiernos, por su naturaleza, están imposibilitados para producir la verdad por sus propios medios, usando una ideología cualquiera. El estado no es un absoluto.

Las ideologías que produciría un estado absoluto estarían sustentadas en personas, razas, otras entidades, como las mayorías.

Más aún, la meta del estado no puede ser definida en una libertad sin contenidos definidos, pero esos contenidos tienen que ser establecidos si se desea tener una sociedad posible y libre.

Es decir, el Estado necesita elementos o contenidos que hagan viable su labor. Contenidos que sean absolutos, que no puedan ser manipulados: un mínimo monto de verdad y de conocimiento de la verdad. Y el estado no los puede crear.

Si lo hace, sería un absoluto. Así Ratzinger sugiere implícitamente la siguiente consideración.

Si el estado no puede crear los contenidos de la libertad en una sociedad ordenada, esos contenidos de la verdad y la moral deben ser obtenidos de otra parte.

Pope Benedict XVI greets the Faithful in Saint Peters Square“Pope Benedict XVI greets the Faithful in Saint Peters Square” by JeffyBruno is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

La verdad es externa

Segundo, el autor lo menciona explícitamente: esos contenidos de verdad y de conocimiento de lo bueno son externos al estado. No pueden ser creados por él. Si lo fueran podrían ser cambiados al gusto del gobierno.

El estado, para bien de todos, por tanto, toma de fuera de él esos elementos que son independientes de él. Si acaso fuese el estado su creador, se tornaría en una entidad ilimitada que manosearía a su conveniencia la verdad y la moral.

Puede esto quizá entenderse esta idea como una nueva manera de expresar un freno al poder estatal. Otra de las razones por las que es posible negar que el gobierno sea convertido en árbitro moral.

En la división tradicional del poder del estado, se crean las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, dentro de un sistema con elecciones periódicas. Aquí el autor coloca otra división del poder, el reconocimiento de que la verdad y la moral son externas al estado y ste debe respetarlos.

La posibilidad ideal de conocer eso que es exógeno al gobierno sería el uso de la razón, una tarea filosófica a cultivar. Es decir, una vez que se reconoce que verdad y moral son externas al estado, queda por resolver ese conocimiento y una posibilidad es esa tarea ideal, la de hacer uso de la razón humana.

La influencia de la historia

Pero esto que sería ideal no existe con independencia de la historia. Es solo dentro de un contexto histórico que se tiene el uso de la razón y el pensamiento, al mismo tiempo dependiendo del contexto, pero también trascendiéndolo.

Si no se puede llegar a ese plan ideal, sí se puede acudir a la razón pero ahora dentro de la historia y ella nos ha mostrado realidades.

Es una realidad que los gobiernos han reconocido y aplicado la razón moral teniendo como base tradiciones religiosas, las que han provisto educación moral.

Hay que reconocer, sin embargo, que la disposición a aceptar a la razón y al conocimiento de lo bueno ha variado entre las religiones históricas, igual que ha sido variable la relación que se ha tenido entre religión y estado.

En la historia se encuentran también tendencias a asignar al estado un nivel de divinidad, considerándolo absoluto en términos religiosos. Pero también, existen formas de relación de estado y religión que han sido provechosas, entre conocimiento moral basado en la religión y el buen ordenamiento del gobierno.

Hasta podría decirse que grandes instituciones religiosas y estatales han manifestado acuerdos importantes, coincidencias significativas en lo que es moralmente bueno. Esto puede interpretarse como un acuerdo en una racionalidad compartida.

Son como lecciones de experiencias pasadas y que han usado la razón. Sí, han existido discrepancias y variaciones, pero también coincidencias y acuerdos.

Cultura religiosa universal y racional

Tercero, Ratzinger, siguiendo con la historia, apunta que la fe cristiana ha demostrado ser la cultura religiosa más universal y racional.

Incluso hoy en día, la fe cristiana sustenta en la razón su estructura moral, la que si bien no ofrece una cualidad evidencial, al menos sí provee una fe racional sin la que una sociedad no podría perdurar.

La aseveración puede sorprender a algunos, los que suelen asociar a las creencias religiosas con la irracionalidad. La realidad suele sorprender y este es un caso quizá paradigmático.

