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Revolucionario de Dios
Selección de ContraPeso.info
1 mayo 2012
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

La idea central del escrito es adentrarse en el real significado de “revolución”. El título original es “Benedict XVI: God’s Revolutionary”.

“Revolución” —la palabra evoca imágenes de palacios de invierno que se son asaltados y a la toma de la Bastilla.

Pero si un verdadero revolucionario es alguien que normalmente vuelve del revés al pensamiento convencional, entonces uno de los más prominentes rivales mundiales del status quo bien puede ser un teólogo católico y de suave hablar, que cumplió 85 años el pasado 16 de abril.

Aunque habitualmente ridiculizado por sus críticos como “caduco” y “fuera de la realidad”, Benedicto XVI sigue haciendo lo que ha hecho desde su elección como Papa hace siete años: sacudir no sólo la Iglesia Católica, sino también al mundo que está llamado a evangelizar.

Sus medios para lograrlo no incluyen “ocupar” cosa alguna. En cambio, es su compromiso con el mundo de las ideas, calmado, consistente y coherente, lo que le distingue como un líder muy diferente de la mayoría de los otros líderes del mundo contemporáneo —religiosos o no.

Benedicto XVI ha entendido desde hace tiempo una verdad que escapa a muchos activistas políticos contemporáneos: los cambios más significativos del mundo no suelen comenzar en el ámbito de la política.

Invariablemente, comienzan con la gente que labora —para bien o para mal— en el ámbito de las ideas.

Los escritos de Jean-Jacques Rousseau ayudaron a hacer posible la Revolución Francesa, a Robespierre y el Terror. Del mismo modo, es difícil imaginar a Lenin y los bolcheviques tomando el poder en Rusia, sin el antecedente indispensable de Karl Marx.

Fuera de los círculos académicos legales, el nombre del profesor de Oxford, H. L. A. Hart, es prácticamente desconocido. Sin embargo, pocas personas como él han influido con mayor fuerza en la adopción de la permisividad de la sociedad occidental del siglo 20.

La mayor parte de irrupciones de Benedicto en el status quo suceden cuando se identifica a las paradojas intelectuales que subyacen en algunas de las fuerzas disfuncionales que operan en nuestro tiempo.

Para los que matan en nombre de la religión, señala que ellos desprecian la naturaleza misma de Dios como Logos, la razón eterna que nuestra propia razón natural nos permite conocer.

Para los que se burlan de la fe en el nombre de la razón, Benedicto XVI señala que, al hacerlo, reducen la razón a lo meramente cuantificable, cerrando así la mente humana a la plenitud de la verdad accesible a través de la misma razón que dicen exaltar.

Un método similar de trabajo está el enfoque de Benedicto XVI a los asuntos internos de la Iglesia. Tomemos, por ejemplo, la reciente crítica de Benedicto XVI, cortés pero aguda, de un grupo de 300 sacerdotes austriacos que hicieron un llamado a la desobediencia con respecto a la ahora triste y conocida lista de deseos que irritan a los disidentes católicos.

Simplemente haciendo preguntas, el Papa demostró lo obvio. ¿Buscan ellos, preguntó, una renovación auténtica? ¿O “sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?”

Más allá de las particularidades del caso de Austria, Benedicto XVI estaba señalando un punto que todos los católicos, no sólo los disidentes, a veces olvidan. La Iglesia no es, en realidad “nuestra”. Es más bien la Iglesia de Cristo.

No es, por lo tanto, otra institución humana que puede cambiar según el capricho humano. Eso, a su vez, nos recuerda que el Cristianismo no es realmente acerca de nosotros, ni de nosotros mismos, sino que está centrada en Cristo y en nuestra necesidad acercarnos a Él.

Ciertamente, la Iglesia siempre necesita una reforma —pero reformas en el sentido de la santidad, no el mero acomodo a la reducción de estándares de las expectativas del secularismo.

¿Tiene un costo toda esta atención al mundo de las ideas? Incluso entre sus admiradores, de vez en cuando uno escucha críticas, que Benedicto XVI se enfoca demasiado en escribir y no lo suficiente en gobernar.

Pero tal vez Benedicto XVI escribe y escribe, porque sabe que para el Papa el escribir es participar en la campo de la conversación pública universal, colocando de esta manera las verdades de la fe católica, precisamente, en el sitio en el que deben estar.

Por ello, es ampliamente admirado no sólo por los católicos, sino también un sinnúmero de cristianos ortodoxos y evangélicos, e incluso por el ocasional “secularista sonriente.”

El Papa no está, sin embargo, haciendo esto por tratar de complacer a ciertas audiencias. Como todos los verdaderos revolucionarios, Benedicto es resuelto y firme.

A lo largo de su pontificado ha intentado hacer lo que muchos que obispos, sacerdotes, religiosos y teólogos de la generación inmediata post-Vaticano II no han logrado —poner frente a nosotros a la persona de Jesús el Nazareno y a las mentes y vidas de los doctores y santos de Su Iglesia, a fin de ayudarnos a recordar la verdadera vocación del cristiano en este mundo.

Como el sacerdote aficionado al whisky, nunca nombrado en la novela de 1940 de Graham Greene, El Poder y la Gloria, el que se da cuenta en la noche antes de su ejecución de que la meta de la vida cristiana no es en última instancia la justicia terrenal, ni los derechos humanos, ni esta causa ni aquella

En cambio, el sórdido alcohólico que ha roto todos sus votos, descubre que el Cristianismo es otra cosa: “Supo ahora que al final sólo una cosa contaba —ser santo”.

La santidad no es una palabra que se escuche mucho entre los disidentes. Después de todo, si vas a pasar mucho de tu tiempo tratando de leer en la Escritura todas esas cosas que hacen de Jesús el Cristo, o tratando de colapsar la ética Cristiana en un consecuencialismo incoherente, es poco probable que animes a la gente a llevar una vida de virtud heroica.

Sin embargo, incluso entre los fieles católicos, hay a menudo un sentido de que la santidad es para otras personas: que nuestros fracasos cotidianos para seguir a Cristo significan que la santidad está de alguna manera más allá de nosotros.

Esto, sin embargo, decididamente no es la idea de Benedicto. Para él, la santidad lo es todo, no importa cuántas veces fallemos en el camino.

Por otra parte, Benedicto cree que sólo la santidad es lo que produce el aliento de la bondad valiente e indestructible que realmente cambia el mundo.

Jamás Benedicto XVI señaló este punto de manera tan directa que cuando pronunció estas palabras durante la oración de vigilia nocturna a miles de jóvenes en el Día Mundial de la Juventud en Colonia, 2005:

“Los santos son. . . los verdaderos reformadores. . . . Sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución. . . No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo el retorno al Dios vivo, nuestro Creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?”

Sí, Dios es amor. El Logos es Cáritas —no hay mensaje más revolucionario que este.

Nota del Editor

La novela de G. Greene, El Poder y la Gloria, narra la historia de un sacerdote católico en los años 30, en Tabasco, México, cuando el gobierno intentó suprimir esa religión.

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