Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Bienvenido al Nuevo Corporativismo
Selección de ContraPeso.info
11 diciembre 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. Aunque la experiencia es estadounidense, el fenómeno descrito es universal.

Afirmar que los estadounidenses están profundamente desilusionados con sus amos políticos, cualquiera que sea su partido, es sin duda el eufemismo de 2013. Una reciente encuesta de Pew, por ejemplo, indicó que sólo el 19% de los estadounidenses confía en que el Gobierno Federal “haga lo correcto casi siempre o la mayor parte del tiempo”.

Este es el punto más bajo desde que el sondeo comenzó este tema en 1958. ¡Es especialmente revelador que la misma encuesta nos informe que el Congreso es aún más impopular que la oficina de impuestos!

De hecho, como los autores del estudio escriben: “Un récord de 74% de los votantes registrados ahora dicen que la mayoría de los miembros del Congreso no deberían ser reelegidos en 2014”.

Dicho sondeo debe tomarse siempre con grandes pizcas de sal. La tasa de reelección en Estados Unidos, por ejemplo, es extremadamente alta. Eso es en parte explicable por la manipulación de distritos electorales. Pero también debe algo a la voluntad de muchos estadounidenses para eximir a su representante particular de condenas más generales. “Todos los miembros del Congreso son ya-sabes-qué … excepto el mío”.

Dicho esto, es palpable en todo Estados Unidos el sentido de que los funcionarios electos de hoy no están especialmente preocupados por el bien común, o —más en lo básico— simplemente no puede confiarse en ellos. Obviamente, los funcionarios electos no se ayudan a sí mismos cuando hacen promesas importantes que luego son desatendidas.

No ayudan a construir confianza entre gobierno y gobernados los líderes que dicen, por ejemplo, no dedicarse a la construcción de naciones (pero entonces tratan de fabricar democracias al estilo occidental en los países islámicos de Oriente Medio), o que afirman que “si te gusta el plan, puedes mantenerlo” en virtud del Affordable Care Act (sólo para ver a millones de estadounidenses que pierden el seguro de salud que les satisfacía).

Hay, sin embargo, otra dimensión de este problema que ahora está recibiendo más atención. Es el surgimiento en las últimas dos décadas de lo que el Premio Nobel 2006, Edmund Phelps, llama el “nuevo corporativismo” en su nuevo libro, Mass Flourishing.

Se trata de un conjunto de acuerdos políticos y económicos, sostiene Phelps, que paraliza el crecimiento económico, y al mismo tiempo crea un nuevo conjunto de “insiders” y “outsiders” en Estados Unidos —con la mayoría de los políticos firmemente colocados en la categoría de “insiders“.

Para ser claros, Phelps no tiene en cuenta el corporativismo fascista que caracterizó las economías como la Italia de Mussolini. Tampoco habla de las instituciones “neo-corporativistas” establecidas en muchos países de Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial en un esfuerzo (en última instancia disfuncional) de tratar de unificar las sociedades destrozadas por la guerra y las intensas divisiones ideológicas.

El “nuevo corporativismo,” Phelps argumenta, es más “tácito y finamente articulado”. En su opinión, tiene dos características principales.

En primer lugar, el nuevo corporativismo significa utilizar al Estado para limitar radicalmente la libertad en determinados sectores de la economía (la asistencia médica y la educación superior son buenos ejemplos), mientras se presenta a sí mismo como amigo del mercado libre.

Pensemos, por ejemplo, los extremos a los que algunos han llegado al presentar el Obamacare (“¡Bienvenido al mercado!”, proclama el sitio web que no funciona) queriendo no ser lo que en realidad es: otro sistema de salud controlado por órdenes.

La segunda dimensión del nuevo corporativismo, Phelps escribe, es la manera en la que ha facilitado “la creación de una economía paralela” que existe junto con —y se alimenta de— la economía de mercado. Entonces, ¿qué apariencia tiene esta economía paralela?

Para Phelps, se compone principalmente de aquellas “empresas letárgicas, derrochadoras, improductivas y bien conectadas” que se apuntalan a casi cualquier precio con lo que él llama un “tripartismo” del gobierno, las organizaciones empresariales y los sindicatos (el más débil de los tres en los Estados Unidos).

Para los que quieren pruebas de la economía paralela, Phelps subraya lo grande del costo de este nuevo corporativismo.

Entre otras cosas, incluye: el rescate de las corporaciones disfuncionales y los bancos; el bajo crecimiento económico asociado con los incentivos que alejan de la asunción de riesgos empresariales y se dirigen hacia el cabildeo político; los gobiernos tratando de pedir prestado, cobrando impuestos y gastando en su camino hacia el objetivo imposible, la seguridad económica para todos a través de la garantía estatal; y, especialmente preocupante, el “aumento de la concentración de la riqueza en las manos de aquellos conectados lo suficiente como para estar en el lado correcto del acuerdo corporativista”.

