Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Asunto de Respeto
Eduardo García Gaspar
10 septiembre 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un efecto lógico. Es la pérdida del respeto que se les debe tener.

No tanto por sus personas, sino por su posición.

En esos puestos, ellos están obligados a tener conductas con altos estándares éticos que los hagan ejemplo ante los demás.

Hablo de gobernantes y los escándalos que suelen acompañarlos.

Escándalos de corrupción, de nepotismo, de engaños y fraudes. También de falta de talento y habilidad, aunque estos sean menos importantes.

Los ciudadanos están más dispuestos a perdonar la estupidez que la deshonestidad en sus gobernantes. Lo que digo es que la falta de estatura moral en los gobernantes tiene un efecto certero en la política: el ciudadano les pierde respeto a ellos y a lo que hacen.

Y eso es grave, muy grave. Parte de la legitimidad de un gobierno es el respeto que los ciudadanos dan a sus gobernantes, incluso a aquellos con los que no están de acuerdo.

Pero cuando ven que los gobernantes son parte de manejos sucios, de actos cuestionables, de conductas sospechosas, de ambiciones desmedidas; que tienen fortunas inexplicables, que favorecen a sus familiares, que ni en casos claros son castigados… entonces se pierde el respeto.

Esto tiene efectos que merecen ser hechos explícitos en una segunda opinión.

Uno es el efecto en la ciudadanía y que consiste en quitar legitimidad a la autoridad: verla no como un gobierno, sino como un club de poderosos que se cuidan mutuamente. Se pierde así un cierto sentido de reverencia hacia ellos, incluso de admiración… la que debía producir su jerarquía.

Esto debilita a la autoridad y a sus leyes. Mina el Estado de Derecho y contamina el espíritu de la sociedad. Produce laxitud moral y fomenta vicios.

Inclina a los ciudadanos a conductas reprobables que siguen el ejemplo de los gobernante. En casos extremos, la pérdida de respeto a la autoridad lleva a muchos a chantajes e insultos y acusaciones.

Pero hay otro efecto que es menos notable y que le sucede al gobernante mismo. Cuando los políticos se liberan de la obligación de tener una alta estatura moral frente a sus ciudadanos, el cinismo los invade y, como dijo Tocqueville, ahora se entregan “sin temor a la embriaguez del poder”.

Saben que han perdido el respeto de los ciudadanos, que ya no tienen que mantener siquiera las apariencias de una moralidad sana y, ya sin esa carga ética, el camino les queda libre para la rapiña y el uso indiscriminado del poder.

No les importan las instituciones ya, ni las leyes, todo lo sacrifican si con eso logran mantenerse el poder. Ni los más graves hechos de los que son culpables los llevan a considerar la posibilidad de tener amor propio y renunciar.

Son dos efectos que se combinan. El ciudadano pierde respeto al gobernante y el gobernante sabiendo de esa pérdida se convierte en un cínico que ya nada detiene.

Perdido el respeto que se le debía, el camino le queda libre para hacer todo lo que le plazca. Ya no tiene conciencia legal, ni sentido moral, ni amor propio, ni conciencia. Ha creado un mundo suyo en el que todo se vale con tal de llegar al poder y usarlo en su provecho.

El resultado neto es el debilitamiento de toda la sociedad, especialmente de su gobierno, que deja de ser mirado con respeto para ser considerado un centro de conductas reprobables que no son penalizadas.

¿La razón de fondo? La pérdida del sentido moral en el gobernante, el abandono de la idea de que hay cosas que deben ser y cosas que no deben ser. Y su conducta se convierte en ejemplo a seguir.

El ciudadano aprende que hay otras maneras, además del trabajo y el ahorro, que llevan a fortunas cuantiosas. Que el mentir permite tener más ingresos, que el descaro aumenta la fortuna personal. Quien debía ser caso de una moral ejemplar que inspire a otros, es ahora un simple pillo que debilita la misma institución de la que vive.

J. M. Luis Mora, el liberal mexicano del siglo 19, hablaba de dos defectos en los gobernantes. La falta de inteligencia y la falta de moral, las dos causas suficientes para que los mismos gobernantes separaran a sus colegas de sus puestos. Y esto es lo que también admira.

Ni siquiera los mismos gobernantes parecen temer del daño que ellos mismos se causan cuando no expulsan de sus partidos y gobiernos a personas que se han liberado de la idea de tener responsabilidades éticas y sentido moral. Un panorama muy triste.

Post Scriptum

Un ejemplo notable de esa falta de respeto al político y al mismo ciudadano, es el extraño fenómeno de López Obrador en México. Jaime Sánchez Susarrey lo explica así:

“Lo sorprendente… no es que López se haya vuelto una parodia de si mismo, porque ya lo había hecho cuando se proclamó Presidente legítimo… Lo sorprendente es que este personaje en cualquier país hubiera sido el hazmerreír nacional…, repuntó y obtuvo casi 16 millones de votos”. (Grupo Reforma, 8 septiembre 2012)

Cosas como ésta son las cosas raras que suceden cuando se pierden las guías morales y el sentido común que las acompaña: millones de votos dados a quien ha mentido una y otra vez, descaradamente.

La columna ha sido clasificada en ContraPeso.info: Poder Atonta. La justificación de esto es directa: la pérdida del sentido del bien y del mal anula el sentido de dirección de los actos del político y del ciudadano.

Al político le abre el camino a los más reprobables actos. Al ciudadano le hace considerar positivo al más bajo de los políticos.

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