Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Hágase Preguntas
Eduardo García Gaspar
1 noviembre 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Hay cosas que son irresistibles. Una de ellas es averiguar el por qué de las cosas.

Especialmente las que uno hace. Un ejemplo de hace poco me pareció notable. Lo comparto con usted.

Una persona hablaba de un tema cualquiera y para dar un antecedente a lo que decía, dijo, “… eso fue antes de ir a misa, al salir me di cuenta de que se nos habían olvidado las llaves y…”

Otra persona, ante tal observación, se admiró. “¡Pero aún vas a misa, que cosa tan vieja y anticuada. Yo hace años que no voy¡” Nada pasó después de eso y la conversación siguió con toda normalidad.

Sin embargo, la inquietud me acompañó desde esa ocasión y no pude resistirla. Yo también voy a misa. Pero, ¿por qué? Examinar la propia conducta es una buena costumbre.

Varias causas, sin orden de importancia.

Lo natural, porque me parece que es mejor ir que no ir, lo que es obvio. Pero lo que interesa es la serie de razones por las que se piensa que hacer una cosa es mejor que otra.

Me imagino que la misa es una buena forma de recordarse a uno mismo lo imperfecto que se es. Es una lección en humildad que bien necesitamos todos para combatir nuestra soberbia natural.

También, por otra lección, la de recordar que se tienen obligaciones con otros. Cosas como caridad, compasión ayudar y demás. Es un constante recordatorio de algo que a todos se nos olvida, el amar a los otros.

No está nada mal esto de amar y de enseñarnos humildad. Son buenas lecciones que, si son olvidadas, conducen a malas situaciones.

Hay otra razón, una estética. Hay belleza en la misa. La ceremonia es lógica, tiene sentido e inspira respeto. No es que se trate de un espectáculo, como ir a un teatro. Es distinto.

Las lecturas, por ejemplo, son realmente buenas y humanas. El respeto que se respira, conmueve. Y, lo mejor, requiere participación propia. Uno mismo es parte de la ceremonia.

Si usted es católico, me entenderá. Si usted no lo es, puede hacer la prueba. Se puede pensar en Dios al ver un atardecer, al contemplar la naturaleza, al sentirse parte de una escena en las montañas. Es cierto, esas cosas hacen pensar en Dios.

Pero, en una misa, hay mucho más, principalmente, escuchar la palabra de Dios en las lecturas.

Los sermones u homilías son de calidad muy variable. Y, sin embargo, de cierta manera, todas son buenas: siempre hay en ellas un punto que hay que descubrir y meditarlo, aunque sea el hecho de escuchar a un buen hombre tratado de decir algo bueno para nosotros.

Todo en una ceremonia común, con muchos otros en las mismas circunstancias. Esto suele conmoverme.

Y es que, me parece, que una sociedad que abandona sus creencias religiosas es una sociedad que se pierde en malos caminos. Me refiero a sentimientos religiosos que inspiran a las personas a hacer lo bueno y a evitar lo malo.

La misa ayuda a eso precisamente. A personas como yo, que son débiles y que necesitan que al menos una vez a la semana les recuerden que hay actos buenos y actos malos.

Por supuesto, la razón central de la misa, en el Catolicismo, es la presencia misma de Jesucristo y la comunión con él. Con eso bastaría y sobraría para ir a misa.

Quien esto no cree, puede hacer la prueba, no importa, y asistir dos o tres veces a una misa, sólo por curiosidad y verá si tengo o no la razón en lo anterior.

Lo que bien vale una segunda opinión en todo esto, es la importancia de vernos a nosotros mismos. De examinar nuestras vidas y darnos a nosotros mismos una explicación de nuestros propios actos.

Terminaremos por conocernos mejor y eso es bueno. Conocí hace ya mucho tiempo a una persona que no era religiosa y que, a pesar de eso, leía la Biblia continuamente.

Sus razones inspiraron parte de este columna. Igual que un breve texto de T. Roosevelt sobre el mismo tema.

Hacerse estas preguntas, por cierto, es el origen de la Filosofía, la que nació precisamente así, haciendo preguntas sobre lo que pensamos y hacemos. Usted y yo, en verdad, podemos convertirnos en filósofos reales de nuestra propia vida.

No he tratado de convencerlo de ir a misa, esa es una decisión suya. Pero sí he tratado de persuadirlo para que se se haga preguntas y las conteste con honestidad a sí mismo. ¿Por qué, por ejemplo, trabaja? Le advierto, hacerse esas preguntas, es un deporte extremo.

Post Scriptum

El texto de T. Roosevelt al que me refiero está en Bennett, W. J. (1993). The Book of Virtues: A Treasury of Great Moral Stories (1 ed.). Simon & Schuster.

La frase “deporte extremo” aplicada a la Filosofía es de Morris, T. (1999). Philosophy for Dummies (1 ed.). IDG Books. Me imagino que realmente sea extremo porque si usted lo hace va a encontrarse en terrenos incómodos y peligrosos que pueden no gustar… al principio, hasta que uno entiende lo fascinante de hacerlo.

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