Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Escena de Una Película Vista
Eduardo García Gaspar
20 abril 2012
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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El embrollo es de lo más interesante de los últimos días.

No tanto por las reacciones de las dos partes, sino por lo que hay detrás de todo.

Hablo de la expropiación argentina de la petrolera YPF, propiedad en parte de Repsol, que a su vez es parte en propiedad de Pemex, el monopolio petrolero mexicano.

En la superficie, el problema es una valuación de YPF en 10 mil millones de dólares. Eso es lo que está en juego, pagar o no lo pedido por Repsol. Obviamente el gobierno argentino dice que no.

Luego están las reacciones, en su mayoría negativas, incluyendo la de México. Curiosa reacción para una nación en la que el petróleo fue expropiado totalmente.

En el fondo, sin embargo, hay otros dramas, más intensos, más emocionales.

¿Cómo justificar esa expropiación? No hay muchos argumentos a favor en realidad. Las consecuencias en la reputación del país son suficientes como para detenerla. La única manera política, interna, es acudir al viejo truco de las emociones en el ciudadano.

Y para lograrlo, pocas cosas son tan útiles como el recurrir al patriotismo exuberante. Por ejemplo, la célebre expresión, “soberanía nacional”. Ella es capaz de evitar el uso de las neuronas y lograr apoyos enormes entre muchos ciudadanos.

Otra frase usada en Argentina fue “recuperar lo nuestro”. Interesante concepto que mandaría a expropiar todo en realidad.

Para los mexicanos no es nada nuevo. Son las mismas ideas que se aplicaron en la expropiación petrolera. Prueban que esos argumentos son efectivos y, sobre todo, duraderos. Incluso ahora, décadas después, la sola posibilidad de privatizar a Pemex es anatema para buena cantidad de personas.

¿Qué significa en el fondo una expropiación de ese tipo? Desnuda la medida, es un mero y simple cambio de propietario por la vía de la coerción.

Como un take-over hostil, excepto que es realizado con la fuerza gubernamental. Por supuesto, no hay garantía alguna de que la empresa sea mejor manejada. Y ya que los gobernantes no son empresarios, la manejarán con criterios políticos, no económicos.

Esto es el corazón de la decisión de una expropiación como ésta. Es una oferta al estilo mafioso, una que no puede resistirse, o que será muy difícil combatir.

¿Qué hay detrás de la decisión? Una mentalidad del gobernante, una especie de clima mental. Se llama estatismo y consiste en entender al gobierno como el centro de la vida del país, la organización que todo lo puede.

Y es una mentalidad que coincide y justifica la ambición de poder que todo gobernante padece. Piense usted en esto: los gobernantes están en el negocio del poder, para ellos es una droga que consumen en cantidades crecientes. Bajo circunstancias normales eso sería visto como un vicio.

Pero resulta que ellos encuentran una teoría, el estatismo, que justifica y legitima esa ambición de poder. Es un regalo caído del cielo, ya no son sedientos de poder, ahora tienen preocupaciones sociales que todo justifican.

Una de esas cosas que justifican es hacer expropiaciones en aras de la soberanía nacional, por el bien del país, para recuperar lo que es nuestro, o cualquier otro argumento.

Sin embargo, la cosa se pone más interesante por otra razón. El estatismo suele producir consecuencias indeseables, problemas que se pretenden solucionar con más estatismo, no con menos.

Eso desencadena un ciclo de medidas intervencionistas que pretenden corregir los malos efectos de medidas intervencionistas previas. Una de esas medidas es hacer expropiaciones. Obviamente eso tendrá un efecto, desconfianza, la que alterará inversiones y causará más problemas, los que se intentará solucionar con más dosis de intervención estatal.

La expropiación de Repsol por parte del gobierno argentino es como una fotografía, o mejor dicho, una escena breve de una película larga. Ver la película es lo que vale una segunda opinión. Quedarse en la escena da un panorama incompleto de lo que en realidad cuenta la historia.

Y esa historia es un refrito de historias muy similares. Todas narran lo mismo. Todas muestran las consecuencias indeseables del estatismo. Todas tienen sus personajes centrales, el gobernante que se cree salvador, el villano al que se culpa de todo, los ciudadanos engañados por el patriotismo, la cadena de efectos no previstos.

El final es siempre el mismo.

Post Scriptum

En adición al ciclo intervencionista creciente, una espiral autoritaria, debo insistir en un asunto que no suele tratarse con frecuencia.

Sin una teoría que lo justifique y legitime, la acumulación de poder en el gobierno sería vista con recelo y sospecha. Se temería la creación de un régimen autoritario o dictatorial.

Con una teoría que lo justifique, la misma acumulación de poder es vista como algo benéfico y positivo. Algo que será un régimen deseable y bueno.

La diferencia práctica es nula pues en ambos casos se tiene un gobierno excedido con demasiado poder. La diferencia teórica es grande, pues en un caso es un simple gobierno excedido, pero en el otro, gracias a esa teoría, se trata de un buen gobierno.

¿Qué teorías legitiman a esos gobiernos excedidos? Las socialistas, las interventoras, las del estado de bienestar. Todas ellas dan la excusa perfecta al gobernante que quiere más y más poder.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Ciclo Intervencionista.

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