Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Miedo, Tiempo, Sentido
Eduardo García Gaspar
3 julio 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un buen ejercicio. Partamos de un supuesto.

Usted despierta después de lo que ha sido un largo sueño. Despierta en un lugar desconocido, en el que no recuerda haber estado jamás.

Más aún, tampoco recuerda quién es, ni qué hace allí.

Todo lo es desconocido. Absolutamente todo.

En esa situación resultará natural hacerse preguntas. Cosas como quién soy, quiénes son el resto, dónde estoy, qué hago aquí, de dónde vengo, qué caso tiene el estar aquí, a dónde voy, que debo hacer y otras más.

Usted, en ese caso, se convertirá en un ser curioso y muy preguntón. Querrá saber todo, querrá enterarse de todo.

Supongamos ahora otra cosa. Pensemos que a su alrededor hay personas que le ofrecen explicar todas esas interrogantes que tiene.

Todavía más, hay a su alrededor algunos libros que prometen responder esas preguntas. Será natural que usted ponga atención a esas respuestas.

Encontrará de seguro que distintas personas le ofrecen distintas respuestas. Usted las escuchará, por supuesto, y verá cuáles le parecen las más razonables, las que mejor expliquen todas las cuestiones para las que usted quiere una respuesta.

Supongamos, además, que al mismo tiempo que usted ha despertado otra persona exactamente en el mismo caso.

Le sorprendería mucho encontrar que la otra persona no haga las mismas preguntas que usted. Y efectivamente, no las hace, por la razón que sea. Ella se ha despertado igual que usted, sin saber nada de nada, en medio de lo desconocido. Y, a pesar de eso, no tiene curiosidad.

Cuando usted desea conversar con ella sobre esos temas, ella es indiferente y prefiere cambiar de tema.

Más aún, mientras usted busca respuestas hablando con otros, leyendo, la otra persona se dedica a pasear y distraerse con otras cosas. No tiene curiosidad, no le importan las respuestas a todas esas cuestiones que a usted le inquietan.

Sin duda, es una conducta extraña la de esta otra persona, pensaría usted.

Extraña conducta, sin sentido, y sin embargo, es la reacción más común y estándar. Porque, al final de cuentas, esa situación es la de todo ser humano.

Nos encontramos vivos en un lugar que desconocemos, sin aparente motivo, llenos de preguntas como ésas. Lo natural sería buscar respuestas a quién soy, quiénes son el resto, dónde estoy, qué hago aquí, de dónde vengo, qué caso tiene el estar aquí, a dónde voy, que debo hacer y otras más.

Frente a esa situación, con tantas preguntas, hay dos reacciones.

Una, la de la persona curiosa, que busca respuestas importantes que den sentido a su existencia.

La otra, la de la persona que ignora esas cuestiones y prefiere ocuparse en asuntos de menor importancia.

Esto ayuda a entender, por lo pronto, qué es Filosofía.

Es fácil, entonces, definirla como el intento de estudiar y dar respuesta a esas interrogantes. No es un asunto menor. Al contrario, es lo más importante que podemos hacer.

Es intentar encontrar sentido a la vida. Hay varias respuestas, muchas de ellas contrarias entre sí. Pero eso no importa si al final de cuentas les ponemos atención.

Me imagino que usted estará de acuerdo que en la inmensa mayoría de los casos, se hace lo contrario. Exactamente lo contrario.

Esperaríamos por lógica que la mayoría tuviera siquiera alguna idea sobre esas cuestiones, pero resulta que la mayoría sabe más sobre otros asuntos, como resultados deportivos y la vida íntima de celebridades.

¿Por qué sucede lo opuesto de lo lógico? Seguramente hay varias razones que desconozco.

Pero creo saber una de ellas: miedo. Las preguntas sobre el sentido de nuestra vida tienen respuestas imponentes, duras, fuertes, graves. No es fácil enfrentarlas. Causarán inquietud y alarma en nuestras vidas. Y a pocos agradará saber cosas que producen turbación y desazón.

En buena parte, por eso, resulta preferible ocuparse en otras cosas. Nuestro trabajo diario nos mantiene ocupados y, cuando queremos descansar, es común buscar la diversión en cosas triviales. Con tiempo escaso y rehusando sufrir agitaciones, nuestra inclinación será relegar los asuntos vitales.

Más aún, son asuntos en los que hay controversias y opiniones muy diferentes, lo que crea sentimientos de rechazo. Si no hay acuerdos, suele decirse, es mejor no tratar esos temas.

Y es así como perdemos parte de la vida, el sentido que tiene la existencia. Encontrarlo es hacer Filosofía.

Post Scriptum

Leí este supuesto de despertar en un sitio desconocido en la obra de Morris, T. V. (1992). Making Sense of It All: Pascal and the Meaning of Life. Wm. B. Eerdmans Publishing Co., una obra realmente recomendable. Tomé la situación central que describe y le hice algunos añadidos.

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