Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
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Eduardo García Gaspar
7 noviembre 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es un reclamo frecuente. Un ideal propuesto muchas veces.

Tiene que ver con la idea de una utopía. Más en concreto, con una especie de mito al estilo romántico.

Cree que hubo tiempos pasados en los que las personas vivían en medio de la mayor armonía, en total tranquilidad y sin preocupaciones.

Entre ellas no había diferencias. No había violencia.

Pero eso terminó en el momento en el que apareció lo que llamamos civilización, cultura o como quiera usted decirlo. Esa edad dorada de tiempos remotos se presenta como un ideal que produce nostalgia y al que se ansía regresar.

Este mito romántico, por extremo e irreal que parezca, tiene sus consecuencias muy concretas en la política de los países.

El mito de una utopía armoniosa y perfecta, en la que las personas son todas virtuosas y muy iguales, llega a nuestros tiempos convertida en una escuela política que pretende reconstruir ese mito por medio de la acción estatal.

Los gobernantes son ahora los responsables de recrear esa sociedad perdida, armoniosa e ideal. Con el suficiente poder, se piensa, es posible vivir de nuevo en la utopía perdida.

Esta mentalidad es la que explica buena parte de las ideas que están detrás de tendencias políticas que son variantes del socialismo: con el poder concentrado en el gobierno y escasas libertades en los ciudadanos, podrá volverse a ese estado natural armonioso.

Désele poder a una élite de gobernantes y con eso bastará para hacer felices al resto.

La propuesta es ingenua en dos sentidos.

Primero, no hay una definición siquiera medianamente clara de esa sociedad ideal y natural. La imágenes bucólicas aclaran muy poco. Como dice un amigo: “Ya que ignoro qué servicios de dentista habrá en esa sociedad perfecta y me imagino que nadie se preocupe por la anestesia, prefiero la sociedad actual”.

Segundo, se crea una oportunidad única para el gobernante totalitario para imponer sus ideas sobre el resto. Por supuesto, así no se tendría una sociedad perfecta e ideal para todos.

El caso Lenin-Stalin es uno de los ejemplos clásicos de todos los tiempos, por no mencionar el de Mao-Zedong. Pero nuestros tiempos, más modernos, aún mantienen rasgos fuertes de esa mentalidad.

Pueden ellos verse en las fiebres electorales de ciudadanos que colocan sus esperanzas en la elección de alguno de los candidatos. Piensan ellos, un tanto inocentemente, que sólo con su elección se hará posible ese estado ideal de cosas del mito romántico.

No es algo moderno sólo. Tiene su larga historia de muchos siglos. Y quizá todo comenzó con Platón y sus ideas sobre ese estado natural en tiempos remotos.

No son buenas noticias. Significa que seguramente nunca nos quitaremos de encima la idea del posible retorno al mito armonioso. Para ser justos, en esa idea hay algo positivo, ese deseo de mejorar y de solucionar problemas.

Pero, hay también algo muy negativo, ese pensar que es posible recrear la supuesta sociedad perfecta de tiempos idos. Creyendo que eso es posible, peor aún, se dará entrada al totalitarismo disfrazado de benevolencia y que tantas pesadillas ha producido, sobre todo en el siglo pasado.

¿Cómo quitarse de la mente esa obsesión de creer posible tener una sociedad perfecta?

Supongo que la solución está en aceptar la imperfección humana. Admitir que somos imperfectos todos, nos lleva a tener que aceptar que jamás podremos tener una sociedad perfecta. Nunca, jamás. Pero también nos lleva a tener que vivir con otra idea: ningún gobernante es tampoco perfecto.

Ese candidato a presidente que algunos imaginaron que daría solución a todo problema nacional y que cumpliría todas sus promesas, es un ser humano común y corriente. Algunos de ellos pueden ser excepcionales, pero tan pocos que la posibilidad no debe considerarse.

Ninguno merece el nicho en el que demasiados los han colocado. Sé que son malas noticias para quienes se convirtieron en fans de algún gobernante y lo siento, pero así son las cosas.

El tema bien vale una segunda opinión para intentar reducir a un mínimo razonable el número de personas que se pierden su capacidad de razonar en cuanto ven a su político favorito. Ni él ni ninguno otro sabe lo suficiente ni es tan virtuoso como para confiarle demasiado poder. Y si se hace, será una pesadilla.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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