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Mientras el Euro Arde
Selección de ContraPeso.info
3 julio 2012
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

El título original de la columna es Financial Fiddling while the Euro Burns, algo así como Jugueteo Financiero Mientras el Euro Arde.

Dada la magnitud de la crisis económica de Europa, uno pensaría que sus líderes políticos estarían especialmente enfocados en resolver las causas profundas de los problemas de la deuda que enfrenta Grecia, España e Italia. Pero, por desgracia, no.

Porque, en medio del drama que amenaza la viabilidad de la moneda única, destacados políticos alemanes de derecha e izquierda se unieron hace poco al coro de líderes europeos que piden la aplicación inmediata de algo que siempre ha sido un caballo de batalla de los escépticos de la globalización: un impuesto a todas las transacciones financieras en la UE.

La idea básica (presentada formalmente por la Comisión Europea allá en 2011) es aplicar un impuesto a cualquier transacción en instrumentos financieros (títulos, valores, préstamos, depósitos, derivados, y varias clases de activos) entre bancos, fondos de cobertura, empresas de seguros, sociedades de inversión y otras organizaciones financieras siempre que una parte contratante se encuentre dentro de la UE.

El intercambio de acciones y bonos sería gravado a una tasa del 0.1%. Los contratos de derivados podría incurrir en una tasa de 0.01%.

Estos niveles no parecen ser grandes —hasta que uno se da cuenta de estos impuestos se aplican a cada transacción de este tipo (y hay literalmente millones cada día). Con el tiempo, los costos se acumularían. Y, como todos los impuestos a las empresas, los costos se transmiten a inversores y consumidores.

El impuesto tiene dos metas ostensibles: primero, para que el sector financiero de Europa contribuya a solventar los costos de una crisis financiera que presuntamente ayudó a precipitar; y, en segundo lugar, la introducción a un nivel europeo de un “impuesto mínimo” sobre transacciones financieras.

Eso hace el juego a la realización de un sueño largamente acariciado por los burócratas de la UE: la eliminación de la competencia fiscal en la la región.

Esta propuesta particular ha producido el desacuerdo de Gran Bretaña con la mayoría de los otros países de la UE -—tanto es así que el primer ministro, David Cameron, incluso ha amenazado con vetarla. Muy comprensiblemente, la Pérfida Albión no está dispuesta a abandonar su ventaja competitiva frente a la mayoría de los países de Europa continental en el sector financiero global.

Porque, como todo el mundo sabe, siempre que los políticos de la UE hablan de armonizar las tasas fiscales de cualquier cosa, siempre quieren decir armonizarlas hacia arriba, en lugar de hacia abajo.

Luego están los reconocidos efectos negativos en la creación de riqueza de los impuestos a las transacciones financieras —una parte indispensable de la solución a los problemas de la deuda de Europa.

Incluso la Comisión Europea reconoce que ese impuesto tendría seguramente un impacto negativo en el crecimiento a largo plazo, sobre todo porque se incrementaría el precio del capital.

Pero no importa, dicen ellos. Es más importante reducir el potencial de los movimientos volátiles bruscos de capital que pueden convertir a las correcciones del mercado en crisis financieras.

En resumen, el plan de impuestos a las transacciones en la UE, refleja un deseo de larga plazo para “echarle arena” a las ruedas de la globalización financiera.

Sus orígenes se encuentran en lo que se llama “impuesto Tobin”, el nombre del economista estadounidense James Tobin, quien argumentó en 1972 en favor de la recaudación de un impuesto del 0.5% sobre todas las conversiones spot de divisas. El punto de Tobin era disuadir a los “especuladores” quienes “invierten su dinero a muy corto plazo en divisas extranjeras”.

Desafortunadamente para sus defensores, hay evidencia considerable de que impuestos como los de Tobin a las transacciones financieras no reducen la volatilidad. En medio de las crisis financieras, los inversores de largo plazo y corto plazo se comportan casi de la misma manera —huyen, y los impuestos a las transacciones no les impiden abandonar el barco.

Grecia, por ejemplo, en la actualidad aplica un impuesto a las transacciones en la venta de acciones cotizadas en ese país. Sin embargo, eso no está logrando mucho para evitar el éxodo actual de capital en Grecia.

Tomando el punto de vista más amplio, es difícil evitar concluir que este último despilfarro de armonización de la UE trata dos cosas.

En primer lugar, es una forma de que los funcionarios de la UE y los gobiernos den la apariencia de estar castigando a las instituciones financieras europeas por su contribución a la crisis económica de Europa.

En segundo lugar, refleja el fracaso general europeo al enfrentarse a algunos de los problemas más profundos que contribuyen a la crisis de su deuda.

Los problemas de Grecia, por ejemplo, tienen poco que ver con los bancos griegos en sí. Entre otras cosas, el predicamento de la deuda en Grecia se deriva de la corrupción política endémica, de un sector público inflado, de la evasión fiscal rampante y de la falsificación de las estadísticas en la década de 2000 con el fin de acelerar la entrada de Grecia a la zona del euro.

Si los amos políticos de Europa se tomaran en serio la reducción del riesgo de futuras crisis financieras, prestarían menos atención a los impuestos sobre las transacciones y en su lugar se centrarían en cómo reducir al mínimo los problemas sistemáticos asociados con el riesgo moral, es decir, la garantía implícita de que si los bancos y muchos otros servicios financieros asumen un riesgo excesivo y fallan, el gobierno los rescatará.

Nadie niega que muchas casas financieras europeas y estadounidenses hicieron cosas tontas en la década de 2000. Pero tanto o más destructiva fue la hipótesis de que la estabilidad financiera requeriría que, si se metían en problemas, el estado los rescatara.

Como resultado, gran parte del paisaje financiero de Europa está plagado actualmente de bancos zombis.

Estos bancos operan esencialmente como mecanismos para infusiones de dinero público en la economía, y no como instituciones privadas enfocadas a la asignación eficiente del riesgo y capital privado y cuya viabilidad a largo plazo depende de su capacidad para obtener un beneficio en el proceso.

Todo esto, sin embargo, no es importante en un continente en el que la clase política aparentemente cree que usted simplemente no puede pagar demasiados impuestos, sin importar qué tan altos sean o que puedan resultar contraproducentes.

Pero como un europeo, una vez comentó: “Una nación que usa los impuestos para prosperar es como un hombre parado dentro de un cubo y que trata de levantarse usando el mango”.

Es una lástima que los políticos europeos contemporáneos no lean más de Churchill. Podrían aprender algo.

 

Nota del Editor

La columna de Samuel Gregg es valiosa para ilustrar un síndrome gubernamental: su tendencia a enfocar su atención a problemas que no son centrales, lo que causa descuido a los problemas reales e importantes.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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