Lejos de estar alejada de la razón, la fe cristiana tiene fuertes fundamentos de ese tipo y por eso precisamente brinda una ayuda sustancial en la determinación de los contenidos externos al estado.

Vuelve ahora el autor al tema inicial, el del estado recibiendo de fuera su sustento principal. Lo que recibe no es una moral meramente racional, sino la razón que ha madurado en la forma histórica de la fe.

La aspiración religiosa

Es necesario aclararlo: la Iglesia no debe aspirar a volverse un estado o gobierno, ni a conformarse como una entidad de poder dentro del estado o más allá de sus fronteras.

La aclaración es imprescindible, sobre todo para las formas de pensar que se sustentan en entender a la realidad como luchas de poder y nada más. La afirmación es contundente y puede ampliarse a una regla general tomando las ideas del autor: no es conveniente que las iglesias se fusionen con el estado.

Si eso hiciera la Iglesia, ella caería en la contradicción de convertirse en lo que desea negar. Fusionándose con el estado, las esencias de la Iglesia y del estado serían destruidas.

La Iglesia es exterior al estado, porque de esa manera ambas instituciones pueden ser lo que deben ser. Las dos deben tener sus lugares apropiados y también reconocer sus límites, para permanecer en ellos.

Ambas deben respetar su libertad y su ser porque esa es la manera en la que ellas pueden servirse. Más aún, la Iglesia debe esforzarse en hacer brillar a la verdad moral que se ofrece al estado y a los ciudadanos.

Esta verdad debe ser fuerte dentro de la Iglesia y debe formar a las personas, porque solo así puede convencer a otros, siendo una fuerza que funcione como una especie de levadura en provecho de todos.

Conclusión: el gobierno convertido en árbitro moral

La gran idea del papa Benedicto XVI tiene un valor práctico extraordinario para todo defensor de la libertad humana.

Frena la posibilidad de que los gobiernos dominen la moral y la ética. Una cualidad que será apreciada por todos, incluyendo a los ateos.

Refuerza además la idea de la asociación entre el Cristianismo y la razón. Si bien el clisé es disociarlas, creyendo que esa religión aborrece la razón y favorece la superstición, debe recordarse que movimientos filosóficos actuales de considerable influencia han afirmado que ni siquiera como ideales debe tomarse en cuenta a la verdad, la racionalidad, la objetividad y la realidad.

Por eso, resultó en verdad sorprendente para muchos que en 1998 haya sido publicada una encíclica en la que se defiende a la razón humana y el descubrimiento de la verdad.

El hecho es tan llamativo que un autor comentó que haría revolverse a Voltaire de su tumba al saber que el defensor de la razón era en estos tiempos en obispo de Roma (Gregg, S. On Ordered Liberty: A Treatise on the Free Society, Religion, Politics, and Society in the New Millennium, Lexington Books, p. 7).

Cuando el gobierno se ha convertido en árbitro moral, los límites de su poder desaparecen y la puerta al totalitarismo se abre de par en par.



Y unas pocas cosas más…

Debe verse:

La debilidad de las sociedades occidentales

Otras ideas:



[Actualización última: 2020-09]

Notas extras sobre el gobierno convertido en fuente de la moral

Por Eduardo García Gaspar

Sucede entre los defensores de la libertad. Los hay muchos y de muchos tipos. Uno de ellos es particularmente interesante. Es el que me propongo examinar.

El riesgo de tener un gobierno o un Estado convertido en un árbitro o juez de la verdad y la moral.

Las creencias del liberal común

Su mentalidad es la de la libertad manifestada en muchos campos. Eso ocasiona simpatías para muchos.

Creen en la libertad económica, con sus consecuencias obvias: comercio libre, mercados libres, derecho al trabajo personal. Están en contra de lo obvio: subsidios, monopolios estatales, impuestos, intervencionismo, estado de bienestar.

Creen en la libertad política, favoreciendo un gobierno muy limitado, transparente, de bajo costo.

Nada es tan odioso para esta mentalidad como el gobierno que excede su tamaño natural y quiere hacerse responsable de la felicidad del ciudadano, con instituciones que dominan a la educación, a la seguridad social e invaden la vida privada.