Phelps es especialmente mordaz en la manera en que el nuevo corporativismo ayuda al crecimiento de las regulaciones que, él sugiere, deben mucho a la voluntad de los legisladores para atender a los intereses especiales a cambio de apoyo electoral y financiero. A veces, sin embargo, el bienestar de las empresas asume formas más insidiosas.

Un reciente informe de Mercatus Center, por ejemplo, sugirió que los bancos con conexiones políticas recibieron rescates financieros más grandes de la Reserva Federal durante la crisis financiera de las instituciones financieras que hicieron menos o nada de cabildeo y de contribuciones a campañas políticas.

Del mismo modo, en un estudio que analiza la distribución de los fondos TARP [ Troubled Asset Relief Program], dos economistas de la Universidad de Michigan encontraron una fuerte correlación entre la recepción de la ayuda del TARP y grado de conexión de la empresa con los miembros de los comités de finanzas del congreso.

Son estas tendencias las que cada vez más enfurecen a los estadounidenses, especialmente los conservadores. Esto se puso de relieve en un reciente artículo del Wall Street Journal del filósofo político y ex funcionario de la administración Clinton, William Galston.

Según Galston, estudios recientes de seguidores del Tea Party (que, dicho sea de paso, llegan a ser por mucho socialmente conservadores, pro-vida, de clase media, en su mayoría cristianos, individuos orientados a la familia, con niveles educativos superiores a la media, en lugar de anarquistas de ojos salvajes) ilustran que muchos partidarios del Tea Party “son pequeños empresarios que ven a los impuestos y regulaciones como amenazas directas a su sustento”.

Para muchos de ellos, la economía paralela, simbolizada por Obamacare, es un peligro claro y presente para cualquier persona que quiera tomar riesgos y crear riqueza en lugar de ser asimilados por, y sometidos al nuevo corporativismo.

De alguna manera, sin embargo, ya hemos estado aquí antes.

Una de las causas subyacentes de la Revolución Americana fue el conocimiento de los colonos de que muchas de las políticas económicas del gobierno británico, como la imposición de derechos de importación y exportación a las colonias, se debió mucho a una connivencia generalizada entre muchos funcionarios británicos y diputados, por un lado, y los comerciantes británicos por el otro.

Como se señaló en su momento por el más económicamente astuto de los firmantes de la Declaración de Independencia, Charles Carroll de Carrollton, muchos comerciantes británicos estaban aterrorizados por la competencia de sus homólogos estadounidenses. ¿Por qué?

Porque la libertad económica amenazó a los monopolios habilitados por el Gobierno que se habían asegurado sus relaciones íntimas (y muy bien engrasadas) con ministros y parlamentarios. Para la mente de Carroll, sin embargo, lo que es peor es que esta “influencia ministerial y la corrupción parlamentaria”, como lo describió en una carta de 1765, indica que el Parlamento había olvidado “que es el guardián de la libertad sagrada, y de nuestra feliz constitución”.

Y eso tal vez es lo que es tan inquietante del nuevo corporativismo en Estados Unidos. No son sólo los chanchullos políticos de Tammany Hall, o como el Detroitificación económica que facilita.

El aspecto más preocupante del nuevo corporativismo es que sugiere que grandes franjas de la clase política de Estados Unidos (y su legión de facilitadores que se extiende mucho más allá del establecimiento político) no están, en el fondo, especialmente interesadas en la libertad y la oportunidad para todos, y tal vez no lo han estado por algún tiempo.

En 1765, Charles Carroll informó a uno de sus corresponsales en Gran Bretaña que “los americanos… no son todavía lo suficientemente corruptos para infravalorar la Libertad, son verdaderamente sensibles de sus bendiciones, y no sólo hablan de ellas como lo hacen en otro lugar, también realmente desean su continuidad”.

A la luz del nuevo corporativismo, sin embargo, la cuestión que tenemos ante nosotros es si suficientes norteamericanos, 248 años después de Carroll escribió estas palabras, pueden realmente decir lo mismo hoy.

Nota del Editor

La traducción del artículo Welcome to the New Corporatism publicado por el Acton Institute el 20 de noviembre de 2013, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas. La columna apareció primero en The American Spectator, el 1 de noviembre de 2013.

Hay más columna del autor en ContraPeso.info: Samuel Gregg. Sobre el tema, hay más ideas en ContraPeso.info: Corporativismo.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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