Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Quién Los Ayudará?
Leonardo Girondella Mora
10 mayo 2012
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, PROSPERIDAD, Sección: Análisis
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Fechado el 25 de julio de 2005, un artículo titulado “Los pobres en una sociedad libre”, de Albert Esplugas Boter, trata un asunto de real consideración —el de la pregunta obvia que se hace a quien propone un sistema de libertad económica.

El autor lo expresa muy bien,

Cuando uno defiende la no-intervención del Estado, tarde o temprano, debe enfrentarse a la sempiterna pregunta […]: “pero si el Estado no garantiza unos mínimos, ¿qué sucederá con los más pobres?”

Y la respuesta que Esplugas da es digna de mucha consideración —su contestación contiene varios puntos que trato en lo que sigue añadiendo mis observaciones.

Su primer punto es uno de diferenciación. Dice que por encima de todo,

[…] el liberalismo no es una teoría moral, sino una teoría de la justicia, y en cuanto tal versa únicamente sobre el uso legítimo de la violencia. Al denunciar la redistribución de la riqueza y los “derechos” sociales no estamos diciendo nada acerca de las bondades o perjuicios de la generosidad o la solidaridad, sino señalando lo injusto de confiscar la propiedad de unos para beneficio de otros, de forzar a unos a servir a otros.

La separación de terrenos es admirable.

La libertad y su defensa en la consecuencia lógica de libres mercados tiene un impacto necesario —el estar en oposición a la confiscación de propiedades: nadie tiene derecho a tomar propiedades de terceros así sea en beneficio de otros.

Tan indebido es robar para beneficio propio, que hacer lo mismo para beneficio de terceros.

Dice el autor que el liberalismo no es una teoría moral, ni dice nada acerca de la caridad. No lo creo —pienso que la defensa de la libertad sí tiene un contenido moral fuerte, sostenido en la esencia misma de la persona y que valora acciones positivas, como la caridad, siempre que ellas sean voluntarias.

A continuación, hace una larga cita de Roderick Long, que me parece estar llena de lógica:

“una persona hambrienta necesita algo para comer, y uno no puede comer un derecho a la comida. En base a la generosidad y a la compasión, por tanto, un sistema que garantice un derecho a la comida pero no sea muy exitoso proveyendo comida, seguramente sea menos deseable que un sistema que suministre comida de forma sostenida pero no reconozca ningún derecho a la comida”.

En otras palabras, el asunto de qué hacer con los pobres tiene al menos una respuesta parcial —la de optar por el arreglo económico que más riqueza pueda crear y ése el el de la libertad económica.

Si se quiere ayudar a los pobres, es de mero sentido común tener ese sistema de mejores resultados.

Sigue el autor tratando de dar respuesta a qué hacer con los pobres dentro de un sistema liberal —esa objeción tan común por la que pasan los defensores de la libertad económica.

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Hace ahora un razonamiento interesante y un tanto complejo y que por eso reviso de forma esquemática:

Primera posibilidad. Nadie hace caridad: “si ningún individuo en una sociedad libre está dispuesto a socorrer al pobre éste padecerá hambre, pero en un contexto estatista el político, sin el más mínimo apoyo social, no hará absolutamente nada en favor del necesitado”.

Segunda posibilidad. Unos pocos hacen caridad: “En caso de que la mayoría de ciudadanos rechace ayudar al pobre, el político tampoco hará nada, pero la minoría solidaria todavía puede alimentarle mediante la iniciativa privada”.

Tercera posibilidad. Muchos hacen caridad: “Y en caso de que la mayoría sea solidaria, el político asistirá a los pobres, pero la ciudadanía por sí misma les hubiera ayudado igualmente”.

La conclusión del autor es la natural de acuerdo con lo anterior, “el político sobra”.

Sobra en las tres posibilidades, es cierto —pero debo añadir un elemento no mencionado por el autor, seguramente un olvido involuntario.

La caridad estatal se puede realizar sólo con fondos obtenidos por la fuerza, que es lo que hace surgir el meollo de la cuestión: la presuposición necesaria para justificar al gobierno convertido en agente caritativo es dar por ciertas las posibilidades primera y segunda.

Ya que nadie o muy pocos serán solidarios se hace necesario confiscar propiedades de esos que se piensa no harán caridad. Si la tercera posibilidad se tomara como real, entonces no haría falta confiscar esas propiedades —las personas las usarían para ayudar a los pobres.

