Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Terquedad a Toda Prueba
Eduardo García Gaspar
30 octubre 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Se le puede llamar “terquedad invencible”. Es algo que no puede ser conquistado.

Una especie de obcecación o empecinamiento extremo e inamovible. No hay forma de derrotarla.

Todos hemos visto esto más de una vez.

Todos tenemos un amigo al que nada convence y nada persuade. Ni siquiera las más poderosas evidencias, ni los razonamientos más sólidos.

Mientras que a todos nos llegan momentos en lo que padecemos ese trastorno, me parece que él es particularmente sufrido en círculos políticos.

Son los gobernantes quienes más padecen esta terquedad invencible. Es una inmunidad del razonamiento que impide aceptar una modificación, siquiera ligera de las creencias propias.

El fenómeno vale la pena de ser explorado por una razón. Es posible que sea la causa central de lo que impide que un gobierno corrija rumbos a pesar de ir por caminos que llevarán a despeñaderos.

Comencemos por el principio apuntando la distorsión de la idea de diálogo que se tiene en la actualidad. Especialmente el llamado diálogo democrático.

En estos diálogos se tiene no eso que se espera, un diálogo, sino una serie de monólogos independientes. Sea cara a cara, o en diferentes circunstancias, estos supuestos diálogos democráticos presentan la oportunidad de que cada una de las partes presente su caso u opinión.

Y allí se detiene todo. Por supuesto, no sigue nada a ello, excepto la protesta de que no se ha hecho lo que cada parte pedía.

Es decir, no hay una expectativa de acuerdos, sino de presentar la postura propia y realizarla sin más nada. Cuando cada parte piensa eso, por supuesto, todo se vuelve una colección de monólogos entre sordos.

Es esa terquedad invencible de la que hablo. Usted la ha visto en los gobernantes como un hábito arraigado. Veamos la parte contraria.

En un diálogo real, las partes entran con una posición personal generalmente opuesta, que es ese diálogo expondrán con el ánimo de persuadir al otro. Pero hay algo que es distinto en un real diálogo: las partes entran animadas por la idea de aprender del otro, de entenderlo.

Esto ya es ganancia, pero aún hay más. Las partes entran animadas por otro elemento.

Todas las partes reconocen que van en pos de la verdad, de lo cierto y verdadero. Es lo que les anima a usar buenos argumentos, lógica sólida y evidencias fuertes. Esto les llevará a poder ser persuadidos siquiera en un pequeño grado.

Esta es la gran diferencia entre el diálogo real y el llamado diálogo democrático al estilo moderno.

Este diálogo democrático carece de esos dos elementos. Las partes no tienen el ánimo de aprender mutuamente uno del otro. Lejos de eso, las partes se han descalificado mutuamente, típicamente por la vía del insulto y el ataque personal. Cada parte suele ver a la otra como un enemigo a vencer por cualquier medio.

Más importante incluso, es que el diálogo democrático no tiene tampoco el elemento de ir en pos de la verdad, de lo que pueda ser demostrado como real y cierto.

Sin este elemento, es obvio, no hay posibilidad de nada excepto un duelo de gritos entre las partes y que termina, si se hace con buenos modales, en un conteo de votos que encuentra la posición mayoritaria (no necesariamente la verdadera).

Pero existe otra posibilidad, la de que ese diálogo, convertido en una serie de monólogos, no acepte ni siquiera la solución de los votos mayoritarios.

Es decir, al menos una de las partes simplemente se sale de ese encuentro y actúa por su cuenta. Estos son los casos reales de terquedad invencible. Y la posibilidad de solucionarlos es remota, o nula.

En México tenemos a un caso de estos, el de López Obrador, para quien un diálogo democrático consiste en hacer lo que él diga, concordar con su opinión y aceptar su veredicto. No es él único.

Con otras intensidades y otras consecuencias, es el mismo padecimiento de otros gobernantes que contra toda evidencia insisten en tener ellos la razón, siempre, sin excepción. Usted puede nombrar a muchos de ellos.

No creo que sea malo el tener opiniones, el defenderlas, explicarlas y justificarlas. Incluso con obstinación.

Lo que evita que esto se convierta en terquedad invencible es un factor que es poco reconocido, la aceptación de que existe la verdad y que antes que las opiniones propias, está esa verdad.

Post Scriptum

Mi temor ante el diálogo democrático es que él suele convertirse en una serie de monólogos aislados que cuando mucho se resuelven en una votación que no necesariamente representa la mejor solución y olvida el uso de razonamientos y pruebas.

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