ContraPeso.info presenta siete ideas de colaboradores del Acton Institute, todas sobre el tema general de crisis financieras, sus razones y algunas precisiones. Agradecemos al Acton Institute su amable permiso de reproducción.

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Una idea de Oskari Juurikkala, un experto financiero que señala tres razones, distintas pero relacionadas, de la crisis de 2008.

Los mercados libres no provocaron esta crisis

31 octubre, 2008 

Muchos aseguran que la actual crisis financiera fue causada por un exuberante capitalismo y la economía de libre mercado. Estoy en desacuerdo —no porque sea un convencido conservador, ni un libertario sin límites—, sino porque esa conclusión no es a la que uno llega por medio de un análisis razonado de los hechos.

Al menos hay tres razones distintas pero relacionadas de la crisis:

  • la cultura de la codicia y el consumismo,
  • la política monetaria irresponsable y
  • los mal regulados derivados financieros.

¿Están ellos enraizados en los principios de libre mercado? Veamos.

Puede argumentarse que la codicia y el consumismo están potencialmente relacionados con algunas formas de ideología capitalista.

Pero eso es posible de debatir porque muchos defensores de mercados libres creen en la primacía de virtudes morales para el funcionamiento de los mercados y las sociedades. Algunos también sostienen que es el gran gobierno y no los mercados, lo que fomenta la irresponsabilidad financiera y económica.

¿Y la política financiera irresponsable?

Puede argumentarse que esas políticas son parte del capitalismo, pero eso es dudoso. Como explica el economista Jesús Huerta de Soto en Money, Bank Credit, and Economic Cycles (2006), las políticas monetarias inflacionarias no son la consecuencia natural de los mercados libres, sino de la intromisión gubernamental en el dinero y la banca:

«[L]a banca central no surgió espontáneamente como resultado de las instituciones de mercado, sino como una imposición forzada del gobierno y responde a las demandas de poderosos grupos de presión».

Sostiene Huerta que el sistema financiero actual,

«… descansa en el monopolio que un gobierno tiene en las mayores decisiones relativas al tipo y cantidad de dinero y crédito para ser creado e inyectado en el sistema económico. Por tanto, constituye un sistema de mercado financiero de ‘planeación central’ y en conclusión involucra un alto nivel de intervención que es en mucho ‘socialista’».

Es verdad que algunos defensores de libres mercados (piense en Milton Freedman) podrían estar felices con políticas monetarias como las de Greenspan. Pero la falla para reconocer su inconsistencia interna no puede ser una culpa de los mercados.

¿Y la mala regulación de instrumentos financieros complicados, como los infames derivados de crédito? En este punto, estoy de acuerdo que la ley falló al no regularlos apropiadamente. Sin embargo, ningún defensor de mercados libres diría que la ley debería promover la deshonestidad.

En su revelador recuento de la historia de los derivados financieros, titulado Infectious Greed (2003), el profesor de derecho y antes banquero de inversión, Frank Partnoy, detalla como los reguladores fueron presionados durante varios años por grupos especiales de presión para adoptar reglas laxas, que pavimentaron el camino a la presente crisis.

«Hay numerosas instancias de tratamientos diferentes de los derivados e instrumentos financieros equivalentes», explica Partnoy,

«Las opciones de acciones contaron diferente a otros gastos de compensación, swaps prepagados y otros tratos fuera de la hoja de balance fueron registrados de manera diferente que los préstamos, los derivados over the counter fueron exentos de reglas de valores aplicables a tratos económicamente similares y los swaps fueron regulados de manera diferente que valores similares. El resultado fue una división entre riesgos percibidos (los números reportados en los estados financieros) y la realidad económica (el número reportado en las notas incompletas o engañosas, o sencillamente no reportado)».

Es cierto que algunos defensores de libre mercado fueron campeones de los mercados de derivados. Sin embargo, la mala regulación de los mercados de derivados fue económicamente inconsistente y promovió prácticas financieras que prácticamente eran iguales a mentir y engañar.