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El autor sigue ahora con una descripción rápida de una sociedad libre —son cosas sabidas, pero que tienen una cualidad especial, la de hacer surgir de inmediato esa pregunta sobre qué hacer con los pobres.

En una sociedad libre no habría leyes de salario mínimo o  regulaciones laborales que al elevar los costes de contratación condenan al paro a una parte de la población. No se requerirían permisos para empezar un negocio ni se emitirían licencias que restringen la competencia y encarecen los servicios (la sanidad, por ejemplo).

El precio de la vivienda, de la energía, de la comida… caería si el Estado no interfiriera en estos sectores, lo que beneficiaría a las capas más humildes. Los efectos asimétricos de la expansión crediticia que afectan especialmente a los pobres (pues asumen precios más altos antes de que hayan subido sus salarios) no tendrían lugar si hubiera libertad monetaria.

Muchos de quienes escuchen lo anterior reaccionarán predeciblemente —incluso si aceptan que los mercados libres producen prosperidad, incluirán esa pregunta inmediata, la de entonces quién se encargará de los pobres.

Una respuesta es el reconocimiento de una realidad

[…] la caridad privada es mucho más eficiente que la pública, pues los donantes pueden retirar la confianza a las organizaciones que juzgan incompetentes, mientras que el Estado se nutre coactivamente y carece de incentivos para proceder con eficacia y honradez.

Además, como consecuencia de una mayor prosperidad y empleo y una tasa menor o inexistente de impuestos, la gente poseería más dinero para efectuar donaciones.

De allí la conclusión resulta la lógica:

En una sociedad libre, por tanto, habría menos pobres, la caridad llegaría a su destino en una mayor proporción y la gente dispondría de más dinero para donar a beneficencia. Así en una discusión quizás debamos ser nosotros los que preguntemos: “en ausencia de una irrestricta libertad de mercado, ¿qué sucede con los pobres?”

Cuando no hay mercados libres suceden dos cosas muy diáfanas.

Primero, los pobres y todos los demás viven en un sistema en el que se frena la creación de riqueza, una situación indeseable —y que lastima a todas las personas, especialmente a las que pretende ayudar.

Segundo, las actividades estatales que persiguen ayudar a los pobres son realizadas por el gobierno —la entidad menos eficiente, que desperdiciará recursos en esas actividades.

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El artículo de Albert Esplugas Boter tiene grandes méritos —lo más valioso es abrir un tema escasamente tratado y que es una de las objeciones mayores para la implantación de libertades económicas congruentes con el resto de las libertades humanas.

Quienes proponen sistemas de mercados libres suelen encontrar esa objeción con gran frecuencia —una que argumenta en dos pasos:

• Es cierto, los mercados libres producen mayor riqueza que los sistemas de economía intervenida por el gobierno.

• Pero aún así, a pesar de mayor prosperidad con mercados libres, se necesita intervención estatal para ayudar a los pobres. La intervención estatal es necesaria para que los pobres no mueran de hambre —es una cuestión de humanismo, dicen.

Los dos pasos del argumento que defiende la intervención estatal se sostienen en un razonamiento que no satisface por las razones anteriores —(1) se sacrifica riqueza posible de todos y (2) los recursos de ayuda se usan sin eficiencia.

Debo señalar otra objeción usada para justificar la intervención estatal para ayudar a los pobres a pesar de todos sus defectos apuntados antes. Se dice que el crecimiento económico producido por los mercados libres no llega a los pobres y que los mercados libres aumentan las brechas de ingreso, no las disminuyen.

Son dos argumentos en uno —el de que los mercados libres producen riqueza que no llega a los pobres ha sido negado por evidencia: el crecimiento económico reduce la proporción de pobres.

El de la reducción de brechas de ingreso tiene el defecto muchas veces mencionado de ser relativo —no pone atención en la definición de pobreza y que no es una de comparaciones, sino de ingresos mínimos.

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Finalmente, mi intención ha sido enfatizar la objeción más usada en contra de la implantación de sistemas de mercados libres y mostrar que ella no tiene fundamento que satisfaga.

Decir que el intervencionismo estatal se justifica por ser una mejor forma de ayudar a los pobres no sólo es injustificado, sino que también lastima a esos que quiere ayudar.

Los mercados libres crean mayor prosperidad para todos y la caridad privada es más eficiente.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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