Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Si Otros lo Hacen…
Eduardo García Gaspar
5 junio 2012
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


La frase se hizo famosa.

“Todo el mundo miente”, repetía una y otra vez el doctor House en su serie de televisión.

¿De verdad? Sí, todo el mundo lo hace, según se reportó (Why we lie, WSJ, 26 mayo 2012).

Bueno, casi todo el mundo. Sólo una real minoría no lo hace nunca.

La distribución de los mentirosos parece seguir una distribución en la que hay muy pocos casos en los extremos. Muy pocos que mienten consistentemente. Muy pocos que nunca mienten. Realmente pocos en esos dos grupos.

La mayoría está en medio: personas que no siempre mienten y que cuando lo hacen mienten poco.

Esto es congruente con la expectativa de la imperfección humana. No somos perfectos, cometemos faltas, somos deshonestos, mentimos, no somos todos totalmente honorables.

Sólo unos pocos se salen de esa imperfección en la que a veces obramos mal y a veces bien. Son reales excepciones. En fin, sí, todos mienten pero no mucho y sólo algunas veces, pero lo hacen.

La columna apunta algo de mucho sentido común. Una cerradura es capaz de detener los impulsos que la mayoría sienten de entrar y robar algo valioso.

La cerradura detiene a la mayoría, pero no a los muy pocos que están en el extremo y que son deshonestos continuos. A esos no los detiene una cerradura. Pero lo interesante es un aspecto de esas investigaciones.

Las mentiras, además, son contagiosas. Si las personas ven que alguien miente y se sale con la suya, tenderán a imitarlo. Si todos a su alrededor tienen una conducta honorable, la persona tenderá a ser también honorable.

Es decir, hay circunstancias que facilitan que gente que hubiera actuado honestamente no lo haga. Tome usted, por ejemplo, un caso clásico.

El de la corrupción de los gobernantes. Si los ciudadanos perciben que esos gobernantes actúan con deshonestidad, tenderán a comportarse con menos honestidad de que la hubieran exhibido sin el ejemplo del gobernante.

Sí, hay contagio en los malos ejemplos. Usted lo ha visto en esa otra famosa frase, “Todos lo hacen, ¿por qué no yo?”.

Un amigo dice que es muy frecuente que en los robos a casas, las víctimas declaren haber sido robadas de miles de pesos en efectivo y joyas muy valiosas. ¿Exageraciones? Seguramente.

No son mentiras frecuentes, sino aisladas, las de la mayoría. Muy incluidas por el medio ambiente y lo que hacen los otros. Si esto es cierto, y suena razonable, puede especularse sobre la importancia del contagio de conductas reprobables.

La noticia sobre el consumo de drogas de una celebridad, por ejemplo, afectaría las probabilidades de contagio de esa conducta en otros. Es, de nuevo, eso de “todos lo hacen y no pasa nada”. La cosa va más allá, según el reporte.

Los cursos sobre valores no parecen dar gran resultado, al menos no tanto como hacer otra cosa: el recordar principios honorables en el momento previo a una posible acción deshonesta.

Quizá sea que ya conocemos esos valores y sólo necesitamos que nos sean recordados en los momentos de duda. Cuando realmente necesitamos solventar el problema.

De todo esto, de nuevo puede llegarse a esa conclusión sobre la imperfección humana. Estamos siempre en peligro de actuar indebidamente y, algunas de esas veces lo hacemos. No es que seamos malos en nosotros mismos, sino que podemos actuar mal. Como cuando llenamos mal una declaración de reclamo de seguros.

Las personas de extrema maldad y extrema bondad son excepcionales. Las hay pero son atípicos. En medio, capaces a veces de hacer el bien o hacer el mal, estamos el resto de los mortales.

La normalidad humana. Donde unos a otros podemos inspirarnos en una dirección o la otra, donde parece estar la clave. Donde el ejemplo de alrededor es vital.

De allí, me parece, la importancia de que los más célebres, los más famosos, los conocidos y admirados, tengan una obligación adicional al resto: la de ser buenos ejemplos.

Vuelvo al caso del futbolista que mete un gol con la mano, lo dan por bueno y el se enorgullece más tarde de haber logrado el engaño. Es posible que muchos piensen, “si lo hizo mi ídolo, yo también”.

Y al final, quizá sea eso de hacer ídolos sujetos de admiración sin límites, a quienes son simples humanos. Esos que como el resto están en medio.

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