Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Personalismo Como Error
Eduardo García Gaspar
8 marzo 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


En una democracia, bien definida, se espera más que la idea primitiva de decir que allí se hace lo que la mayoría decide.

En una democracia, bien entendida, se esperarían cosas como el encontrar nuevas caras en los círculos políticos.

Continuas nuevas caras.

La democracia, en su esencia misma, lleva a todos la oportunidad de participar en los asuntos políticos. Quienes lo hagan harán posible eso, el encuentro de nuevas personalidades con distintas ideas.

Muchos podrán ser aborrecibles, otros locos, algunos razonables y hasta inteligentes.

La cuestión es curiosa, porque en una democracia de nuevas caras, cambiando constantemente, muchos podrían quejarse de vaivenes y falta de continuidad.

Un panorama de políticos que con frecuencia cambian, entran y salen de la escena política, podrá crear la impresión de ser un desorden indeseable.

Y lo será en ese sentido de caras nuevas, desconocidos que llegan y conocidos que se van. Sí, podrá verse como un alboroto que poco orden crea.

Pero la democracia, que al final de cuentas es sólo la defensa de la libertad, tiene sus caminos sutiles. En ella, los gobiernos son más estables, las instituciones más sólidas, las reglas más permanentes.

El tema bien vale una segunda opinión. La razón: apuntar el error común de personalizar los gobiernos, en lugar de institucionalizarlos.

México es un buen ejemplo para ilustrar el error de personalizar gobiernos. Aquí se habla con frecuencia de fenómenos políticos con calificativos como cardenismo, salinismo, foxismo y similares.

El problema es que cuando la política se entiende como carrancismo, villismo, zedillismo y demás, usted termina con todo menos con democracia.

Cuando, por ejemplo, termina el mandato de un presidente, se dice que terminó el foxismo y se da por supuesto que seguirá otro “ismo” personalizado.

Ahora mismo, en México se habla del “ismo” esperado en la próxima presidencia: varios apellidos que podrán convertirse en un “ismo” futuro, al que seguirán otro y otro. Total, se pone atención en lo menos estable y se ignora eso que da orden y permanencia.

Un país obsesionado, como el nuestro, con las personas de los gobernantes pierde de vista la razón de ser de un gobierno.

En una democracia bien entendida, el cambio lo dan las personas que van y vienen, pero la estabilidad la da la estabilidad gubernamental.

Piense usted en cualquiera que sea un fan de alguno de los candidatos a la presidencia en México y verá como esta persona piensa que ese candidato es la clave central y única del destino del país. Todo se lograría si se dejara al candidato hacer su voluntad.

Lo que ese fan hace es descuidar el fondo del tema, que es el gobierno mismo, su solidez y permanencia por encima de las personas. Se olvida de la democracia y se inclina a los sistemas personalistas de gobierno. Un error de consideración al que en mucho contribuyen las elecciones democráticas.

Hay un riesgo considerable en un país cuando sus ciudadanos ponen atención más allá de lo razonable en los candidatos.

Crean ellos así condiciones que favorecen lo opuesto a la democracia: el régimen personalista que no distingue entre gobierno y gobernante. Lo que importa es el gobierno, sus reglas, leyes, instituciones. El gobernante va y viene, no merece la atención que usualmente recibe.

Una ciudadanía obsesionada con las personas de los políticos crea un sistema inestable, que se tambalea cada vez que un político llega o sale.

Pero si esa ciudadanía considera que los gobernantes son sólo gente que va y viene, creará condiciones de estabilidad y permanencia. Una nueva elección no será ya motivo de temor.

Y es que, al final de cuentas, la democracia bien entendida tiene un efecto pocas veces apuntado abiertamente: permite que los cambios de gobierno se hagan sin que las personas alteren sus vidas.

Vea usted la opción opuesta, por ejemplo, el cambio de cabezas de gobierno en Venezuela, Nicaragua, China, Cuba… sería una causa de enorme desestabilización.

Todo irá bien en una democracia mientras los ciudadanos eviten el error de personalizar demasiado a sus gobiernos y, siquiera en lo más profundo de su mente, entiendan que lo que da estabilidad y solidez no es la elección de una persona, sino que esa persona deje su puesto y nada grave suceda.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Personalismos.

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