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Ironía de Ironías
Selección de ContraPeso.info
14 septiembre 2012
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título completo original del artículo es Irony of Ironies: Vatican II Triumphs Over Moribund Modernity.

Pocas expresiones son susceptibles de provocar debates apasionados entre los católicos como las dos palabras: “Vaticano Segundo”.

Aunque la mayoría de los católicos de hoy en día han nacido después del Concilio clausurado en 1965, el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio —11 de octubre de 1962—, que se celebrará este año seguramente reactualizará la recurrente controversia acerca del significado del Concilio.

El centro del debate se focalizará indudablemente sobre la reafirmación de Benedicto XVI de que el Vaticano II sólo puede ser adecuadamente entendido si se lo interpreta a la luz de la totalidad de la Revelación, de la cual los veinte concilios anteriores son una parte integral.

Sin embargo, existe otra cuestión que ha recibido mucho menos atención en el camino hacia la celebración del aniversario del Vaticano II. Se trata de un punto crucial para entender los debates entre católicos acerca del significado del vigésimo primer concilio ecuménico.

Me refiero a la visión que tiene la Iglesia de lo que se suele denominar “modernidad”.

El Vaticano II es frecuentemente retratado, con cierta precisión, como la apertura de la Iglesia “al mundo”. Esta expresión —mundo— abarca varios significados en la Biblia.

Dios ama “al mundo” (Juan 3, 16). “El mundo” también puede significar aquello que se opone a Dios (Juan 14, 17). Sin embargo, en el Vaticano II la expresión “el mundo” adquirió otro significado, el de “mundo moderno”.

Curiosamente, no es posible encontrar ninguna definición de “mundo moderno” en los textos del Vaticano II. Pero la modernidad es generalmente un modo de describir las distintas Ilustraciones que emergieron en Occidente a partir de finales del siglo XVII en adelante.

Estos movimientos enfatizaron, entre otras cosas, la necesidad de aplicar una racionalidad instrumental y científica a todas las esferas de la vida en la esperanza de emancipar a la humanidad de la ignorancia, el sufrimiento y la opresión.

Teniendo en cuenta el tratamiento a menudo malicioso causado a la Iglesia por muchos autodenominados modernos —incluyendo a los jacobinos y los bolcheviques—, los católicos solían ser muy cautelosos ante cualquier cosa que se caracterizara como “moderna”.

Sin embargo, es falso que la Iglesia anterior al año 1962, es decir, la Iglesia anterior al Concilio, estuviera de algún modo cerrada a los logros genuinos de la modernidad. Esto se hace especialmente obvio si se pasa revista a las encíclicas pontificias escritas por los papas desde León XIII a Pío XII.

Sin embargo, muchos católicos durante la década del cincuenta y sesenta eran tremendamente optimistas acerca de la posibilidad de acercamiento entre la Iglesia y la modernidad. Y esto incluye al actual pontífice.

En un ensayo autobiográfico de 1998, Joseph Ratzinger hizo memoria y mencionó las esperanzas que albergaba en aquel entonces de que se superara la brecha entre el catolicismo y la mentalidad moderna. Esta misma confianza impregna la Gaudium et Spes, el documento del Vaticano II que específicamente intentó analizar la modernidad de un modo no antagonista.

Sin embargo, ya en el año 1965 muchos obispos y teólogos (incluso aquellos asociados con los esfuerzos de renovación) advirtieron que la visión que tenía la Gaudium et Spes de la modernidad era excesivamente esperanzada e incluso un poco ingenua.

Por supuesto que el mundo moderno ha sido testigo de enormes logros desde 1965 a la fecha. Los adelantos tecnológicos son los más obvios. Incluso los tradicionalistas más intransigentes encuentran incómodo ser absolutamente antimodernos cuando lo que se necesita es un dentista.

Del mismo modo, la expansión de la modernidad económica asociada con La Riqueza de Las Naciones, de Adam Smith ha permitido salir de la pobreza a millones de seres humanos y con una celeridad que no registra antecedentes en la historia.

No obstante, las advertencias acerca del indebido optimismo respecto de la modernidad resultaron estar justificadas. El caos intelectual y cultural que estalló hacia finales de los años sesenta debería ser una prueba suficiente de ello. Desde entonces, hemos sido testigos de lo que se puede considerar como una creciente grieta de parte de la modernidad.

Uno de sus síntomas se puede observar en la siempre creciente hiperespecialización y la subsecuente fragmentación del conocimiento. Muchos intelectuales y académicos contemporáneos de primera línea terminan mostrando una comprensión adolescente de cualquier cosa que caiga fuera de su área específica de investigación.

Un renombrado biólogo como Richard Dawkin apela a argumentos ad hominem cuando se trata de debatir sobre la existencia de Dios y hace gala de un despliegue inadecuado de los rudimentos más básicos de la lógica. ¡Incluso parece que ni siquiera logra entender por qué es inválido un argumento ad hominem!

Lamentablemente, esta deriva de la modernidad era algo previsible. Una gran parte del proyecto de la ilustración se ha caracterizado por recopilar la información al modo de una enciclopedia.

