Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Son Subastas de Votos
Leonardo Girondella Mora
13 abril 2012
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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El funcionamiento electoral en una democracia es en extremo simple: votan los ciudadanos mayores de edad, se cuentan los votos y sale ganador quien más votos reciba.

Esa es la visión que del proceso electoral tiene el ciudadano: da su voto, junto con otros millones de ciudadanos, y el que obtenga la mayoría es el elegido para el siguiente gobierno.

Pero la visión que tiene el gobernante es distinta —para él ganar lo es todo, perder es la nada, y su misión en las elecciones es única: obtener el mayor número de votos posibles. En esto concentra su atención central.

En tiempos electorales, todo candidato tiene una misión de alta prioridad, la mayor de todas: obtener más votos que sus contrarios —lo demás es secundario. Además, ya que las elecciones marcan un ganador sólo, tener más votos que el resto es un asunto de vida o muerte.

Con esto llegó a mi idea: todo político en tiempos electorales tendrá la tentación real y fuerte de hacer todo lo posible por conseguir votos, incluyendo acciones de legalidad dudosa, de moralidad reprobable y de irresponsabilidad absoluta.

Un ejemplo reciente es digno de mención. Fue reportado que, en Venezuela, su actual gobierno implantó un programa llamado “Hijos del Pueblo” —consiste en regalar 100 dólares al mes a embarazadas y a familias pobres, por cada hijo menor.

Según las noticias, el programa costará 2,300 millones de dólares al gobierno de H. Chávez y se trata de un programa que es realmente una compra de votos: el gobernante que se sostiene por votos y popularidad lanza una compra de voluntades de voto a una porción grande de ciudadanos.

Esas compras en el terreno corporativo se llaman compras hostiles: una empresa compra a otra sin la voluntad de esta. En el caso político, la compra es hostil también, pero está revestida de un disfraz “social”.

A cambio de ese dinero, se compra la voluntad del que lo recibe: si se vota por otro, ese dinero quizá ya no llegará.

En el terreno de las subastas, por ejemplo, un Ferrari Testa Rossa, 1957, se vendió en 16.4 millones de dólares —la más reciente subasta de votos de Chávez hubiera comprado unos 140 de esos autos. No hay subastas más caras que las de votos.

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El mismo mecanismo se realiza en todas partes.

El gobierno en funciones lanza programas de ayuda, que crean dependencia en segmentos grandes de ciudadanos —piensan ellos que le deben lealtad a quien les dio beneficios y razonan que votando por otros arriesgarían esos beneficios.

El candidato en campaña, buscando ser elegido promete más programas, con más ayuda y, también, usa los fondos de su campaña para regalar a quienes acuden a sus mítines.

En México, por ejemplo, distintos candidatos han prometido establecer seguro de desempleo, becas a estudiantes —promesas que son compras de votos, descaradas y abiertas. Significan uso de fondos estatales para creación de lealtad política y popularidad electoral.

El mecanismo simple de elección por mayoría de votos se convierte de esa manera en una subasta de votos —y juegan allí dos participantes:

• El político que promete dar y dar, sin límite ni responsabilidad —lo que es origen de crisis posteriores de deuda gubernamental: las promesas cuestan demasiado, producen déficits.

• El ciudadano que siente tener derecho a recibir y recibir sin límite —lo que es origen de protestas callejeras y lamentaciones cuando la realidad impide la continuación de las dádivas.

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Las promesas de campaña electoral deben verse como una colección de locuras y desvaríos: créditos baratos, más impuestos a los “ricos”, préstamos a los “pobres”, más gasto de gobierno para empleos, elevación de salario mínimo, impulso a pymes, pensión a adultos mayores, empleo inmediato a millones, casas subsidiadas, gasolina a menor precio —un repertorio abundante de chifladuras.

Esta es la transformación de la que hablo, la compra hostil de apariencia benigna, de votos por parte de beneficiados numerosos —un mecanismo de decisión que tiene elementos:

• El gobernante selecciona un segmento de votantes que debe ser numeroso —cuanto más numeroso, mejor. Son especialmente atractivos los pobres y los jóvenes, además de los sindicatos (muy organizados en acciones electorales).

• El gobernante creo un beneficio dirigido a cada uno de los segmentos, sólo posible si él llega al poder —por ejemplo, becas o transporte gratuito para jóvenes; o subsidios a campesinos.

El resultado neto de esas acciones es el uso de los fondos públicos en acciones de compra de votos, una real subasta, que impide el uso productivo de los recursos en acciones productivas de beneficio general, como un buen sistema judicial o una policía efectiva.

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Todo lo que he querido señalar es el fenómeno al que las elecciones se han ajustado —han sido convertidas en subastas de votos, compras abiertas de preferencia electoral, dirigidas a segmentos numerosos y usando fondos públicos como propiedad personal del gobernante.

Las consecuencias más visibles son situaciones de finanzas públicas insostenibles y el decaimiento de la eficiencia del gobierno —los menos visibles, y más graves, son la conversión del ciudadano en un ser irresponsable, una persona sin iniciativa, que se vende al mejor postor.

Un voto por un plato de lentejas muy costoso.

 

Nota del Editor

Un buen ejemplo de la subasta de votos fue una propuesta reciente. En su campaña electoral, el candidato del PRD ofreció usar más de 63,000 millones para dar pensiones a todos los adultos mayores durante su primer año de gobierno.

Eso cubriría a más de 5 millones de votantes, mayores de 68 años, con unos mil pesos al mes. Es decir, se ofrece comprar su voto a cambio de mil pesos al mes durante el resto de su vida. No hay duda de que es un precio alto el que está dispuesto a pagar el candidato, aunque el dinero no es de él, por supuesto.

La subasta tiene un nombre socialmente responsable, “pensión universal para los adultos mayores”, pero es económicamente irresponsable.

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