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Caridad pública o privada, ¿cuál de ellas va primero? La sustitución de la caridad privada por la caridad pública y los programas de ayuda a los pobres. Debe tener preferencia quien más cerca esté del problema. Lo podrá ver y entender mejor.

Introducción

Es frecuente la actitud que da por un hecho que es el gobierno quien debe hacerse cargo de los pobres, de los necesitados.

Como si los gobernantes fuesen el recurso de primera instancia para resolver esos problemas. La ayuda gubernamental no debe descartarse, pero debe ser colocada en su lugar correcto.

No es el recurso de primera instancia, al contrario, es el recurso de última instancia. Hay razones para sostener esto. Los resultados de la beneficencia público no son precisamente exitosos, pero hay más.

La ayuda gubernamental tiene un origen lejano que usa información incompleta y esto cambia las cosas, como explica el Rev. Robert A. Sirico. Un asunto de distancias.

La idea fue encontrada en Sirico, R. A., Defending the Free Market: The Moral Case for a Free Economy. Regnery Publishing.

El punto de partida

Al inicio de ese capítulo 7, el autor apunta un comentario común. «La caridad privada es buena, pero no puede dejarse de atender a todos. ¿No debe ser la beneficencia pública el último recurso a usar?»

Y a eso comenta que sí, que realmente debe ser el último recurso, pero que el desplazamiento de la caridad privada por parte de acciones de gobierno ha dejado insatisfechas las más fundamentales necesidades morales y espirituales. Haciendo eso, además, se ha perpetuado la pobreza material.

Bajo el subtítulo, Altivez del Bienestar, el autor se adentra en la idea que destaca este resumen. El de la caridad privada o la pública y cuál debe ser la primera en actuar.

El problema de la multiplicidad

Es una realidad la diversidad de los seres humanos. Son, además, múltiples las condiciones en las que ellos se encuentran.

Tan diverso es el panorama que es imposible que sean atendidos correctamente todos los casos desde una oficina central de gobierno. Los problemas de un drogadicto joven no son los de una ama de casa trabajadora.

La multiplicidad de personas y la multiplicidad de situaciones impide ver las diferencias en cualquier análisis numérico y en cualquier reporte gubernamental.

Más el problema de información suficiente

No es este un problema de intenciones de gobierno, es un problema de información, mejor dicho, de pérdida de información. Los burócratas «saben menos de lo que creen saber y nunca saben lo suficiente de lo que deben saber».

Es un problema de información que se agrava porque quienes planean la beneficencia estatal no saben que enfrentan ese problema, que es enorme. Es lo que F. Hayek llamó la «ilusión sinóptica», o el «engreimiento fatal». Una pieza vital en la decisión de cuál debe actuar primero, la caridad privada o la pública.

Es el engaño de que una persona o un equipo de ellas puede entender con exactitud la información total para poder manipular organismos complejos, como la sociedad o la economía.

Esto es lo que produce efectos no intencionales. Sin la información necesaria, los tomadores de decisiones implantan medidas que tienen efectos que no fueron buscados ni considerados al diseñar sus políticas. No es más que sentido común.

¿Cómo puede alguien tener toda la información necesaria de lo que sucede en una casa en una parte de una ciudad que nunca ha visitado?

Pueden realizarse estudios, análisis, investigaciones, pero todas las decisiones tendrán esa lejanía y falta de detalle. Las políticas y las decisiones serán congruentes con la información de tales análisis y estudios, los que inevitablemente no tienen información completa.

El problema de la lejanía

La falta de información sobre la persona y su situación, es un problema de lejanía. Alguien puede decir que el 40.7% de las madres solteras son pobres, pero que sólo son pobres el 8.8% de las familias en las que existe un padre.

Nada hay en esas cifras que diga cómo evitar caer en esa situación, ni cómo ayudar a cada uno de los casos.

Hay, sin embargo, una noción que va al fondo del problema. Está basada en la solución del problema de lejanía que afecta a las decisiones gubernamentales. Otra de las cuestiones para decidir entre caridad privada o pública y cuál de ellas debe ser la de primera actuación.

La cercanía es mejor

Es el principio de subsidiariedad. Sostiene que las necesidades son mejor atendidas por quienes están en posiciones más cercanas.

Más aún, sostiene que las organizaciones lejanas no deben interferir con las acciones de las organizaciones cercanas.

El papel de las organizaciones lejanas es intervenir solo cuando sea necesario y, en ese caso, de forma temporal y de apoyo. Es igual a alentar las energías caritativas cercanas, las de la propia comunidad, y no desplazarlas con la intervención de organizaciones alejadas.

Es un asunto de distancias que da preferencia a lo cercano. Y la caridad privada está más cerca de los necesitados que la caridad pública.

