Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Tercer Discípulo
Eduardo García Gaspar
19 julio 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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La historia es de hace ya algún tiempo.

Un rabino, muy sabio y prudente, tenía tres discípulos.

Cierto día, decidió ponerles un examen para comprobar su aprendizaje.

Siendo un hombre inteligente, prefirió ponerles una prueba real y tangible, una que comprobara realmente lo que habían aprendido.

Fue así que un cierto día y sin que estuvieran presentes los otros dos, interrogó al primer discípulo.

“Dime”, le dijo, “que es lo que harías si en el camino de regreso a tu casa encuentras una bolsa con cinco monedas de oro”.

Este discípulo no tardó un segundo en hablar. Respondió de inmediato, “Lo entregaría a su legítimo dueño en ese preciso instante”.

Siendo el rabino un hombre lleno de sabiduría, meditó ampliamente la respuesta dada. Su respuesta fue la correcta, pensó, pues es lo que debe hacerse de inmediato. Sin embargo, también pensó, dudo de su franqueza, pues su respuesta fue demasiado rápida, como si no la pensara. Concluyó que al alumno aún la faltaba madurar.

Al día siguiente, estando sólo con el segundo alumno, le hizo la misma pregunta.

“Dime”, le dijo, “que es lo que harías si en el camino de regreso a tu casa encuentras una bolsa con cinco monedas de oro”.

El alumno, en este caso, dudó un poco y al final dijo, “Me quedaría con las monedas si es que nadie me vio encontrarlas”.

El rabino, ya estando sólo, reflexionó sobre la respuesta. El discípulo tuvo un buen punto, se dijo, pues habló con la verdad y esa es una cualidad admirable que ha aprendido. Pero, del otro lado, sucumbió a la tentación de lo material sin cumplir su deber de devolver las monedas. Concluyó que al alumno aún la faltaba madurar.

Pasó un día más y ahora buscó al tercer alumno.

“Dime”, le dijo, “que es lo que harías si en el camino de regreso a tu casa encuentras una bolsa con cinco monedas de oro”.

El discípulo lo miro a la cara y dijo, “Maestro, con cinco monedas de oro en la mano la tentación sería muy grande. Pensaría en quedarme con ellas, pero haría una cosa también. Rezaría a Dios para que me diera fuerza y buscara al legítimo dueño, para devolvérselas”.

El rabino, estando ya sólo, meditó sobre la respuesta del tercer discípulo. “Este es un hombre que ha aprendido lo que le he enseñado. Es un hombre que ya no me necesita. Ahora él puede ser un rabino como yo. Puede confiarse en él”.

Aunque la historia tiene un origen en la tradición judía, obviamente puede trasladarse a otras religiones. Sería fácil, por ejemplo, imaginarla con un monje budista. Y, sin embargo, su esencia al final de cuentas es profundamente judeo-cristiana. El tercer alumno encarna un entendimiento poco común de la naturaleza humana, enfrentando su libertad a cada instante.

El gran mérito de la historia es examinar a la naturaleza humana, ilustrando su esencia que vacila entre lo bueno y lo malo. Se haga o no bajo una óptica religiosa, el tema es quizá el más interesante que podamos tratar.

Para un cristiano, las personas fueron hechas a imagen y semejanza divina. Es decir, tienen una naturaleza que es por definición buena.

Están inclinados naturalmente hacia lo bueno, es decir, hacía el respeto a esa naturaleza divina. Pero al mismo tiempo, su libertad les da siempre la posibilidad de hacer lo indebido, lo contrario a su propia naturaleza.

Este entendimiento de la persona es realmente notable, incluso para quienes no son cristianos. Pone frente a nosotros nuestro gran dilema, el ser o no ser congruentes con lo que somos.

En la filosofía griega se plantea exactamente lo mismo, concluyendo que lo que debe hacerse es lo que es propio de la persona y lo que no debe hacerse es lo contrario.

El Cristianismo añade, sin embargo, un elemento adicional extremo. Si efectivamente fuimos creados a imagen y semejanza divina, debemos actuar de esa manera, como Dios nos manda hacerlo. Pero hay una complicación que es el centro de lo que el tercer alumno dijo: la aceptación y reconocimiento de la debilidad humana y que sólo puede ser compensada con la oración a Dios.

La idea es fabulosa, me parece. Veamos los dos extremos a esa posición de debilidad humana compensada con la fuerza de Dios.

De un lado, está el reconocimiento de la extrema debilidad sin aceptar a Dios, lo que conduce a la desesperación y el enojo.

Del otro lado, está la negación de la extrema debilidad sin aceptar a Dios, lo que lleva a la soberbia y la altivez.

Ningún extremo es atractivo, ni real. Fue el tercer alumno el que expresó ese justo medio de una manera comprensible. Puede confiarse en él. Ha entendido al ser humano.

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