grandes ideas

La desconocida buena salud del mundo. Con facilidad se conocen las cosas que andan mal en el mundo, pero al mismo tiempo se ignora eso que está bien. Y eso es un mal en sí mísmo, el desconocer lo que está bien, lo que es bueno.

Introducción

La idea reportada aquí es de G. K. Chesterton. En este caso, la tesis central es expuesta en una frase: «Lo que está mal en el mundo es que no nos preguntamos qué es lo que está bien».

Un juego de palabras que es de gran seriedad. Crítico de la investigación sociológica moderna, Chesterton la acusa de seguir el camino equivocado: encontrar enfermedades sin conocer la salud.

La idea fue encontrada en Chesterton, G. K., Lo que está mal en el mundo. Madrid: Ciudadela, pp. 14-17, que contienen la introducción a la breve obra.

El enfoque estándar

Inicia el autor su idea hablando de la investigación social moderna. Dice que las investigaciones de esa ciencia tienen dos partes.

En la primera, casi siempre, hay una recopilación de datos. Son números, estadísticas, tablas, sobre el tema, el que sea.

Termina la investigación con una sección, a la que se llama «la solución».

Y es esta parte la causante de que la solución en realidad nunca se encuentre. Para remediar algo, debe declararse primero el trastorno y más tarde la cura. Pero en estas investigaciones, se declara la cura antes de conocer el problema.

La metáfora usual

Con ese comienzo Chesterton apunta ahora la obsesión de estos tiempos por usar metáforas biológicas o corporales.

Se refiere a ver a la sociedad como un organismo, como cuando se habla del León Británico. No es un organismo y tampoco un león. Hacer eso es pensar absurdamente.

Absurdamente porque se da así a una nación un entendimiento único y simple, que llevaría a concluir que 50 hombres considerados como un organismo único podrían verse como un ciempiés.

Otra instancia de esa obsesión por las imágenes biológicas, es el hablar de naciones jóvenes y naciones desahuciadas. Eso es presuponer que las naciones tienen ciclos de vida físicos y fijos.

Sería como ver a una nación que pierde sus dientes por senilidad, o a otra como una a la que le empiezan a salir bigote.

Las naciones las forman personas y la primera de sus generaciones puede ser achacosa, pero la número mil, energética.

Hay quienes ven en el tamaño de las posesiones de una nación, una elevación de su calidad. No se preguntan si una nación que extiende sus propiedades lo hace por crecimiento juvenil, o por la gordura senil.

Todo lo anterior muestra la falacia en la obsesión de metáforas biológicas. Errores en la manera de pensar, de los que el mayor es «La manía de describir exhaustivamente una enfermedad social y después proponer un medicamento social».

La desconocida buena salud del mundo

Entra ahora Chesterton al corazón de la idea. En el caso de una enfermedad, se entiende que ella es una descomposición de la salud.

Un trastorno físico sobre el que puede no saberse mucho, pero lo que sí se conoce a la perfección es la salud, el estado al que se desea regresa al enfermo. Se tiene una idea muy clara de lo que la salud es.

El tratamiento del médico a su paciente reconoce un estado saludable al que se intenta regresarlo. El médico no redefine a la salud a su modo y opinión.

El médico no quiere recomponer al enfermo de acuerdo con una nueva idea de salud, cambiando la colocación de sus ojos o sus miembros.

Es posible que el enfermo regrese a su casa con una pierna de menos, si no existe otra alternativa. Pero no saldrá del hospital con una pierna adicional, producto de la imaginación desbocada del médico.

Las ciencias sociales

Lo anterior no sucede en la ciencia social. Esta ciencia no está contenta con la naturaleza humana normal y cotidiana (el “alma” en palabras de Chesterton). Insatisfecha con esa naturaleza humana, la ciencia social crea sus invenciones, «almas de fantasía» que pone a la venta.

Una persona podrá decidir hacer algo. Dirá, por ejemplo, «ya no creo en Dios, me declaro ateo», o bien, «cambio de opinión, antes era un socialista convencido pero ahora soy un capitalista anárquico».

Esto no sucede en la salud médica, donde nadie dice, «Me he cansado de tener este dolor de cabeza ahora estoy convencido de lo bueno que es tener reumatismo».