Partnoy trata un asunto relacionado: la falla de las autoridades públicas para perseguir y castigar el fraude financiero complejo. En los años que llevaron a la presente crisis, fueron cometidos numerosos actos ilegales, y las demandas comenzaron a acumularse.

Pero el registro hasta ahora muestra que la mayoría de los individuos cometiendo esas ilegalidades han salido libres o recibido un pequeño golpe en la mejilla.

Una función central de la ley es educar a los ciudadanos en la virtud. No todos los vicios deben ser prohibidos y, como en la educación de los niños, la mezcla correcta de reglas y castigos depende de las cualidades morales de las personas. En Wall Street, la cultura de la codicia y la presencia de fuertes incentivos financieros para realizar prácticas dudosas debe ser enfrentada con sanciones más fuertes.

La falla de los códigos existentes para prohibir y castigar actos obvios de injusticia ha producido una ley de la selva.

Adicional a la más fuerte persecución de delitos, Partnoy recomienda ir de reglas claras pero estrechas a estándares amplios en la regulación de mercados financieros. Los estándares más amplios son no sólo más difíciles de evadir y aprovechar, sino que también fomentan una cultura de honestidad.

📌 Se necesitan varias reformas, pero ellas no consisten en impuestos más pesados ni más regulación. El gran gobierno sólo causará más dificultades en la adaptación de las economías a la situación de crisis. Debemos enfrentar el problema en sus raíces defendiendo los principios de justicia y honestidad.

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Una idea de David Milroy, no tanto un examen de las causas de la crisis de 2008, sino un examen de la conducta personal de quienes en ella intervinieron.

La crisis económica y la causa de la libertad

31 octubre, 2008

Son estos tiempos difíciles para aquellos de nosotros que exaltamos los méritos de un sistema de libre mercado. La actual crisis hipotecaria y la tensión que coloca en el sistema bancario ha causado casi el colapso del sistema financiero.

Desafortunadamente, quienes defienden un papel mayor del gobierno en nuestras vidas diarias serán capaces de apuntar a la Crisis de 2008 como la prueba, del porqué no debemos actuar por nosotros mismos según nuestra conciencia.

Sin embargo, esta crítica pierde un punto vital que hacemos al defender a la economía de libre mercado —se requieren personas virtuosas que sean capaces de asumir la responsabilidad personal de sus acciones. Sin la conducta correcta, la libertad pronto desciende a lo libertino.

Durante algún tiempo, incluso un observador casual podría haberse preocupado por la amplia conducta imprudente e incluso inmoral en la vida económica de nuestra sociedad.

Mientras que la incidencia creciente de esta pobre conducta ha sido desilusionante, aquellos de nosotros a quienes ha molestado han mostrado solaz en el hecho de que el mercado libre es bastante eficiente para reconocer errores de juicio o conducta deshonesta.

Si tú haces trampas a tus clientes, empleados o accionistas, eventualmente perderás el negocio y quizá irás a la cárcel. Si tomas riesgos imprudentes en el mercado, terminarás perdiendo dinero.

La crisis actual es diferente. No se tiene  una situación en la que los individuos con juicio pobre son corregidos uno por uno. Esta situación se ha desarrollado a una situación en la que el juicio malo ha sido de una considerable minoría que ha puesto en riesgo de colapso al sistema financiero. Y, como puede esperarse, con una crisis de esta magnitud hay mucha culpa en todas partes.

Un sitio obvio e incluso demasiado fácil para comenzar es Wall Street. Los administradores de estas instituciones, los conductores de nuestro sistema financiero, tienen la profunda responsabilidad de mantener la confianza del público. Colectivamente no lo han hecho. Por años ha sido obvio para todos, excepto quizá para quienes cosechan las ganancias, que la compensación ejecutiva en muchos casos ha sido escandalosa y tal vez en ningún lugar más que en Wall Street.