En cuanto a la libertad cultural, apoyan la libertad de expresión, la educativa, la artística, todas las que uno se imagina normalmente, como libertad religiosa.

Favorecen la legalización de drogas y de la prostitución, quizá como medida en contra de efectos no intencionales que empeoren la situación que intentan mejorar.

Tienen una mentalidad liberal seria y lógica, que les lleva a apoyar el derecho de poseer armas, a emigrar con libertad, e incluso el derecho a cambiar de gobierno por medios violentos si es necesario.

Su tipo de gobierno es representativo, muy responsable de preservar libertades y hacer respetar contratos voluntarios.

Los extremos del defensor de la libertad

Hasta aquí, sus ideas causan simpatías entre todos los que consideramos que la libertad es el gran valor a respetar dada la dignidad humana y su capacidad para razonar.

Quizá en algunas cosas, habrá quienes los vean extremistas, pero tiene sentido lo que dicen.

Y, sin embargo, van más allá de eso, que es cuando comienzan los problemas, al menos con quienes no llegamos a esos extremos.

Proponen ellos que sean legalizados el aborto y los matrimonios homosexuales, y que se imponga un régimen laico de gobierno.

Aclaro esto último, si por eso de laico se entiende separación de poderes entre iglesias y gobiernos, eso es razonable. Pero si significa anular a las iglesias, entonces cometen un error serio, del que no creo que se den cuenta.

No es sencillo explicar el error. Lo intento para mostrar el error de tener a un gobierno convertido en árbitro de la moral.

La división del poder

La mentalidad del liberal se sustenta en mucho en la fragmentación del poder dentro de la sociedad.

La libertad económica divide al poder económico. El gobierno pequeño que tiene prohibido ir más allá de un límite, es representativo y sus funciones se fragmentan, es una división del poder político.

Toda la libertad cultural hace imposible a la censura gubernamental, mediante las libertades de educación, expresión y demás.

Todo suena muy bien, excepto por una cosa involuntaria: cuando se cede al gobierno la facultad de decidir asuntos morales, sucede que entonces el gobierno adquiere un poder que rechazaría el mismo liberal.

Una mucho mejor situación es la de impedir que el gobierno adquiera ese poder moral, el de decidir qué es bueno y qué es malo.

Si el liberal no quiere que el gobierno tenga monopolios, entonces debería no querer tampoco que tenga un poder aún mayor, el de decidir la moral. Convendría que ese poder radicara en alguna otra parte, independiente del gobierno.

Un ejemplo obvio

Tomemos, por ejemplo, el caso del aborto. Su legalización y las ayudas gubernamentales que reciba constituyen una adición gigantesca al poder gubernamental, el que ha decidido que es posible matar a personas que pertenecen a cierto grupo.

La tradición social, las iglesias, las costumbres, todo eso habría negado darle tanto poder a los gobiernos. La moral, y eso es vital para la libertad, no puede ser creada por los gobiernos.

La libertad a la que tanto se defiende implica por necesidad lógica un código moral que la valora y ese código no puede ser decidido por los gobiernos.

Es decir, mi posición de que la moral debe ser ajena a la voluntad de los gobiernos es aún más radical que la de quienes quieren que el gobierno legalice el aborto, por ejemplo.

La libertad y su moral impone límites a la libertad y esos límites se necesitan para que ella sobreviva. ¿Quiere usted matar a la libertad?

Déle al gobierno la autoridad para legislar lo que es bueno y lo que es malo. Si el intervencionismo económico es terrible, el intervencionismo moral lo es aún más.

Post Scriptum

Más en concreto, la ambición de un estado laico, en el sentido de estar libre de influencias religiosas, quitará ese contrapeso al poder gubernamental y le permitirá invadir a la vida privada que es en donde trabaja la conciencia y la moral que más tarde va a lo público.

Un gobierno que permite todas las libertades es el mismo gobierno que las anulará cuando quiera.

De eso es de lo que no creo que se den mucha cuenta los liberales extremos, una postura que coincide curiosamente con la de los progresistas, que desean un gobierno poderoso y que sea la autoridad moral de la sociedad.