Un ejemplo de cercanía y lejanía

Sirico da un ejemplo: usted no tiene dinero para pagar la renta. Con este punto de arranque, ilustra la idea de la cercanía.

• El punto más cercano es usted mismo. La responsabilidad de pagar la renta es de usted. Habrá que conseguir un trabajo, que sacar dinero de los ahorros, que aceptar horas extras de trabajo, o cualquier otra cosa.

• Pero resulta que usted no tiene ahorros y que no puede trabajar porque se ha roto las piernas. El siguiente nivel de responsabilidad más cercano es el de su propia familia.

Son los más cercanos a usted, que los conoce y le conocen a usted. Saben si usted no los está engañando, si se rompió las piernas mientras conducía borracho o mientras ayudaba a sus padres a mudarse de casa.

• Puede ser que sin familia a quien recurrir, se acuda ahora a otro recurso también muy cercano, sus amigos más íntimos o quizá no tanto.

Ellos lo conocen, al igual que su familia, saben lo que necesita y las circunstancias específicas de la situación.

• Siguen los vecinos que sean capaces de ayudar, quizá quienes viven en el mismo edificio, u organizaciones del barrio, como iglesias o instituciones cívicas, a las que usted pertenezca y que tengan fondos o que sean capaces de recolectarlos.

Y así sucesivamente hacia arriba de la «escalera social». Hay muchos niveles antes de llegar al nivel de la ayuda que venga del gobierno de la ciudad. Mucho más aún antes de llegar al nivel del gobierno estatal y el federal.

Esto es lo que aconseja preferir a la caridad privada sobre la caridad pública. La primera está más cerca de las situaciones, las conoce y puede proveer soluciones mejores.

La gran caridad cercana

Debe hablarse de la conveniencia del localismo de la caridad, de lo vital que es tener asociaciones propias de la comunidad como era una costumbre antaño. La caridad privada siempre está más cerca que la pública.

La vida mejora con la privada, no con la prodigalidad gubernamental. La subsidiariedad respeta a las relaciones sociales auténticas y aprovecha el conocimiento que las personas tienen unas de otras.

No es un enfoque individualista, sino personalista. Tampoco es decir que jamás será necesitada la ayuda gubernamental, ni que ella es mala.

La caridad pública

Significa realmente decir que el gobierno es el recurso de última instancia para la mayor parte de los problemas, no el primero.

La función central del gobierno es, mediante el estado de derecho, crear las condiciones en las que pueda progresarse. Es como un bisturí que si no se usa con precaución se convierte en un peligro.

En contra de esta idea está la oposición a ella, cuando se afirma que la caridad local no funciona. Hay evidencias de lo opuesto. Y también, debe mencionarse el fundamento que lo sostiene: el conocimiento cercano de la persona y sus circunstancias.

Como razonaba San Pablo al recomendar no dar comida gratuita a los jóvenes capaces que así se volverían ociosos, chismosos y entrometidos.

El fundamento es comprensible: la ayuda indiscriminada enfatiza la necesidad de conocimiento cercano. Un conocimiento que no tiene un burócrata lejano.

Más aún, si las personas se dan cuenta de que pueden ir al gobierno a obtener caridad, el sentido moral de la sociedad se desgasta. Incluso disminuye el incentivo de ayuda personal que tienen los cristianos y cesan ellos de ser actores morales en nombre de quienes los necesitan.

Y algo más…

Un ejemplo del uso de la ayuda gubernamental como recurso de primera instancia se lee en esta nota de El Sol de México (1 abril de 2010, tomado de yosoymadresoltera.com):

«[…] el Gobierno capitalino presentó el Programa de Atención Integral para Madres Solas que en este 2010 planea beneficiar a por lo menos 20 mil mujeres. El jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, [..] dijo, “no es correcto, no es justo, no es sensato en una sociedad que haya personas, cuántas miles de personas solas, excluidas, sin esperanzas, sin esperanzas que no les hagan caso, que no tienen trabajo que tienen que pagar renta y que sobreviven como pueden. Eso no se vale”. Por ello, la Ley por el Derecho de las Madres Solas de Escasos Recursos Residentes en el DF… establece el derecho que tienen a recibir un apoyo alimentario mensual equivalente a cuatro días de salario mínimo, es decir, 232 pesos».

Es perfectamente visible el proceso real: un estudio muestra un incremento notable de hogares con madres solteras y nada más que eso, lo que dispara una acción gubernamental genérica, de una talla sirve a todas, un apoyo monetario a quienes vivan en esa ciudad, tengan hijos menores de 15 años, sean de escasos recursos, ganen menos de dos salarios mínimos al día y no cuenten con otro apoyo económico o alimentario.

