Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Son Santos Varones
Eduardo García Gaspar
8 noviembre 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Desnudo el asunto, con facilidad se comprende.

Quienes proponen que los gobiernos sean los responsables de hacer felices a los ciudadanos, parten de una idea.

La misma idea de la que parten quienes creen conveniente que sea el gobierno el propietario del petróleo.

También, la misma idea que usan como base los que apoyan que los gobiernos manejen la salud pública.

Esa idea es la de suponer que los gobiernos están conducidos por un pequeño número de personas, poderosas y sabias, que son ejemplos notables de altruismo. Gobernantes carentes de todo egoísmo que se complacen en hacer el bien, sin que les domine ningún interés propio.

Solamente con gobernantes de tales cualidades es posible justificar, por ejemplo, que ellos tengan el monopolio petrolero, el de electricidad y, en general, conduzcan a los ciudadanos a la felicidad.

Es decir, la concentración de poder en los gobiernos presupone que los gobernantes son algo muy cercano a un sabio y santo varón.

Es, más o menos, la misma idea que tuvo la Monarquía Ilustrada: suponer que el soberano tiene cualidades especiales, de sabiduría y virtud, que le justifican el tener muy amplio poder sobre sus súbditos.

Si no me cree, lea las promesas electorales de cualquier candidato a puesto público. Prometen ellos hacernos felices, resolver todos los problemas, tener el proyecto milagroso, proponer el modelo nuevo salvador.

Todo lo que hace falta es votar por ellos, darles poder en el gobierno y dejarlos que ellos nos lleven a la mayor felicidad nacional jamás conocida.

Las campañas electorales en todas partes son una colección de promesas, no muy diferentes a las que se tuvieron en México por parte de los aspirantes a la presidencia. O a las de Obama y Romney.

Lo que bien vale una segunda opinión es ver lo que está bajo esas promesas electorales y que es esa hipótesis: los candidatos son seres sabios, pero sobre todo, virtuosos y altruistas, que están dispuestos a sacrificarse por el bien de los ciudadanos.

Suponen que los gobernantes merecen tener todo el poder porque son incapaces del más mínimo sentimiento egoísta.

Más específicamente, en México, la existencia del monopolio petrolero sólo puede justificarse pensando que los gobernantes son los seres más virtuosos, honestos, santos y buenos que existen.

Es la misma justificación que se tiene para, por ejemplo, darles el monopolio de la educación, o el poder para reactivar a la economía.

No sé qué piensa usted, pero no resulta razonable suponer que los gobernantes sean personas que jamás sucumben a tentaciones egoístas, que no sean codiciosos, que no tengan ambiciones personales, que carezcan de todo interés propio.

Son más bien, gente como el resto de nosotros, quizá algo peores. Esto es lo que hace que las cosas se pongan interesantes.

Si suponemos que los gobernantes son iguales a nosotros, que son imperfectos y que sucumben a tentaciones, todo cambia.

Por principio de cuentas, no les daríamos el poder que quieren. Seríamos más recelosos. De seguro no les daríamos el monopolio petrolero simplemente porque sería demasiado tentador darles tanto poder. Seríamos más cautos con ellos, mucho más cautos.

Mi punto es, al final de cuentas, un aviso de escepticismo para el votante. Si pensamos que todas las personas son imperfectas, que cometen errores y que sucumben a tentaciones, escucharemos las promesas electorales con un muy útil escepticismo.

No debemos ser lo crédulos que esos candidatos suponen. Los escucharemos sin creerles todo, ni siquiera la mitad.

Le sugiero al lector usar un pequeño truco cuando escuche promesas electorales de cualquiera. Imagine que esas mismas promesas las está haciendo su vecino.

Es ese vecino el que dice tener el proyecto nacional que salvará al país, y que todo lo que se necesita es que le den todo el poder para implantarlo. Si eso sucede, usted sonreirá. No le creerá lo que dice.

Su vecino no es peor que cualquiera de los candidatos. Esos candidatos no son ángeles altruistas, no son sabios incapaces de cometer errores, no son santos varones que siempre actúan bien.

Y si usted no está dispuesto a darle a su vecino todo el poder que pide, con menos razón debe dárselo a un desconocido que está dispuesto a exagerar sus cualidades.

Post Scriptum

Es común encontrar en las campañas electorales grupos de fanáticos de los candidatos. Estos fanáticos son los ingenuos que piensan que si su candidato es el elegido el país será convertido en un paraíso. Claramente, el pensar así parte de la idea de creer que ese candidato es un ser sobrehumano, sin defectos ni fallas.

Por supuesto, esos fanáticos incondicionales también pueden serlo por motivos más terrenales. No es infrecuente que ellos reciban dinero y bienes a cambio de su apoyo visible y escandaloso

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