Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Más Allá de la Política
Eduardo García Gaspar
10 diciembre 2012
Sección: ECONOMIA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La confusión es frecuente. Se ve todos los días.

Hablo de quienes justifican medidas económicas usando argumentos religiosos.

Siendo yo católico, se me ha dicho que mi religión defiende una sociedad con justicia y equidad, por lo que necesariamente también el catolicismo defiende políticas económicas de redistribución de la riqueza.

No estoy tan seguro de ello.

No he encontrado en parte alguna de la Biblia nada que apoye la idea de que un gobierno tome por la fuerza propiedades de unos y se las dé a otros.

No he visto en parte alguna del Cristianismo nada que se parezca a un apoyo a una escuela económica particular.

Ni en la Biblia ni en lo que he leído de los doctores de la Iglesia he visto nada que nos diga que Marx tenía razón, ni que Mises la tenía.

Lo que esos textos sí nos dicen es otra cosa que es muy distinta. Nos hablan de cómo comportarnos, de cómo actuar, de lo bueno y de lo malo, de lo que debemos hacer y de lo que no debemos hacer. Y del por qué de todo eso.

Por supuesto, esos textos alaban la justicia, pero ellos no terminan en esa equidad. Van mucho más allá.

Me parece que el tema bien vale una segunda opinión para aclarar un tema en el que suelen confundirse las cosas.

Es común encontrarse con reclamos de igualdad y justicia que protestan contra la inequidad de la pobreza. Hasta aquí no tengo problema. Sí, existen realidades que mueven a solucionar situaciones de miseria. Perfecto, estoy de acuerdo.

Pero lo que no creo que pueda hacerse es usar argumentos religiosos cristianos para decir que ellos apoya ciertas medidas económicas concretas.

Sí, esa religión exalta la justicia, pero nada hay en ella que apoye a, por ejemplo, impuestos progresivos. Ni a seguros de desempleo. El problema de querer hacerlo, me parece, está en una confusión fenomenal.

Lo que esas políticas económicas persiguen es tener un mundo justo, definido esencialmente como uno de igualdad. Y allí se detienen, enfocándose casi exclusivamente en la implantación de políticas de redistribución de la riqueza.

Sin embargo, los textos cristianos, al menos los que he leído, dan un gran paso más allá de la justicia. A la justicia añaden otros elementos vitales.

Robert A. Sirico lo ha expresado bien.

“Lo que realmente queremos es una sociedad que es justa, sí, pero también una que está impregnada con caridad y misericordia —virtudes que ninguna legislatura puede producir y promulgar, virtudes que pueden crear ejércitos de hombres y mujeres que están listos para salir y con sacrificio personal grande llegar a los más vulnerables”.

Las acciones de gobierno, las políticas económicas, llegan ellas solamente al nivel de intentar tener una sociedad justa. Donde el cómo lograrlo es un tema áspero de discusión entre escuelas muy diferentes.

Es lo que discuten las izquierdas y derechas, los progresistas y los conservadores. Es lo que se trata en las cámaras de legisladores. Y el poder de todos ellos tienen un límite, el de la justicia legal.

Las religiones dan un paso adicional, el de llegar a eso que no puede legislarse. Las virtudes, en esas palabras de Sirico. Es la moral, eso que está inscrito en nuestros corazones, el sentido del bien y del mal. No hay manera de traducir esto en política gubernamental.

De allí que sea algo altamente dudoso el usar argumentaciones cristianas para, por ejemplo, justificar impuestos a los más ricos, o medidas proteccionistas, o sistemas de salud pública.

El Cristianismo dice que al final de nuestras vidas enfrentaremos un juicio por nuestras acciones personales, por el amor que mostramos a los demás, no por los impuestos que pagamos, ni las políticas económicas que vivimos.

Esto es lo que me lleva a un asunto adicional.

Cuando la acción gubernamental en aras de la justicia produce el olvido de las virtudes personales, la sociedad no sólo pierde la justicia que busca, sino que deja de tener sentido.

No es la acción gubernamental la que logra una buena sociedad, justa y equitativa, es sólo la acción virtuosa de las personas la que puede lograrlo.

Se dice que nos faltan valores y es cierto. Lo que no se dice es que nos sobran gobiernos que creen que su concepto de equidad es todo lo que hace falta para tener una sociedad próspera y con sentido para todos.

Post Scriptum

La cita está en Sirico, R. A. (2012). Defending the Free Market: The Moral Case for a Free Economy. Regnery Publishing.

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