Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Personalismo o Instituciones
Eduardo García Gaspar
2 julio 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Las llamamos instituciones. Tienen una función central.

Nos hacen la vida más placentera. Lo hacen retirando incertidumbres.

No totalmente, pero sí logrando un ambiente de confianza razonable en el futuro.

Son las reglas del juego.

Más aún, son la expectativa de que las personas se comportarán mayoritariamente de acuerdo con esas reglas del juego. No sólo las leyes, también de acuerdo con expectativas morales.

Es algo que rebasa a las personas, por importantes que sean. El asunto puede explicarse con ejemplos opuestos.

¿Un país de instituciones? Canadá, por ejemplo, o el Reino Unido, o cualquiera similar. Naciones en las que hay reglas de juego muy respetadas y si son violadas, se tienen consecuencias.

No son perfectas, pero allí se logra ese ambiente de seguridad que permite al ciudadano normal vivir con una tranquilidad razonable.

Lo opuesto son esas naciones en las que no existe esa expectativa razonable de que se obedecerán las reglas del juego, leyes y mandatos morales básicos. En lugar de las reglas del juego, opera la voluntad del gobernante.

Sus caprichos, sus planes, sus ideas, sus decisiones. Cada día quizá, el ciudadano se levanta sin saber qué puede suceder. Esto hace pensar en Venezuela, en Cuba, en Corea del Norte y otros más, como Nicaragua o Ecuador.

En fin, las instituciones son eso que permite vivir más tranquilamente y además hacen posible el planear de largo plazo. Esta condición es necesaria para poder prosperar.

Y son creación humana, de personas, que facilitan el establecimiento de esas reglas y se someten a ellas. La creación de esas instituciones es vital para todos.

En contraste con lo anterior, mucho me temo, está la mentalidad que he visto en muchos ciudadanos. Han colocado ellos sus esperanzas en los gobernantes, creyendo que cambiándolos podrá tenerse progreso.

Toda su fe, toda su esperanza, se desvía notablemente hacia las personas, olvidando a las instituciones. Es una expectativa ilusoria.

Por ejemplo, antes de las elecciones de ayer en México, escuché a demasiados hablando de los candidatos como si cada uno de ellos fueran la clave del progreso nacional. Los concebían como si fuesen genios que por arte de magia cambiarían todo.

Es desilusionante ver esto, gente que en lugar de ver personas imperfectas, ve salvadores, redentores y mesías.

Cuando alguien piensa así, destruye la base misma de las instituciones y el estado de derecho. Porque, si alguien ve en un candidato a un redentor, lo lógico es que se le de carta abierta para que haga lo que quiera sin límites ni contrapesos.

Si quien está en el poder es un salvador perfecto, entonces por lógica debe obedecérsele ciegamente. Exactamente lo opuesto de lo que debe hacerse.

Recuerdo el triste caso de una persona que había llegado al clímax del paroxismo respecto a uno de los candidatos en México. No solamente debía ser su favorito el presidente del país, debía también ser la persona que guiara a todos hacia el futuro de acuerdo con sus planes y proyectos.

La persona, frente a ese candidato, tenía una actitud de total reverencia y adoración. Era penoso verla, porque, también, destilaba odio hacia sus oponentes. Un encono rabioso que le impedía pensar.

Cuando prevalece esa mentalidad, puede usted jurar que la nación se alejará del desarrollo y la prosperidad. Confiar en las personas es demasiado riesgoso.

Apostar a la buena voluntad, a la sabiduría y a la moralidad de uno solo es como poner todos los huevos en la misma canasta. En cambio, crear y mantener a las instituciones, es una mejor apuesta. No se está sujeto a uno sólo.

Es un contraste entre personalismo e institucionalidad. Un asunto de riesgos políticos y su diversificación. Cuanto más diversificado el riesgo, mejor para todos. Eso es lo que produce confianza y tranquilidad.

Cuando en una nación prevalece la noción de que cambiar de gobernantes es la clave del progreso, ella concentrará riesgos y producirá incertidumbre.

Si por el contrario, en la nación domina la idea de que el cambio de gobernantes es una simple manera de diversificar riesgos, entonces la gente vivirá razonablemente confiando en el futuro.

Es decir, el cimiento de todo está en la mentalidad del ciudadano y el entender algo muy poco conocido: la democracia no está diseñada para seleccionar a los mejores.

Ella está diseñada para evitar concentraciones de poder, para diversificar riesgos políticos, para evitar abusos. No para elegir a redentores a quienes tenga que obedecerse. Quien sea que haya sido elegido ayer en México, por ejemplo, es un simple ser humano, muy imperfecto y en quien no debe confiarse totalmente.

¿Quiere usted tener una vida tranquila en la que pueda usted tener confianza de un futuro estable? Comience por aceptar que en ningún gobernante puede usted confiar a su país.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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