En este modelo de conocimiento, el sujeto “Dios” (God) es relegado [alfabéticamente] a una entrada-línea ubicada en algún lugar entre la palabra “cabras” (goats) y “oro” (gold). El problema es que este método de organización hace más difícil adquirir un tipo de conocimiento integrado. En lugar de ello uno simplemente escoge las cosas que desea saber mientras que ignora o desprecia el resto. Bienvenido a la universidad moderna.

Otra característica de la modernidad avanzada es la manera en que se tiende cada vez más a “zanjar” las discusiones sobre problemas morales apelando a las encuestas de opinión, la elección por el solo hecho de elegir, o ese último recurso del estudiante de primer curso de universidad que cree sacar una carta de triunfo cuando dice: “bueno, es que siento que X es lo correcto”.

A modo de muestra, basta con escuchar a la mayoría de los políticos contemporáneos cuando discuten cualquier asunto ético controvertido.

Esta incoherencia, no obstante, debe mucho a la determinación moderna por limitar la razón a la racionalidad científica. La razón empírica es una herramienta poderosa. Sin embargo, ella no puede resolver los problemas meta-empíricos.

Y una vez que uno implícitamente rechaza la existencia de razones meta-empíricas, no queda otra recurso para responder a cuestiones de carácter normativo más que apelando a los sentimientos. Las emociones, sin embargo, no son una base racional sólida para establecer argumentos sobre las cosas.

Pero tal vez más seriamente, es cada vez más abiertamente evidentemente que la mayoría de los modernos a pesar de todo su discurso acerca del valor de la libertad, simplemente no creen en el libre albedrío. ¿Por qué?

De nuevo, esto tiene algo que ver con la típica conclusión que sostienen muchos modernos acerca de la razón y su incapacidad para conocer elementos que estén más allá del ámbito empírico. Estas personas ignoran alegremente la verdad de que la investigación científica presupone la existencia de nociones extra-científicas derivadas de la lógica filosófica más que de la ciencia empírica en sí.

Un ejemplo se observa en el axioma de que uno no puede admitir la presencia de “efectos” sin intentar discernir sus “causas”. No obstante, una vez que se considera que las razones meta-empíricas no son más que una máscara que esconde fundamentalmente motivaciones irracionales, nuestras elecciones no pueden ser conformadas o iluminadas por nuestro conocimiento de la verdad acerca del bien y del mal.

En lugar de ello, terminamos siendo poco más que lo que proclamara David Hume, es decir, esclavos de nuestras pasiones.

El estrechamiento del alcance de la razón no debería, sin embargo, sorprendernos. Esto corre en paralelo con la desaparición de Dios concebido como el Logos —el creador divino que actúa con sabiduría y con un propósito— de la mayoría de los horizontes de comprensión modernos.

Resulta lógico que la modernidad avanzada esté asistiendo a la emergencia de una mentalidad neopagana, que al igual que los paganos de la antigüedad, otorgue cada vez más un status cuasidivino y proponga la casualidad y el azar como la explicación pretendidamente causal última de todas las cosas.

Aquí conviene recordar que los primeros cristianos acuñaron el término “pagano” del latín pagus. Originalmente, la palabra se utilizaba para denominar a los habitantes de zonas rurales.

Pero pronto vino a designar la acepción “de mentalidad pueblerina”, precisamente porque los cristianos consideraban que apelar a las creencias paganas era característico de las mentalidades pequeñas y cerradas, propias de una actitud de provincialismo que implicaba una comprensión irracional del universo concebido como un todo.

Pero si la modernidad está tan desordenada como se sugiere, la cuestión inevitable que surge es la siguiente: ¿hasta qué punto puede la Iglesia dialogar con ella?

Desde un punto de vista católico, el diálogo no es la expresión de un sinfín de opiniones y una experiencia confusa como si se tratara de una conversación “más allá de Jesús” entre religiosas.

En lugar de ello, el catolicismo presupone la apertura a la verdad en toda su plenitud por parte de cada uno de los que dialogan. En este sentido, la concepción reducida de la razón que presenta la mentalidad moderna hace que muchas personas estén mal equipadas para comportarse como interlocutores.

Y aquí surge tal vez uno de los más grandes desafíos que debe enfrentar el catolicismo en la era post-Vaticano II. No se trata simplemente de que muchas personas no estén interesadas en reconsiderar muchos asuntos que, francamente, obligarían a un cambio de vida profundo por su parte.

Como consecuencia del rechazo a reconocer en el Logos el fundamento último de todas las cosas, muchos modernos se quedan atrapados en una caja de acero que ellos mismos han confeccionado.

De este modo se convierten en personas incapaces de ofrecer razones sustantivas (más allá de la petición de principio que supone apelar al “cambio” y al “progreso”) a la pregunta respecto de por qué ellos eligen lo que eligen y hacen lo que hacen.

Asumida la convicción de la Iglesia de que la razón humana se apoya en la razón divina, parte de la misión de la Iglesia Católica en el siglo XXI bien puede implicar la necesidad de rescatar a la modernidad de ella misma, mediante la capacidad de ofrecer razones convincentes para defender los logros más tangibles de la modernidad.

Una ironía histórica más grande que esta resulta difícil de imaginar.

Nota del Editor

El articulo original Irony of Ironies: Vatican II Triumphs Over Moribund Modernity fue publicado por el Crisis Magazine, el pasado agosto. La traducción es de Mario Silar.

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