Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mostaza y Sonrisas
Eduardo García Gaspar
9 febrero 2012
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Entrar a un supermercado es una de las oportunidades mayores que se tiene para conocernos.

En cada carrito de la tienda, los productos seleccionado son lecciones sobre la naturaleza humana.

Cada marca escogida enseña la manera en la que tomamos decisiones.

Vea usted a la persona que compró un kilo de salmón, o a la que compró un cereal para niños, o una botella de vino, o una mayonesa.

Todas ellas, sin darse mucha cuenta, analizaron sus recursos, pesaron opciones, usaron información, valoraron costos y tomaron una decisión en cada compra.

Hicieron todo eso con una idea en su mente: llevar al máximo su satisfacción.

Por supuesto, cada persona definió “satisfacción” a su modo. El queso roquefort que compré habría sido para muchos un atentado a su olfato. Para mí, el vino dulce que otra persona compró, es un delito culinario.

Es una maravilla. Miles de opciones. Miles de gustos personales. Para otros es algo odioso y repelente, irracional.

La verdad es que es muy racional. Usted, en el supermercado, cuenta con ciertos recursos, tiene ciertos objetivos, tiene cierta información, está en cierto lugar a cierta hora, y combina todo eso en una decisión: la compra de una cierta marca de mostaza.

Por supuesto, ni usted ni nadie tiene la información perfecta, y perdería el tiempo buscando la decisión óptima (sería costoso en extremo).

El cúmulo de millones de decisiones en diferentes lugares y tiempos es lo que dará un total que alguien verá en una cifra acumulada: las ventas totales de esa marca de mostaza.

Pero esa cifra no podrá jamás mostrar la riqueza de circunstancias en cada compra individual. Esta es la diferencia entre microeconomía y macroeconomía.

Pero lo que bien vale una segunda opinión es el ver la racionalidad de cada compra en ese supermercado.

Racionalidad práctica, aplicada en circunstancias de incertidumbre, aceptando riesgos de equivocación, siguiendo estilos personales de compra, buscando satisfacción definida por cada quien. Y algo sorprendente: al salir, cada comprador estará en una mejor situación que la que estaba cuando entró.

No sólo el comprador, también los dueños de la tienda y sus empleados. También los proveedores. Hasta los burócratas estarán contentos porque cobrarán los impuestos de esas ventas.

La sonrisa del comprador, al salir de la tienda, es el resultado de un proceso que es interminable si se trata de ver su origen. Piense usted en el estante en el que se encontró la mostaza que compró.

Esa repisa tiene varios componentes. Uno de los más simples son los tornillos que sirvieron para armarlos. Fueron fabricados por alguien. Ese alguien necesitó máquinas y materiales y empleados. Tomemos el material, digamos que es acero.

Alguien produjo el acero, lo que nos lleva hasta minas en alguna parte, de donde otras personas y otras máquinas extrajeron los minerales. Los mineros llevaban cascos protectores, que fueron hecho por otros, que necesitaron plásticos y máquinas que les dieran forma… todo y más para que alguien pudiera ponerle mostaza a un hot-dog.

Es una maravilla, un proceso tan limpio y que funciona tan bien, que pocos se dan cuenta de lo eficiente que es. Si funcionara mal, como algunas computadoras, nos daríamos cuenta.

Pero da tan buenos resultados que lo ignoramos. Es como tener tanta salud que dejamos de pensar que la tenemos. Sí, tiene algunas fallas y desajustes, pero funciona muy bien.

Ahora piense usted en una posibilidad, la de un gobernante que dice saber cómo satisfacer mejor a las personas que compran en ese supermercado.

Para hacerlo, tendría que entrevistar a cada comprador, uno por uno, y saber todo de él, cada vez que compre. Con esa información, ese gobernante que todo lo quiere hacer comprará lo que él piensa que usted necesita.

Sustituirá las decisiones de usted por las de él. Esto es lo que está detrás de las mentalidades de gobernantes que quieren hacernos felices. Quieren sustituirnos y que hagamos lo que ellos dicen que nos conviene.

Si llegan al poder, quizá yo acabe con un queso fresco, que no me gusta y usted con catsup en lugar de mostaza. Otros con lápices en lugar de bolígrafos, o con toallas en lugar de jabones, o con carreras universitarias en lugar de capacitación técnica.

Y eso si pudiera recolectar toda la información de millones de compradores, a diario, cada vez que ellos entren al supermercado.

Obviamente es imposible. Le digo, por esto es que en los supermercados se aprende de economía y en este caso, puede verse una lección clara: la economía no puede ser planeada por una persona, ni siquiera por un grupo de sabios. No saben lo que nosotros sabemos.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Libre Mercado.  Véase, por ejemplo, que también un bar contiene lecciones sobre el funcionamiento de la economía. Todo a nuestro alrededor es evidencia que muestra que los mercados libres con competencia funcionan mejor que la planeación económica y, por una extraña razón, los candidatos a gobernantes nos ofrecen lo que no sirve.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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