Eso es precisamente lo que acontece con los problemas sociales: los remedios que algunos pretenden implantar y que según ellos son saludables, para otros son enfermedades que no gustarían padecer.

Es el problema de la buena, pero desconocida, salud del mundo.

Chesterton ilustra su idea con las de otros dos personajes. H. Belloc cree en la propiedad y no la abandonaría de la misma manera que podría decir adiós a una muela que duele. Del otro lado, B. Shaw, para quien la propiedad no es una muela, sino un dolor de muelas que debe extraerse.

Dos facetas

En otras palabras, las discusiones sobre la salud social, tiene dos facetas, la de los problemas y dificultades, y también la del objetivo.

Puede haber acuerdo sobre los males que nos afectan, pero es por los bienes que deberíamos «arrancarnos los ojos».

Será admitido con facilidad que es un problema tener una aristocracia ociosa, o un ejército débil, o un clero poco religioso, pero no todos querrán tener una aristocracia activa, un ejército fuerte, o un clero muy religioso, dice el autor.

Lo que sucede es que el caso de la salud social es totalmente contrario al caso de la salud médica.

En el caso social, no estamos como los médicos en desacuerdo con la naturaleza precisa de la enfermedad. En el caso social, no estamos como los médicos que tienen una idea muy precisa sobre el estado de salud.

Los habitantes de un país pueden todos estar de acuerdo con que su nación no es saludable, pero muchos de ellos considerarían una enfermedad lo que para muchos otros sería la salud del país.

En resumen

En conclusión, Chesterton está en desacuerdo con lo que llama el «método sociológico común»: el que lo primero que hace es examinar un problema de pobreza o uno de prostitución.

Todos verían con repulsión a la prostitución, entendiéndola como un problema, pero no todos encontrarían la salud en un estado de pureza.

Si se quiere hablar de los males sociales, no hay más remedio que hablar de los bienes sociales, Puede hablarse de una locura nacional, pero para ello hay que saber qué es la cordura nacional.

Termina esta parte con una frase muy de su estilo: «Lo que está mal en el mundo es que no nos preguntamos qué es lo que está bien». El problema de la desconocida buena salud del mundo. Se conoce a la mala salud, pero se ignora a la buena.

Lo que ha hecho Chesterton es de gran mérito. La manera en la que lo ha dicho, igual, porque hace más sencilla la comprensión del tema. Es seguro, por ejemplo, que la pobreza de muchos sea entendida como una situación que debe ser remediada en lo posible y con urgencia. La enfermedad ha sido entendida.

Pero el remedio no. Lo que para unos es una cura que devuelve la salud a la comunidad, para otros es una enfermedad aún peor que la de la pobreza.

Sí, efectivamente, tenemos una sensibilidad muy aguda para encontrar los males que se padecen, pero nuestras capacidad para acordar el bien está embotada. El problema de la desconocida buena salud del mundo.

Quizá esto sea lo que haga que muchos gobernantes se equivoquen y creen sus propios mundos irreales que definan a lo bueno. Eso que lleve a considerar remedios a la justicia social, o al gasto social. Y seguramente mucho de lo que ocasiona a las guerras culturales.

Bonus track: más sobre la idea de que el mal del mundo es no saber lo que está bien.

Eso que está realmente mal

Por Eduardo García Gaspar

Algo muy bueno

Cada uno la tenemos. Me refiero a una idea. La idea de cuál sería un mundo bueno, quizá ideal. Puede ser como un sueño. O como una ambición. La de cómo sería una buena vida, para uno mismo y para el resto.

No es que sean ilusiones utópicas tanto como ideales posibles de tener. Es la idea de mejorar la realidad.

No sé usted, pero esto me parece ser una gran cosa. Una que muestra que hay algo ya escrito dentro de nuestras neuronas y que nos lleva a querer mejorar. No está nada mal.

Es algo que nos separa drásticamente del resto de los animales. No me imagino a un chimpancé fundando una ONG para ayudar a congéneres enfermos.

Deseos de remediar lo malo

Muy bien, tenemos en nuestro cerebro algo que nos reclama corregir lo que está mal. Por ejemplo, hacer desaparecer a la esclavitud, combatir la criminalidad, ayudar a quienes tienen menos y demás.

