Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Bobadas, Area de Influencia
Eduardo García Gaspar
26 septiembre 2013
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Son conocidas. Son leyes económicas. Pero no son iguales al resto.

Tienen su originalidad, pero sobre todo, su humor.

Su autor es un economista, un italiano y las puso en un libro muy breve: Carlo M. Cipolla, 2010, Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, Barcelona: Editorial Crítica.

Su punto de partida es una premisa innegable: “La humanidad se encuentra… en un estado deplorable”.

No es una novedad, “siempre ha estado en una situación deplorable”. Así que no nos quejemos mucho de nuestros tiempos como los peores, que seguramente ha habido otros también muy malos.

La primera de esas leyes establece que no hay manera de evitar pensar que hay menos estúpidos de los que realmente existen. Hay más de los que nos imaginamos.

Incluso la gente que nos parece inteligente es estúpida. Al final, esto significa que siempre, en todas partes, en todo grupo, en todo país, hay más tontos de los que pensamos.

La ley establece que la proporción de tontos, bobos, o pánfilos, como usted quiera llamarles, es igual en todo grupo. Hay igual número de zopencos entre hombres que entre mujeres, entre jóvenes que entre viejos, entre profesores que entre alumnos.

Y, como dice la ley, su proporción es superior a cualquier estimado que se haga.

Si esto es cierto y la evidencia parece ser innegable, no hay remedio posible y tendremos que aceptar vivir en un estado deplorable mientras dure este mundo (lo que hace tentadora la hipótesis de que el mundo acabará como consecuencia de estupideces acumuladas).

Pero aún reconociendo esta inevitabilidad, quizá sea posible hacer algo para aliviarla.

Para proponer un sistema que aminore la estupidez, debemos primero definir al pedazo de alcornoque, o zoquete, o como quiera usted llamarle.

Un tonto de capirote es el que hace cosas, bobas y tontas. Una acción de este tipo es una que le daña a él mismo y también al resto. Un acto en el que todos pierden.

Otra precisión que es menos obvia es la de la extensión del daño, el área que es afectada por la estupidez. Cuanto mayor sea el área cubierta, peores serán las consecuencias, y viceversa.

Esto quiere decir que si se logra reducir el área de influencia de los estúpidos, menos sufrirán los efectos de sus boberías. La consideración abre un camino prometedor.

Por ejemplo, una persona que es estúpida provocará menos daños si su área de influencia se reduce a, digamos, su casa y unos metros a la redonda. En cambio, los daños serán inmensos, si el zopenco tiene una área de influencia de miles de kilómetros alrededor de la casa de gobierno que ocupa.

Ya que la ley establece que la proporción de bobos o pánfilos es igual en todo grupo, resulta que la clase política tiene también una proporción de tontos igual al resto y que ella es mayor a cualquier cantidad que se piense.

Y, debido a que su área de influencia es enorme, el mayor peligro de estupidez vendrá de este grupo, los gobernantes.

Por mayor área de influencia debe entenderse el número de personas que sufrirán el daño de las decisiones estúpidas. En el caso de los gobiernos, ese número se cuenta por millones.

Piense en esto: la población china era de unos 1,340 millones en 2010, la de India 1,180, la de EEUU 310, miles de millones sujetos potenciales de estupidez gubernamental.

En cambio, naciones como Kiribati con 100,000 habitantes, presentan situaciones con menos área de influencia gubernamental estúpida. O Aruba, o Micronesia, o Tonga, con cantidades similares. La variable central es el área de influencia, la constante es la estupidez.

Por tanto, el corolario de la primera ley de la estupidez de Cipolla podría ser la de reducir el área de influencia de todos con la idea de aminorar los daños a terceros.

Esto podría convertirse en una razón adicional por la que los monopolios son indeseables: significan graves daños a muchos, mientras que empresas independientes los reducirían.

Si efectivamente existe una proporción igual de bobos en todas partes, con independencia de quiénes son, la mejor posibilidad de reducir los estragos que causan las decisiones tontas es el achicar la zona de influencia de los destrozos potenciales.

Por ejemplo, reducir el poder de los gobiernos, cancelar monopolios, por ejemplo.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: División del Poder.

El corolario de la primera ley tendría una aplicación en México en estos momentos: lo mejor que podría pasarle al país y al mundo es privatizar al monopolio petrolero, fragmentarlo en varias empresas independientes con menor zona de influencia en caso de decisiones erróneas.

Pemex, en estos momentos, si se hace caso a esa primera ley de Cipolla, está siendo manejada por un enorme número de bobos, cuyas decisiones ponen el peligro la totalidad del petróleo del país. Con su privatización, no cambiaría el número de bobos, pero sí sería reducida su zona de influencia.

Bajo el mismo razonamiento, la noción de un gobierno mundial es terriblemente riesgosa.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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