Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ventaja del Filósofo
Eduardo García Gaspar
16 febrero 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


El libro es una novela. Una de Anatole France. Se llama Opiniones de Jerónimo Coignard y posee su encanto.

Narra conversaciones íntimas entre maestro y alumno.

Su tema, me parece, es el de la filosofía real.

No la académica actual, la que produce obras ilegibles. Sino la de la persona común que se pone a pensar.

Hay ideas y frases notables en la novela. Son la ventaja del filósofo, del que asimila experiencias, saca lecciones y las expresa de manera que todos las entiendan.

Dice, por ejemplo, que conviene desconfiar de los gobiernos “concebidos entre cábalas y motines”. No es mala idea y tiene su aplicación mexicana, con candidatos que proponen gobiernos fantásticos basados en conjeturas, suposiciones e incluso misticismo. No para allí la cosa.

La filosofía sigue. Se dice que es inevitable que seamos mal gobernados, por lo que es preferible tener “príncipes y ministros que hayan perdido ya sus primeros ardores”.

No es alta filosofía, es simple meditación sobre la vida diaria y que se resigna ante el destino, consolándose en encontrar al gobernante sin la fogosidad del novato.

Es otra manera de destacar el temor que debe tenerse frente a un gobierno con demasiados afanes, pasiones exageradas, vivacidades sin límites, que se siente como el joven capaz de resolverlo todo.

Esta es la filosofía que necesita haber vivido, que sólo puede producir la ingenuidad perdida con la continua experiencia de promesas incumplidas.

Siguen las opiniones. Dice que “los cambios bruscos de Estado son, sencillamente, cambios de hombres” y que los hombres son “en general, todos lo mismo, igualmente vulgares en el mal y en el bien”.

El maestro ha vivido lo suficiente como para darse cuenta de lo que sucede. No hay cambios de gobierno, hay cambios de personas y los cambios de personas significan poco, pues la naturaleza humana es la misma.

Es un llamado al sentido común, al evitar caer en esperanzas irreales, en proyectos imposibles, en promesas irracionales.

Ningún gobernante, ninguno, es lo que promete. ¡Cuidado con las apariencias angelicales, con los intereses altruistas! Es eso de Lord Acton: nadie tiene la preparación suficiente como para gobernar.

Sigue esa filosofía de la experiencia, con la idea de que “el bien público está formado por gran número de males particulares”. Usted lo habrá notado por años.

Las grandes promesas de sociedades ideales y felicidad general, siempre van acompañadas de la infelicidad individual de muchos. No extraña que se diga que, “Un robo vulgar es punible, pero se permite al rey que nos sustraiga nuestras vajillas de plata para gastos de guerra”.

Es el tipo de filosofía que se goza. Es mundana, real, práctica, clara. Utiliza las comparaciones, como la del robo común en pequeña escala y que la ley castiga, visto a la luz del robo en gran escala que lejos de ser penalizado, se alaba y aplaude.

¿No es acaso esto lo que prometen los políticos que quieren implantar sus sueños y necesitan el dinero ajeno para hacerlo?

Termino con las citas, viendo la opinión sobre las leyes. Dice que ellas no son tan buenas o malas en sí mismas, sino “por la manera en de aplicarlas”. La “barbarie legal” sólo puede ser evitada por “la corrección de las costumbres y la templanza del espíritu”.

No están nada mal todas estas opiniones en la novela.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión. Parecería demasiado intelectual citar un libro poco leído en nuestros días, cuando en realidad es algo tangible, real, aplicable a nuestros tiempos.

Y es que esas opiniones vienen de la experiencia acumulada de alguien que puede explicarse con claridad, dándonos baños de realidad. Eso es muy valioso.

Y es que nada me inquieta más en estos momentos electorales en México que encontrar personas que han sucumbido a los ardores de esperanzas de cambios prometidos que serán la solución mágica de todos nuestros problemas.

Pocas cosas desilusionan más que la ilusión desbocada, la ingenuidad sin riendas y la candidez suelta, que lleva a creer todo, que tal o cual candidato es la respuesta mágica, que la vida depende de su elección.

Mi ambición es inyectar un sano escepticismo, una filosofía más apegada a la realidad. Es la ventaja de la sospecha que lleva a ver con recelo las promesas alocadas de políticos en campaña.

No son nada más que simples mortales. Las más veces, no tan buenos como el resto de nosotros.

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