O, también, reprobar el materialismo consumista, o la vanidad excesiva que lleva a mujeres jóvenes a operaciones estéticas, o la violencia de los gobiernos sobre sus ciudadanos.

En resumen, parece más o manos evidente que tenemos una buena idea de las cosas que están mal. De eso que no debe ser en un mundo mejor. No es una lista breve.

Nuestro mundo está lleno de imperfecciones que merecen ser atendidas. Es cierto que jamás será un mundo ideal, pero eso no debe detenernos al intentar mejorar nuestro mundo.

¿Sabemos lo que está bien?

¿Aburrido el asunto? Sí, hasta que sucede algo que es curioso. Hasta que llegamos a la idea de un inglés, el escritor G. K. Chesterton (1874-1936).

Chesterton escribió que tenemos una buena idea de las cosas que están mal, pero no de las cosas que están bien. La buena salud del mundo es desconocida realmente, pero no la mala salud.

Chesterton pone un ejemplo médico para explicar su punto. Un médico opera a la pierna de paciente. Hay algo malo en la pierna y el doctor lo extirpa. Sabe que hay algo malo, pero también que hay algo bueno: el cómo debe quedar el paciente. Su salud.

No con tres piernas, no con una, ni con una sóla rótula. El médico sabe cuál es el estado bueno de su paciente y hacia él se dirige.

Habilidad para reconocer problemas

En cambio, al parecer, tenemos ideas bastante acertadas sobre las cosas que andan mal en el mundo.

Por ejemplo, las personas en Yucatán, México, sabrán intuitivamente que es mala la tendencia del número de hijos nacidos fuera del matrimonio en este estado:

«El 27% de todos los niños nacidos y registrados en Yucatán en 2010 son producto de uniones fuera del matrimonio, de acuerdo con un estudio del Inegi. Este porcentaje supera al de hace 25 años, cuando los niños nacidos y registrados fuera del matrimonio ascendían al 11% del total», Línea Recta, 13 febrero 2013.

Este dato ilustra bien la idea de Chesterton. Sabemos que eso es malo, reconocemos que es un problema que existan hijos cuando no hay matrimonio, peor aún que su número crezca.

Son familias incompletas y esos hijos nacen en ambientes que no son propicios para su desarrollo sano.

Muy bien, sabemos que eso está mal.

¿Sabemos lo que está bien?

En realidad no, o por lo menos no estamos de acuerdo en eso.

Para unos, lo que está bien es dar más condones, más pastillas anticonceptivas, más educación sexual. Para otros, en cambio, lo bueno es promover la castidad previa al matrimonio, la enseñanza de mandatos morales que exigen control propio de emociones e instintos.

Esto es un caso de lo que digo, el poder reconocer lo que está mal, pero no saber qué es lo que está bien.

¿Está bien reducir el número de hijos fuera del matrimonio por medio del reparto de condones y abortos, por ejemplo, o es mejor volver a enfatizar la abstinencia sexual antes del matrimonio?

Es la misma decisión del médico sobre si es mejor que el paciente tenga tres piernas o dos.

Lo mismo se repite en otros casos, como en el de la ausencia del padre en una proporción importante:

«… en el país [México] 25 millones 400 mil mujeres viven con sus hijos y sólo 20 millones 100 mil hombres ejercen su rol de padre, lo que significa que hay por lo menos 5 millones 300 mil madres cuyos descendientes tienen un progenitor ausente o que se “comparte” con otra familia». El Universal, 17 junio 2007.

Conozco un poco de historia. Sé que hace años y siglos, no había muchas dudas acerca de lo que está mal y lo que está bien.

En un transcurso lento de ideas hemos llegado a estos tiempos en los que no hemos perdido la noción de lo que está mal, pero  la noción de lo que está bien.

Quizá pueda verse el tema de manera esquemática:

• Hay desacuerdos, pero no muchos en la determinación de lo que está mal. De allí que no haya grandes conflictos en el acordar combatir la pobreza, los hijos bastardos, la discriminación, y demás.

• Hay desacuerdos, muchos y profundos, en la determinación de lo que está bien. Esto es lo que está en el fondo de las llamadas guerras culturales: no hay consenso razonable sobre lo que es el bien.

Chesterton es un autor recomendable. Estas son algunas razones.