Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Confusión Gubernamental
Eduardo García Gaspar
15 enero 2013
Sección: Sección: Una Segunda Opinión
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“El presidente Enrique Peña Nieto deseó a todos los mexicanos que 2013, sea un año pleno de salud, prosperidad, alegría, paz y unidad y el deseo ferviente de que entre todos podemos construir un mejor México” (Excélsior 26 diciembre 2012)

La frase usada es la de “próspero año nuevo”. No está mal.

Resume un buen deseo, una intención positiva, en esa palabra tan llena de significado, prosperidad.

Quiere decir crecimiento y mejora, con una advertencia que no siempre es explícita: la prosperidad no es gratuita. Debe ella trabajarse.

Tenemos, por tanto, otro caso más de buenos deseos, con una no muy clara responsabilidad. En el caso del nuevo presidente en México, esto se puede aclarar. Desea él un año de prosperidad.

Igual, estoy seguro, lo desea el resto de los gobernantes del país. No hay problema. Pero lo que bien vale una segunda opinión es ver la otra parte, esa del esfuerzo que debe hacerse para tener un años próspero.

Vayamos a lo obvio. ¿Qué es lo que permite ser próspero? El trabajo, el esfuerzo, el hacer, el ser activo.

Y eso nos lleva a reconocer como inevitable que el recurso vital para crecer está en la gente, en los millones que trabajan, hacen planes, toman riesgos, tienen inquietudes. Ningún otro recurso puede sustituir a éste. Ninguno.

Es decir, querer prosperidad es en última instancia querer que millones trabajen y se esfuercen. El resultado total acumulado de esas labores es lo que se llama prosperidad. Por obvio que sea, vale la pena recordarlo por un motivo central.

En demasiadas ocasiones se piensa que existen sustitutos de ese recurso. Por ejemplo, creer que una cierta política económica, como el facilitar el crédito o el regular precios de energéticos, será suficiente como para prosperar.

Lo siento mucho, pero así no es posible. La clave es algo más sutil. Si Peña Nieto y el resto de los gobernantes quieren en realidad prosperar, deben hacer algo muy básico: facilitar al resto su trabajo y su esfuerzo.

Visto del otro lado, la cosa puede entenderse mejor. Conforme se obstaculice el trabajo, se obstaculizará también el progreso. Y las leyes y las políticas económicas pueden hacerlo con gran facilidad.

Si la ley laboral frena iniciativas y dinamismo del trabajo, si existen demasiadas regulaciones empresariales, el resultado será una economía menos próspera de lo que podía ser. Incluso una economía estancada, como la europea.

Los gobiernos, con sus acciones, pueden impedir la prosperidad, pero también incentivarla.

Lo anterior puede verse esquemáticamente. Todo parte de un principio absoluto, la prosperidad es el producto acumulado de millones de labores, trabajos, iniciativas y proyectos que las personas realizan. Las leyes y las políticas de un gobierno pueden dar incentivos a eso o pueden frenarlos.

• Sí, hay políticas y leyes que frenan las posibilidades de prosperidad. Son las que tienen como efecto el obstaculizar esos millones de labores y trabajos.

• Si, por el contrario, las leyes y las políticas gubernamentales incentivan esos trabajos y labores, el resultado más probable será una prosperidad mayor. No es algo difícil de entender.

¿Quiere Peña Nieto, o cualquier otro gobernante prosperidad? Si en verdad es esa su intención, debe hacer dos cosas: facilitar el trabajo de la gente, la realización de sus proyectos y planes; la otra evitar acciones gubernamentales que dificulten esas actividades.

No es complicado y tiene sus consecuencias claras.

Si alguien espera que el gobierno cree prosperidad, podrá esperar sentado el resto de su vida, que nunca se logrará. Un gobierno, el que sea, jamás podrá crear directamente prosperidad.

Pero sí puede indirectamente facilitarla o frenarla, con sus políticas y acciones. Esta idea tan simple es lo que creo que se olvida demasiadas veces.

Tome usted a Peña Nieto y su gobierno, o a cualquier otro, como el de Obama, o los de Europa, que todos ellos están confundidos.

Piensan y están convencidos de que sus acciones crean prosperidad, cuando en la realidad la mayoría de las veces lo que hacen es frenarla. Y cuando se dan cuenta de la mala situación, culpan a todos menos a ellos mismos.

La confusión es real y tiene un origen, el olvido de que la causa directa, real y única de la prosperidad está en el trabajo de las personas. Cuando olvidan esto, los gobiernos toman decisiones que usualmente frenan el esfuerzo de la gente.

Post Scriptum

George Gilder ha expresado esto:

“Las reservas más fértiles de la economía se encuentran siempre en las mentes de la gente: pensamientos, planes, proyectos, que todavía no nacen pero que son aplicables a los negocios” (Gilder, G. (1985). El espíritu de la libre empresa. México: Lasser press mexicana).

Un amigo lo expresa de otra manera:

“No puede esperarse de un gobierno ninguna iniciativa que lleve a la creación de un iPod, ni siquiera del marcado digital en los teléfonos, ni de ninguna otra innovación que haya mejorado nuestra vida. En cambio, sí puede frenar esos adelantos y mejoras, empobreciéndonos a todos.”

Por mi parte, sólo agrego que las ideas del nuevo gobierno en México siguen siendo las mismas que se han aplicado en el país por décadas, ideas que tienen un mismo origen: suponer que una acción gubernamental es capaz de crear prosperidad por sí misma.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Economías Frenadas y en Contrapeso.info: Incentivos.

Véase Sociedades Frenadas: La Idea General.

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