Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Rebanada Número 30
Eduardo García Gaspar
5 enero 2012
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El pequeño problema es que nadie puede definir con exactitud qué es eso.

Me refiero a lo que hace poco por la radio dijo un comentarista. Habló de la necesidad de tener precios justos para los bienes, especialmente los de primera necesidad.

Decir eso es más o menos equivalente a decir nada.

Si usted me pregunta, yo diría que un precio justo de una botella de ron añejo es uno muy bajo, como de diez pesos o un dólar. Me encantaría que eso costara y estaría dispuesto a considerarlo justo.

Pero si le preguntamos al productor dirá que eso es de locos, que el ron cuesta producirlo y que, además, esperar tener una ganancia. Obviamente, para el productor, un dólar es un precio injusto.

Al comentarista de la radio habría que preguntarle qué considera justo en lo anterior, el dólar que yo veo así o el los 40 dólares que pide el productor. Y no tendrá respuesta.

Conteste lo que conteste, quedará mal con alguno. La razón es natural, no puede haber justicia en los precios. Tampoco injusticia. Los precios simplemente existen.

Como no puede haber un vidrio justo, tampoco puede haber un precio con esa naturaleza.

Para aclarar las cosas de comentarios tan absurdos como el del comentarista, hay que remontarnos a hace algunos siglos, a la idea de que las cosas valen por la cantidad de trabajo que tomó el hacerlas.

precio del trabajo que los bienes contienen es lo que vale el producto, según esto. ¿Cierto? En realidad no. Vea usted una pintura de Picasso y el precio al que se ha vendido, mucho más alto que el trabajo que tomó realizarla.

De acuerdo con eso de la cantidad de trabajo, el precio de una mesa que tomó tres meses hacer debe ser mayor al de la pintura que Picasso hizo en dos días. Y eso es falso. La realidad lo niega.

Debe haber otra manera de ver esto de los precios. Y la hay, se llama utilidad marginal y es fascinante. La explico con un ejemplo.

Supongamos que estoy muerto de hambre y que usted es el único que vende alimentos en cien kilómetros a la redonda. Usted tiene jamones en abundancia. Por el hambre que tengo, las primeras rebanadas de jamón costarían mucho.

Yo estaría dispuesto a pagar un precio muy alto por ellas. Pero llega un punto en el que ya no pagaría tanto. Cada rebanada adicional bajaría de precio porque ya no me da una satisfacción igual a las primeras.

Quizá en la rebanada número 30, le diría a usted que la acepto solamente si me la regala. Las primeras tuvieron un precio muy alto, pero las últimas uno realmente bajo.

El jamón es el mismo, tomó el mismo trabajo producir la primera rebanada y la número 30, pero su precio varió. Si la anterior es la teoría del valor trabajo, esta es la teoría del valor de intercambio, del precio marginal.

Puesto de otra manera, el precio de un producto es igual al precio que se da a la satisfacción que tiene la última unidad de producto. Esta es la razón por la que un litro de agua vale poco, porque de ella hay mucho. Precio bajo a pesar de que sin ella moriríamos.

Es la razón por la que el oro vale mucho a pesar de que sin él sobreviviríamos. Hay menos oro que agua.

Cambiemos la situación. Usted está en el desierto y tiene sólo una cantimplora. Si alguien llegara a ofrecerle dinero por el agua, quizá usted no la venda o si lo hace, pediría un precio altísimo.

Ahora usted está en su casa y tiene acceso a toda el agua que quiera, hasta para lavar el automóvil. Si usted quiere comprar agua pagaría un precio tan bajo como el que le daría a la utilidad que representa ese lavado, aunque la use para beber.

En todo esto no hay propiamente justicia y si la hay, existe en los tratos de las personas que compran y venden, no en los precios. Puede hablarse de precio acordado libremente entre dos personas y es un precio que ambas consideran conveniente para sí mismas.

El precio no es justo, es acordado, y si de justicia se habla ella estaría en la conducta honesta de esas personas.

A pesar de todo, demasiados siguen hablando de precios justos y tratando de determinarlos. Es absurdo.

Pero si por precio justo se entiende uno bajo, hay una manera de lograrlo: facilite la producción de bienes, cuantos más haya, cuantos más se produzcan, eso tenderá a reducir sus precios haciendo accesibles los productos a más personas. No es algo complicado de entender.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Precios.

Por cierto, esto es aplicable al desperdicio del agua: los gobiernos que consideran que el agua es un bien que debe tener un precio bajo, muy bajo, logran que el agua se use en abundancia, es decir, en usos que no existirían si ella fuese vendida a un precio que considerara sus costos.

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