Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Son Como Una Estrategia
Eduardo García Gaspar
25 octubre 2012
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un reclamo general. Se escucha en todas partes.

Es un común denominador de muchas conversaciones.

En ellas se da un proceso que consta de un par de etapas.

Primero, se habla de alguna realidad que choca contra una expectativa, por ejemplo, la realidad de hijos fuera del matrimonio.

Segundo, se menciona una idea que está expresada en la frase “se han perdido valores”, de lo que de obtiene la conclusión más natural del mundo: necesitan recuperarse esos valores.

Al recuperarse, se piensa, disminuiría el número de actos que se considera son reprobables. Actos como asesinatos, robos, fraudes, corrupción, engaños y, también lo de antes, hijos fuera del matrimonio.

La parte vital está en eso que llamamos “valores”. Pueden ellos verse desde un ángulo militar, como grandes estrategias de acción. Formas de actuar que llevan por ciertos caminos y evitan otros.

Y, lo más interesante, esos valores buscan una victoria. Su meta esa ésa, un triunfo de ciertas acciones sobre otras. Todo, porque hay ciertas cosas que son superiores y, por eso, mejores.

Un buen ejemplo de esto es el ahorro, producto de un valor o estrategia que puede llamarse “previsión”, o quizá, “prudencia”. Consiste en una estrategia doble.

Por un lado evitar el gasto presente excesivo. Por el otro, guardar parte de los ingresos presentes para enfrentar necesidades futuras. Es la victoria de una virtud, esa previsión, sobre una cosa considerada inferior, la irresponsabilidad de gastar todo en el placer presente.

Las cosas se ponen interesantes con la adición de una nueva palabra, “virtud”. Todos tenemos una idea siquiera vaga de lo que significa.

Definámosla con sencillez: es un valor convertido en costumbre, en hábito de conducta. Por esto se habla de alguien virtuoso cuando tiene el hábito de no hablar mal de otros, de no sucumbir al placer de mencionar defectos ajenos.

Alguien que tiene virtudes es, por tanto, alguien que con consistencia actúa guiado por un valor. Por ejemplo, quien respeta el valor de la honestidad y lo ha convertido en una forma de ser, rechazará oportunidades de beneficio propio engañando a otros.

Y esto nos lleva a otro aspecto que presenta el problema obvio. ¿Qué pasa en el caso de alguien que es realmente honesto en sus tratos monetarios, pero que en otros campos se comporta mal?

Podría ser que un hombre muy ahorrador y precavido y previsor, golpee a su mujer y descuide a sus hijos. O puede ser que una mujer sea incapaz de decir cosas malas de nadie, pero se deje llevar por la gula, o la pereza.

Hay algo en estos personajes que nos llevaría a no aplicarles el calificativo de virtuosos, ni de personas ejemplares. Es que en esto que llamamos valores hay una conexión.

Dejarse guiar por un valor, el que sea, hace suponer que también los demás sirven de guía. Es difícil asociar al ahorrador con la pereza. Al contrario, lo asociaremos con el trabajo.

Esta interconexión entre valores y, por tanto, entre virtudes, es algo natural e intuitivo. Con dificultad veremos como virtuosa a la persona que se deja llevar por sus más bajos instintos sexuales al mismo tiempo que nunca sucumbe a los excesos del beber y comer.

Los valores, por tanto, son partes de una estrategia general de la vida que se desea tener y que se quiere que en ella existe el triunfo de lo superior sobre lo inferior. De lo mejor y bueno sobre lo malo.

Es una estrategia que exalta, por ejemplo, la amistad, la lealtad, el trabajo, la gratitud y una larga lista de cosas que se consideran positivas.

Es lo que nos lleva a reprobar la envidia, la mentira, el egoísmo, la ignorancia, la violencia. Lo más fascinante es que los valores los tenemos por naturaleza.

Es como si existiera ya algo escrito en nuestro corazón, por usar la frase bíblica, que nos lleva a instintivamente tener una idea siquiera primitiva de la justicia, o de lo reprobable del engaño.

En eso está la maravilla de los valores. Están ellos contenidos en nuestra naturaleza misma, como si hubiésemos nacido con ellos ya integrados. Sólo necesitamos afinarlos, pulirlos y convertirlos en virtudes, es decir, hábitos.

Y no son una lista interminable de cualidades, son al final de cuentas un sólo hábito, el mejor de todos, el tratar a los demás como uno quisiera ser tratado.

Post Scriptum

Creo que es un error descomunal el entender a los valores como una lista de cosas positivas que se juzga debe tener toda persona. Esto lleva a enumeraciones que se tornan interminables. Por ejemplo, la que sigue.

Al hacer eso, se produce una lista a la que siempre falta algo, porque no se trata de valores propiamente, sino de rasgos con diversas prioridades e importancias. La interminable lista, además, sucumbe con frecuencia a lo políticamente correcto y a las corrientes de moda.

¿Como puedo poner en el mismo plano al sueño personal (lo que sea que signifique) con la justicia? ¿O a la sabuduría con el trabajo en equipo? ¿No es caso un error gravísimo ignorar la libertad e incluir “bases de sexualidad”?

1. Perseverancia

2. Voluntad

3. Independencia

4. Humor y risa

5. Trabajo

6. Ánimo emprendedor

7. Paciencia

8. Tolerancia

9. Respeto

10. Esfuerzo

11. Amor a la vida

12. Sueño personal

13. Integridad

14. Dignidad

15. Trabajo en equipo

16. Bases de sexualidad

17. Discernimiento

18. Saber estar solos

19. Interiorización

20. Resistencia

21. Saber perder

22. Ternura

23. Aceptación

24. Felicidad

25. Alegría

26. Valor

27. Conciencia

28. Amistad

29. Sabiduría

30. Autoconocimiento

31. Serenidad

32. Generosidad y espíritu de servicio

33. Gratitud

34. Objetividad y justicia

35. Sinceridad

36. Solidaridad

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