Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tu Derecho, mi Daño
Leonardo Girondella Mora
9 enero 2012
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
Catalogado en:


En la página web de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México, se mencionaban “Los derechos de los niños y de las niñas” (sic) —con 24 derechos que enumeran derechos y libertades de esas personas [el enlace no existe ya].

Algunos de ello son muy comprensibles, como el derecho a la vida, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión —en los que no hay diferencia con respecto a los derechos de los adultos mismos.

Lo mismo sucede con el derecho a la inviolabilidad de su correspondencia y de su domicilio, que no es diferente que en el caso de los adultos y que, además, muestra la naturaleza de esos derechos: el imponer obligaciones de respeto en los demás.

Si la persona tiene derecho a la vida, eso obliga al resto a respetar esa vida ajena —el derecho de uno implica una obligación en otros, pero es una obligación de respeto solamente: el no matarlo, el no entrar sin permiso a su casa, el no impedirle que vaya a la iglesia de su elección.

Nada es nuevo en este tipo de derechos, como la libertad de expresión, de asociación y reunión, que es aplicable a todas las personas dentro de un mecanismo escasamente reconocido: el derecho de todos impone obligaciones a todos.

Si, como se afirma en esa lista de derechos infantiles se tiene “derecho a ser protegido contra toda forma de abuso físico o mental” eso contiene en el resto la obligación de no dañar al niño. Es exactamente lo mismo que para los adultos. Poca o nula diferencia existen entre estos derechos infantiles y los derechos de los adultos.

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En la lista que reviso aquí, hay otros derechos de los niños: “derecho a tener un nombre y una nacionalidad, a preservar su identidad, a ser protegido contra toda clase de torturas, tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, no ser privado de su libertad ilegal o arbitrariamente”.

Tampoco nada que los diferencie de los derechos de los adultos —son iguales en su esencia y si acaso varían es porque usan diferentes palabras.

Pero hay derechos que llaman la atención. Por ejemplo,

“El derecho a la información a través de los distintos medios de comunicación, para lo cual los Estados partes en esta Convención alentarán a los medios de comunicación a difundir información y materiales de interés social y cultural para el niño”.

Este derecho es sustancialmente distinto a los anteriores. Un derecho a la información no es más que el derecho a la expresión libre, y eso crea la obligación en los demás para no obstaculizar esa expresión —pero aquí se crea algo nuevo y muy distinto: el gobierno entra a “alentar” la emisión de información para los niños.

Es un cambio radical —del mecanismo de los derechos que imponen obligación en el resto de no interferirlos, ahora se ha pasado a una obligación de actuar por parte del gobierno. Este cambio, que es realmente grande, tiene el riesgo de ser pasado por alto y quiero hacerlo más claro contrastando dos casos:

• El derecho a derecho a ser protegido contra toda forma de abuso físico es claro en la obligación que impone a todos —el no abusar, atacar, ni dañar al niño.

• El derecho a una alimentación nutritiva e higiénica es de otra naturaleza muy diferente a la anterior —puede ser interpretado y lo es, como una obligación activa: alguien tiene que proveer esa alimentación.

De una obligación pasiva, de no interferencia, impuesta a todos en el caso anterior, se ha pasado a una obligación activa, que se impone en sujetos no identificados.

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Cuando se afirma que los niños tienen “derecho al descanso y esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad, así como a participar libremente en la vida cultural y en las artes”, eso puede ser interpretado de dos maneras.

Primero, la interpretación que impone una obligación igual en todos —la de no impedir que el niño juegue, o descanse. La interpretación es clara e inequívoca, aplica a todos y coloca una obligación universal de no interferencia.

Segundo, la interpretación que también impone una obligación —pero que es ambigua, la de proveer los medios para que el niño juegue o descanse. En otras palabras, ¿tiene alguien la obligación de comprar juguetes al niño? Si es que alguien la tiene, serían sus padres. Sería aventurado que esa obligación recayera en otros.

El caso se repite en otro de los derechos, el del “derecho a disfrutar del más alto nivel posible de salud y de los servicios para el tratamiento de enfermedades y la rehabilitación” —que puede ser entendido de esas dos maneras: no impedir que se ejerza ese derecho, pero también como una imposición de que los gastos sean cubiertos por un tercero.

Mi intención ha sido mostrar la dualidad de interpretaciones posibles de los derechos humanos en general, usando el ejemplo de los derechos infantiles: esos derechos pueden ser usados alterando los derechos de otros.

Si el derecho a jugar del niño se interpreta como la obligación de un tercero de pagar parte de la cancha deportiva en la que se juega, ese tercero estará sufriendo una violación de su derecho, el de la propiedad.

Es este un aspecto muy poco reconocido, que merece más atención porque hace que los derechos de unos puedan ser la violación de los derechos de otros.

Nota del Editor

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