Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Presidente Minoritario
Eduardo García Gaspar
30 mayo 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Los candidatos a la presidencia de un país tienen obsesiones.

Creen ser, casi siempre, los mejores para el puesto.

Suponen conocer más, creen poder hacer más, prometen lo imposible.

En frecuentes casos, proponen sus propios proyectos de país: sus utopías que harán felices a todos.

¿Se lo creen los ciudadanos? No en realidad y esto puede demostrarse.

Tome usted a un candidato, el que sea, que sienta ser el representante de la sociedad, la encarnación de los deseos del pueblo, un mesías salvador que todo lo resolverá.

¿Acepta eso la gente común? No, y puede demostrarse.

Tome usted el caso de México ahora mismo. Suponga que un candidato gana, el que sea, con un 40% de los votos emitidos. Es una posibilidad real y demuestra que en realidad el 60% de los que votaron se oponen a su proyecto de nación, que no lo ven como la encarnación popular que cree ser.

Lo anterior parece suficiente como para probar que sea quien sea el elegido debe saber que su proyecto de nación no es precisamente el favorito siquiera de la mayoría mínima.

Supongamos que gana con el 51%, aún así, la mitad prácticamente está en contra de su proyecto. No es algo para desechar y seguir sintiéndose un mesías salvador del país.

La cosa se pone más interesante si incorporamos a los que no votan. El abstencionismo, en México, ha tendido a crecer durante los últimos años, desde 1991. Muestro la gráfica presentada en una columna pasada de Jorge Ramón Pedroza con datos del IFE.

En 1994 fue de 23%, en 2000 de 36 y en 2006 de 41. Cualquiera que sea la razón, no importa, pero nos permite hacer un cálculo razonable.

Podemos presuponer sólidamente que el abstencionismo en 2012 será de un 40%. El 60 restante votará y si de esos votantes se da un 40% de votos al ganador, eso pone las cosas en una perspectiva muy realista. El 40% del 60%, resulta en 24% del total de votantes. La cuarta parte de electorado.

Será muy soberbio e inexacto que el nuevo presidente reclame ser la encarnación de la voluntad popular, cuando llegó a la presidencia con la cuarta parte de las preferencias del total de ciudadanos en edad de votar.

Del total de votantes, un 40% piensan que no les ha interesado lo propuesto ni dicho por el elegido. Y del total que votó, el 60% está en su contra abiertamente.

¿Puede alguien sentir que representa al pueblo cuando sólo una cuarta parte de los votantes consideró que era preferible votar por él que por el resto?

Si eso siente ser, es que no reconoce la realidad y, seguramente, ha creado su propio mundo en el que él es el héroe. Digo, porque adicionalmente, entre los que votaron por él, no necesariamente están en total acuerdo. Muchos lo pudieron haber considerado el menos malo.

Puesto en otras palabras, sea el que sea que salga ganador en las elecciones, tendrá un apoyo general minoritario, realmente pequeño. Muy pequeño. De alrededor de una cuarta parte del total de votantes.

Ante esto, un presidente puede reaccionar de dos maneras. Primero, reconocer la realidad y comprender que debe gobernar para todos y que la mayoría de ellos están en contra de sus ideas o sus ideas les son indiferentes.

Segundo, puede reaccionar ignorando la realidad y volverse un activista que a toda costa quiere imponer sus ideas y su proyecto en todos, usando su poder. Estará actuando contra el deseo de la gran mayoría y su gobierno será minoritario.

De aquí la importancia del buen juicio del votante que no debe dejarse cautivar por los candidatos obsesionados con su proyecto personal.

El tema bien vale una segunda opinión para poner en perspectiva los resultados de una elección, como ahora la de México. Quien sea que gane la presidencia no podrá reclamar que su victoria representa la voluntad de la mayoría.

Eso es una realidad innegable. Y no sólo eso, hay más.

Ese presidente elegido no tendrá libre el camino para hacer su voluntad sin frenos. Tendrá que respetar las leyes, tendrá que dar su lugar a los otros poderes y a los estado de la federación. Entender esto es algo que cuesta trabajo, especialmente a los candidatos que piensan ser seres iluminados representantes especiales de la sociedad. No lo son, ni lo pueden ser.

A pesar de ganar las elecciones, son en realidad presidentes minoritarios. Un poco menos minoritarios que esos las perdieron.

Deben entender que no fueron elegidos para implantar su utopía de nación ni sus ideas personales creyendo ser la encarnación de la voluntad popular.

Post Scriptum

Las votaciones en una democracia son una manera de resolver el problema de elección de gobernantes. Una manera imperfecta que sólo tiene validez por ser una regla aceptada a la que se obligan respetar los contendientes.

Supongamos un escenario ya visto hace seis años. López Obrador protestó con violencia los resultados. Reclamó ser el presidente “legítimo” en oposición al “espurio”. Sea lo que sea, de haber ganado, habría sido un presidente minoritario, igual que lo es Calderón. No habría representado a la mayoría, como suponía él.

Las votaciones, más aún, son una manifestación popular ordenada y pacífica que considera a la totalidad de los votantes. Ninguna marcha o protesta puede reclamar ser un sustituto de un desfile nacional real, como el día de las elecciones.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras