La conciencia personal. Algo innato y universal, que está en todos y que es eso que distingue a lo bueno de lo malo, para guiar la conducta propia.

Primero, qué es la conciencia

Ella es un elemento interno humano. Algo que tenemos de manera innata. Le llamamos con esa palabra ‘conciencia’.

Una especie de disposición natural a reconocer lo bueno y lo malo. Más una inclinación a hacer lo bueno y evitar lo malo. Algo propio del ser humano y que es llamado así, conciencia siendo algo personal e inevitable.

Sindéresis

El punto clave es que eso está en la misma naturaleza humana. Es parte de nuestra esencia, como si lo tuviéramos escrito internamente. Tiene su nombre especializado, es la palabra ‘sindéresis’:

«Del griego “syntéresis” (discreción) que deriva, a su vez, de “syntéreo” (estar atento, observar) el término sindéresis se refiere a la capacidad del alma para distinguir el bien del mal, para captar y reconocer los primeros principios morales».webdanoia.com

Más aún:

«Santo Tomás considera la sindéresis como el hábito intelectivo (inclinación/disposición a conocer) de los primeros principios del orden moral, no adquiridos mediante un proceso cognoscitivo, sino conocidos naturalmente. Así como existe un hábito intelectivo innato de los primeros principios de la vida especulativa (como los de identidad y de no contradicción), que se llama «inteligencia de los principios», de la misma manera existe otro hábito de los primeros principios de la vida práctica (en primer lugar: «hay que hacer el bien y evitar el mal»), que es precisamente la sindéresis». mercaba.org

Algo dentro de cada uno

Insisto en ese punto clave, el de ideas sobre el bien y el mal y que no son producto de lo externo. Son, o mejor dicho, están dentro de cada uno de nosotros por el hecho de ser humanos.

Silencio de la conciencia personal

Esto tiene consecuencias: quien no sea ya capaz de distinguir entre lo bueno y lo malo siquiera crudamente y, por eso, sea incapaz de sentir responsabilidad (culpa o mérito) por sus acciones, sufre una perturbación en su naturaleza.

El «silencio de la conciencia» es un trastorno aún peor que el actuar mal y sentir culpa:

«Quien ya no se da cuenta de que matar es malo ha caído más que quien aún reconoce lo vergonzoso de sus acciones, porque el primero está más alejado de la verdad […]». Benedicto XVI, On Concience.

Esto tiene una debilidad sustantiva cuando no se pone sobre la mesa otro elemento de la conciencia, la universalidad. Me explico.

Universalidad

Si por conciencia se entiende una disposición natural hacia el bien y un rechazo natural del mal, y eso se deja así nada más, se corre el riesgo de hacer que la conciencia sea igual a la creencia personal más o menos racionalizada de cada uno.

Esto llevaría al relativismo moral y, entonces, se concluiría que la conciencia dice cosas distintas a cada persona.

La conciencia es esa predisposición igual en todos, una constante humana. Tiene el mismo contenido. No es jamás el producto de una racionalización personal que justifica alguna creencia individual que crea diferentes concepciones del bien y del mal.

La conciencia es como una «voz de la verdad» dentro de la persona misma y frente a la que se somete voluntariamente (de allí el gran valor de la libertad humana).

Conciencia personal y universal

• Quien sea una persona de conciencia no hará de lado a la verdad, incluso cuando el hacerlo le presente ventajas de fama, de éxito y riquezas.

Y, si acaso llega a sucumbir en algún momento, sentirá culpa y corregirá.

• Quien sea una persona de conciencia entiende que sus deseos y gustos pueden no corresponder a lo indicado por su conciencia.

A ella no se le puede manipular haciéndole creer en racionalizaciones cómodas que justifiquen lo anhelado.

• El que sea una persona de conciencia actúa con dirección. La dirección de la verdad, que es la única posible para no perder rumbo.

• Una persona de conciencia entiende a la libertad de una cierta manera muy distinta a la actual. En nuestros días la libertad se entiende como el poder hacer lo que uno quiera, sea lo que sea.

La conciencia plantea a la libertad como la oportunidad de hacer lo que se debe hacer. Todo puede hacerse, pero no todo debe hacerse.

• La persona con conciencia ha pulido, refinado y educado eso que estaba dentro de ella, la tendencia natural a hacer el bien y evitar el mal.

Ella ha dado significado real a lo que ya traía dentro escrito en su mente.

• Quien sea una persona con conciencia encontrará una admirable coincidencia de creencias con otros que hagan lo mismo. Esta es la universalidad que produce la conciencia educada.

Sí, habrá discusiones y desacuerdos, pero todas ellas estarán iluminadas por las mismas nociones centrales.

La conciencia personal

“Es tu conciencia la que te dirige”. Eso dijo la persona. Es cierto, pero no suficiente. Hablaba ella de los crímenes del narcotráfico.

Los reprobaba y dijo eso sobre tales criminales. Habían ellos, no hace mucho, lanzado una granada en medio de un festejo privado.

¿Qué es conciencia?

Su definición es algo que imaginamos con facilidad. Recuerda una frase: «La conciencia es eso que molesta en medio del placer”.

La hemos visto en caricaturas. En esas en las que un personaje tiene un ángel en un hombro y un diablo en el otro. Los dos aconsejan al personaje y él decide. La imaginamos, pero no está demás tratar sobre el concepto de conciencia.

La definición de conciencia dice que ella es un juicio o una valoración, que usa nuestra capacidad de razonar, y que reconoce la moralidad de un acto personal.

Un examen personal

La conciencia, por tanto, es una especie de examen de actos que realizamos y a los que analizamos en cuanto a si debemos o no hacerlos.

En esencia es como una exploración que reconoce terrenos buenos y malos para caminar, y que es inevitable.

El sujeto es la persona que realiza ese juicio y reconoce la cualidad moral del acto que está haciendo, hizo, o va a hacer. Por esto es que es cierto que es nuestra conciencia la que nos dirige.

Conciencia igual a reconocimiento

Pero la clave de lo que es la conciencia es una palabra que pasa desapercibida, la de ‘reconocer’. Ella hace toda la diferencia.

Como escribió John Flader, «El papel de la conciencia, por tanto, no es ‘crear’ la cualidad moral de una acción».

La conciencia no tiene el rol de inventar reglas éticas o morales. Su función consiste en reconocerlas, admitirlas, aceptarlas. Hay en esto algo similar al científico que descubre una ley física. Él no la inventa, sino la descubre.

Qué es lo que se reconoce y acepta

La pregunta que sigue es la natural, la de dónde se descubren los principios morales. En dos partes.

Una es en nosotros mismos. De manera innata tenemos algunas ideas básicas sobre qué es bueno y qué es malo. La más obvia de ellas es la vida. La consideramos buena y por eso evitamos perderla y nos disgusta ser dañados en nuestro cuerpo.

La otra es la afinación de esa conciencia innata en multitud de fuentes: libros, religiones, conversaciones, reflexiones, educación escolar, ejemplos en familia y demás.

Es decir, no podemos por nosotros mismo descubrir los principios morales. Tenemos alguna idea innata de ellos, pero solo pueden pulirse con educación que proviene de muchas fuentes.

Y entre ellas, aunque le pese a muchos, la religión es posiblemente la más influyente de todas.

Una pregunta obligada

El lector sagaz se preguntará ahora qué sucede con quienes no educan a su conciencia y la educan con principios contrarios. La interrogante es vital. Y es complicada.

Puede ser que la persona, por ella misma, decida no educar su conciencia. Esta es una falta personal de despreocupación y la culpable es la persona misma.

Pero puede ser que otra cosa le suceda a la persona.Quizá ella no tenga culpa alguna de su inhabilidad para saber si algo debe o no hacerse. Puede ser que jamás haya sido educada en eso, o bien algo peor, que se le haya educado con una conciencia equivocada.

En este caso, la persona no puede ser realmente considerada responsable total de sus malas acciones.

La clave, entonces, está en la iniciativa de la persona. Si ella es la que ha preferido no educar a su conciencia habiendo tenido oportunidad de hacerlo, será ella responsable de sus acciones.

Y lo opuesto, cuando la persona no sea la responsable de la falta de educación de su conciencia. Este último caso es extremo. Muy pocos en el mundo moderno, con tanta información, podrían argumentar en su defensa el desconocer cuestiones de conciencia.

En resumen, es un asunto central esto de la conciencia, central y personal, pero no subjetivo. No pueden crearse morales paralelas y tampoco pueden tenerse reglas morales que solo pongan atención en los efectos en los demás.

Y unas cosas más para el curioso…

Conviene ver al menos un par de estas columnas: