Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esta Curiosa Prueba
Leonardo Girondella Mora
9 abril 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
Catalogado en:


La meta que persigo es el exponer uno de los argumentos en favor de la existencia de Dios —no con el propósito convertir ni convencer a ningún lector.

Mi ambición es mostrar un ejercicio mental, razonado, que es de ayuda en el tratamiento de un tema muy descuidado.

Antes de empezar, sin embargo, es necesario definir unos pocos términos:

Teísmo es el creer que existe un Dios que ha creado al mundo, en el que interviene y actúa —y, más aún, creer que no hay más dioses que este Dios.

Deísmo es el creer que existe un Dios, que creó al mundo pero que se abstiene de intervenir en lo que allí sucede —como un creador que ha abandonado su creación.

Ateísmo es el creer que no existe Dios, ningún ser perfecto que haya creado el mundo —todo lo que existe es material, nada hay sobrenatural.

Agnosticismo es el creer que no hay modo de saber si Dios existe o no y que posiblemente nunca pueda ser sabido. No es negar a Dios, sino negar la posibilidad de saber si existe o no.

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En lo que sigue intento exponer uno de los argumentos usados por el Teísmo principalmente —aunque podría ser usado por el Deísmo— para intentar convencer a los ateos y agnósticos de que es posible demostrar que Dios existe.

Suele ser conocido como el argumento ontológico y es curioso en sí mismo porque no tiene como punto de partida el usual —no toma como base hechos sobre el mundo material que se conoce. No considera la percepción de los sentidos.

Lo de ontológico significa que su punto de partida es sólo la razón, sin necesidad de elementos físicos o tangibles —en esta exposición me baso en la ya hecha antes, por Tom Morris, un filósofo estadounidense.

Comienza con una noción, la de la existencia de dos campos —uno es el campo de las cosas que existen y son reales; el otro campo es el de las ideas y pensamientos. Con esta aclaración, es posible pensar en lo dos posibilidades.

Primero, es posible tener ideas de cosas irreales, que no existen —Morris usa el ejemplo de unicornios y hadas.

Segundo, es igualmente posible que existan cosas reales, que sí existen y de las que no tenemos ideas —no se conocen esas cosas reales y, por eso, es natural que los humanos no tengan un concepto de ellas.

De lo anterior, debe aceptarse que se tenga una idea de algo, cualquier cosa, que pueda ser real o que pueda no serlo —es el problema de una idea sobre algo cuya existencia real se desconoce. Es un problema de ignorancia que puede ser resuelto examinando la realidad para determinar si existe o no.

Bien, hasta aquí la situación es evidente y sencilla: es posible tener una idea sobre algo que no se sabe si existe o no existe —y la forma de resolver la situación es buscar en la realidad si esa idea existe o no.

Ni el ateo, ni el agnóstico tendrán problema hasta este momento y coincidirán con el deísta.

El anterior sería el sistema estándar de determinar si una idea en el campo de los pensamientos tiene correspondencia con una cosa en el campo de las cosas reales —en este momento surge el argumento ontológico: al menos hay algo, una idea, en la que no hay necesidad de buscar en el campo de las cosas reales.

Es una idea especial —es la idea de Dios— una en la que sólo por medio de la razón es posible probar la existencia de Dios. Una en la que no es necesario buscar entre las cosas reales para determinar si la idea existe o no.

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Este es el momento en el que comienzan las dificultades —y seguramente el agnóstico y el ateo hagan un gesto de incredulidad. Esta bien, es natural, pero no deben detenerse y aunque sea por curiosidad deben ver lo que sigue.

Todo comienza aquí con la idea de Dios —la que en esencia lo entiende como lo mayor que puede existir, no hay cosa igual, ni más grande. La clave está en esto precisamente. Por definición, se crea o no en él, él es la idea del ser mayor y único, la mayor posible existencia en toda posible existencia.

En un caso normal se estaría en una situación clara —la de tener una idea de Dios y no saber si existe esa idea en el campo de la realidad. Es decir, hay una posibilidad de que exista, al menos bajo ciertas circunstancias. Bajo otras circunstancias quizá no existiera. Tendría que verse la realidad para solventar el asunto.

Pero, en este momento, se retorna a la definición de Dios como la existencia mayor, el ser más grande posible —una idea que por definición lleva a la conclusión de que Dios existiría bajo todas las circunstancias posibles. El ser mayor, la más grande existencia no puede estar limitada a ciertas condiciones.

De allí que Dios exista necesariamente —es una idea que por su propia definición prueba su existencia real. No importan las condiciones, ni las circunstancias, en todas ellas existiría el ser más grande, la existencia mayor de todas.

Si Dios pudiera existir bajo ciertas condiciones, pero no bajo otras, no sería Dios realmente, sino otra cosa. Su grandeza hace necesaria su existencia bajo cualquier circunstancia.

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Mostrar el argumento ontológico tiene la intención de lograr un mejor ambiente para las discusiones sobre la existencia de Dios —las que creo suelen acudir más a la terquedad de ambas partes, que a la capacidad de razonar que tienen todos.

Por mi parte, el argumento aunque no es final, tiene mucho peso y abre la puerta a una posición sana —la de considerar que la existencia de Dios es una posibilidad real y que, además, es una discusión en la que es posible tener adelantos.

No es una posibilidad que deba desecharse sin más, ni un conocimiento imposible.

No es el ontológico el único argumento a favor —y hay varios argumentos en contra. El tema puede ser tratado con respeto mutuo y buenos modales, si se usa la razón.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Dios.

El libro usado en la columna es el de Morris, T. (1999). Philosophy for Dummies (1 ed.). IDG Books. Altamente recomendable.

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