Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No me Juzgues
Eduardo García Gaspar
19 octubre 2012
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es uno de los trucos más sucios.

Me refiero al tomar una palabra que tenga connotaciones buenas. Y, poco a poco, estirarla hasta que signifique lo que uno quiera.

Al final, lo que se logra es dar connotaciones loables a lo que uno quiere que las tenga.

Por ejemplo, una de las palabras adoradas de nuestros tiempos de demasiada televisión y escasa razón. La palabra “tolerancia”.

Antes de su exaltación, tenía un significado muy claro: soportar algo con lo que uno no está de acuerdo, aguantar lo que se piensa no debe ser. No es complicado.

Un ateo, por ejemplo, tolera el templo religioso que tiene frente a su casa. O la persona religiosa tolera que se exhiban películas que critican a su religión.

O un mexicano tolera chistes sobre su país, o bien un natural de Galicia sobre los gallegos. Se tolera, aguanta y soporta, porque es una mejor opción que la opuesta.

Un caso clásico es el de la libertad de expresión, la que para subsistir demanda tolerancia a la difusión de opiniones con las que no se está de acuerdo. Es fácil de entender y tiene su origen en el desacuerdo con otros a quienes se deja hacer.

Es igual a eso del laissez faire, permitir que los otros hagan lo suyo, manteniendo la oportunidad de lo mismo para todos.

Pues bien, resulta ahora que la tolerancia no quiere decir eso, sino otra cosa.

Se dice que la tolerancia no es soportar las diferencias que se tiene con otros con los que se convive. Que eso es una visión demasiado reducida y limitada de la tolerancia. Que la tolerancia es mucho más que eso.

¿Que es entonces la tolerancia? Se nos dice que la tolerancia debe cambiar su significado para querer decir la aceptación, el respeto y la valoración de las diferencias que con los demás se tienen.

Por ejemplo, que la tolerancia significa aceptar que lo que el otro dice tiene igual dignidad que lo que uno dice. Que la tolerancia necesita aceptar la diferencia y que el otro no debe ser juzgado.

En fin, un embrollo de palabras bonitas que intentan dar un nuevo significado a una palabra con connotaciones positivas. Tolerar necesariamente supone pensar que lo que el otro opina o hace es negativo, que no tiene igual valor que lo que uno opina.

Si alguien opina que, por ejemplo, uno y uno son tres, eso puede tolerarse, pero no obliga a tener que valorar con igual peso esa opinión que otras.

Dicen que tolerar es no juzgar a los demás, lo que se contradice. Tolerar es necesariamente juzgar que el otro está equivocado. Si eso no se piensa, ya no tiene caso hablar de tolerancia, sino de otra cosa, como coincidencia o indiferencia… pienso igual, o no me importa lo que el otro diga o haga.

Tolerar realmente significa que no se da ni valor, ni dignidad a lo que el otro dice, sino nada más que se respeta su persona. Si alguien dice que uno y uno son tres, esa opinión no es ni digna ni respetable, pero sí lo es su persona. No se le agarrará a golpes, pero sí se le juzgará equivocado.

Lo que vale una segunda opinión sobre esta redefinición de la tolerancia es la serie de consecuencias que tiene.

Me parece obvio que produzca indiferencia. Falta de interés y apatía en las personas. Despego de temas vitales. Si lo que se valora es sólo la diferencia, entonces se pierden las opiniones en conflicto. Hablo de tibieza y mediocridad en la gente.

Piense en esto. Una persona opina que Dios existe y otra que Dios no existe. Bajo la tolerancia redefinida uno brinca de gusto ante esa diferencia de opiniones, se alegra y danza felizmente, pero hasta allí.

Nunca habrá una argumentación que defienda a uno o otro, que es lo que más valor tiene, de donde se aprende. De otra manera, no sucede nada para dilucidar el asunto.

No sé usted, pero nuestros tiempos dan la impresión de ser miedosos frente a la verdad. Ella aterra a muchos y un buen truco para evitar hablar de ella es hacer esos llamados a valorar diferencias y no juzgar a otros.

Quizá la equivocación de fondo esté en el confundir que la dignidad natural de cada persona puede trasladarse a todo lo que ella haga o diga.

Muchos están en desacuerdo con lo que opino. No los golpearé por eso, respeto a sus personas, pero eso no significa que lo que ellas digan o lo que yo diga deba tener la misma dignidad que poseemos como personas.

Post Scriptum

Recuerdo una película en la que uno de los personajes hizo algo que otro de ellos pensaba que era reprobable. El primero, viendo la reacción del segundo, le reclama, “¡No me juzgues!”.

Es ilógico el reclamo. Pedir que otro me me juzgue implica que yo estoy juzgando que no me juzgue. Y también es imposible. Somos seres pensantes que por eso están emitiendo juicios todo el tiempo. Lo único razonable que puede pedirse es tolerar que otros hagan u digan cosas que uno juzgue erróneas por alguna razón.

Intentar cambiar la noción de tolerancia a algo ilógico e imposible, y tiene sus costos. Uno de ellos es fomentar la displicencia y el desinterés en los otros. Además, fomenta la idea de que la verdad no importa, que lo que importa es solamente la diversidad de opinión.

Por supuesto, hay riqueza en los diferentes puntos de vista que las personas tienen. Es un factor de aprendizaje, pero el aprendizaje real está en examinar y juzgar esas opiniones, no en valorar sólo su variedad.

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