El problema del engreimiento es notable. Se necesita mucha altivez para que sin saber las causas personales de su situación, ni sus circunstancias, se quiera ser ayuda inmediata descartando la caridad de fuentes cercanas que conocen el caso específico. Los efectos no intencionales de la medida no parecen haber sido considerados siquiera.

Conviene ver Programas sociales que sí tienen resultados.

Bonus track: más sobre la caridad pública y la privada. ¿Cuál de ellas es la que debe funcionar primero?

Caridad estatizada y expropiada

Por Eduardo García Gaspar –   26 abril, 2017

La entendemos como un sentimiento. Una actitud que empuja hacia ciertas acciones. Actos de ayuda a otros. Lo llamamos caridad.

Incluso es una virtud teologal. Es la manifestación real de que «amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios».

«Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios. Porque su bondad intrínseca, es la que nos une más a Dios, haciéndonos parte de Dios y dándonos su vida». es.catholic.net

Es un sentimiento, sin duda, muy fuerte. No solamente en zonas religiosas, aunque allí tiene sus orígenes (véase Woods, Thomas E. Cómo La Iglesia Construyó La Civilización Occidental,  para un examen de esta idea).

Caridad como fuerza para actuar

Tan fuerte que ha sido tomada por pensamientos fuera de la religión, incluyendo a los contrarios a ella. No cabe duda que tiene su atractivo y no es precisamente débil.

Tome usted, por ejemplo, cualquier propuesta electoral y de seguro encontrará en ella ideas acerca de acabar con la pobreza, con el crimen, con las enfermedades.

Esta es la mentalidad presente en la idea de la caridad, salga de donde salga.

Tome usted otro caso, el de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de la ONU, una organización muy escasamente cristiana y verá eso. Su primera meta es erradicar la pobreza extrema y el hambre; la cuarta, reducir la mortalidad infantil; le siguen combatir enfermedades y otras más.

Hasta aquí, creo, la conclusión es obvia: la caridad, o como quiera usted llamarle a la conducta que está motivada por el desear ayudar a otros, es fuerte y ha llegado para quedarse, aunque hace un par de milenios fuese algo incomprensible.

Caridad privada y caridad pública

Después de esto, las cosas se ponen interesantes por una causa, la expansión gubernamental que se adjudicó funciones caritativas y el activismo político que se asignó responsabilidades compasivas.

Es como una politización de la caridad. La caridad privada, la más cercana al problema, se estatiza y expropia.

De ser una responsabilidad personal sustentada en una creencia religiosa, gradualmente pasó a ser una causa política. En esto hay una sutileza un tanto difícil de comprender.

Caridad cercana y caridad lejana

La caridad, cuando es voluntaria y espontánea, implica un trato cara a cara, una relación individual; contactos directos entre quien ayuda y quien recibe. Y existe un elemento de sacrificio y renuncia personal que se entiende como amor entre dos. Es una caridad profunda y esencialmente personal.

En manos políticas esa esencia personal se abandona y la caridad es mutada. Se transforma en programas, planes, sistemas, agendas, objetivos.

La individualidad se deja atrás y en su lugar hay una colectivización de la caridad: las personas dejan de tener importancia y lo que importa es la colectividad y los grupos que la forman (o se cree que la forman).

Es una caridad sustentada en estadísticas, basada en intereses políticos, inspirada en idealismos que termina por creer que regalar pan, o donar vacunas, o entubar agua es el clímax de la caridad. O, en otros planos, elevar salarios mínimos y subsidiar empleos, o quitar exámenes de admisión en universidades.

De ser un fenómeno espiritual de amor inspirado en mandatos divinos, se ha convertido en una práctica gubernamental que quita a unos por la fuerza para dar a otros buscando su apoyo; y todo disfrazado en frases como «justicia social».

De ser algo individual pasó a ser algo social; de ser voluntaria, paso a ser obligatoria; de ser religiosa se convirtió en política.

Contra la subsidiariedad

Tiene esto que ver con la noción de la subsidiariedad:

«Así como no es lícito quitar a los individuos y traspasar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e iniciativa, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden social, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden realizar y ofrecer por si mismos, y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, en virtud de su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos» es.catholic.net

Creo que eso es precisamente lo que ha ocurrido, la destrucción y la absorción de las personas. De quienes pueden hacer caridad y de quienes la merecen. Es una pérdida de libertad, de individualidad que realiza el gobierno y no sin consecuencias.

Cuando la caridad deja de ser personal y libre, las personas la abandonan y esos a quienes se ayuda desarrollan ideas de merecimiento obligatorio que terminan en reclamos de derechos creados que se convierten en razón de ser de los gobiernos y plataformas electorales.

Un ejemplo es el del estado de bienestar ambicionado por el presidente mexicano y que entiende al gobierno como una agencia caritativa para cuidar al ciudadano desde su nacimiento hasta su muerte.

[La columna fue actualizada en 2019-11]