Bloomberg News reporta que las cinco mayores firmas de Wall Street pagaron más de 3 mil millones en los últimos cinco años a sus más grandes ejecutivos. Estos ejecutivos, parece, permitieron a sus firmas tomar riesgos excesivos para generar esas ganancias porque hoy, dos de las cinco han quebrado y las otras tres ya no existen como firmas de inversión independientes.

Los prestamistas también han mostrado signos de pobre juicio. El crédito provee una función en nuestra economía. Sin embargo, algunos prestamistas han perdido la visión del hecho de tener una responsabilidad —a aquellos que proveen capital que pueden prestar  y verificar que los deudores pueden soportar la deuda que toman. El nivel de quiebras récord indica que esta responsabilidad no fue cumplida.

Los consumidores son retratados como víctimas de todo esto. Es un error absolverlos de responsabilidad personal. Un sistema de intercambios libres reflejará los valores que a él se llevan. Hoy, los valores que llevamos al mercado son con mucha frecuencia materialistas. Una minoría lo suficientemente grande de consumidores, deseando tener más bienes materiales de que lo podían pagar, pidieron créditos de tal cuantía que ayudaron a causar el colapso.

¿Necesitas una casa más grande o una casa para las vacaciones? No hay problema, sólo toma nuestra tasa flotante amortizando el préstamo negativamente. Por cierto, dejaremos que tú confirmes tu registro de empleos. ¿Necesitas un auto nuevo? Sólo firma estos pagos de pagos extendidos. ¿Quieres una televisión plana grande? Sólo acepta esta nueva tarjeta de crédito.

Ninguna de esas compras es mala en sí misma, pero si nos vamos al extremo de la ruina económica para obtenerlas, hay algo desordenado en nuestros deseos. Sólo hay una cosa que llene nuestros deseos —pensando en San Agustín, nuestros corazones estarán sin descanso hasta que en Él descansemos. Esta sociedad parece estar más y más perdiendo la atención a esta verdad.

El colapso del mercado de bienes raíces desató esta crisis, pero fue la conducta de los participantes en el mercado que preparó el terreno. Como personas que trabajan en la causa de la libertad, debemos continuar nuestros esfuerzos para explicar los méritos de una economía libre. Pero también debemos pensar más creativamente y trabajar más para enfatizar la importancia de la conducta virtuosa.

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Una idea de Kevin E. Schmiesing Ph.D., examinando a la crisis actual a la luz de lo que ahora debemos hacer.

No Somos Islas Económicas

25 noviembre, 2008

Mientras siguen las consecuencias de la crisis financiera en toda la economía, este es un buen momento para hacer una pausa y considerar el gran significado del desastre.

Leonard Read, defensor del mercado libre, escribió un texto notable en 1958, Yo, El Lápiz. Es un himno a las maravillas del mercado libre. Aún hoy es leído por estudiantes que buscan tener aprecio por el valor del mercado.

El texto traza los numerosos componentes de un simple instrumento de escritura desde sus diversos puntos de origen (por ejemplo, el grafito de Sri Lanka, el cedro de Oregon), hasta el producto terminado que ahora está en mis manos.

El punto del ensayo de Read es que la economía de mercado facilita la cooperación de un número extraordinario de asombrosamente diferentes personas para lograr una causa común, la creación de una gran cantidad de productos y servicios. La producción de un lápiz, en pocas palabras, encapsula la naturaleza social de la economía.

Read no era un teólogo y usó palabras diferentes, pero la Doctrina Social Católica ha señalado el mismo punto. «Por medio de su trabajo…», escribió Juan Pablo II, «cada persona colabora con el trabajo de otros y para su propio bien. El hombre trabaja para proveer a las necesidades de su familia, su comunidad, su nación y al final, toda la humanidad».

La interdependencia entre compañeros de trabajo, proveedores y clientes, el papa observó, lleva a una «cadena de solidaridad progresivamente creciente».

Yo, El Lápiz exhibió el lado positivo de la naturaleza social de la economía. Pero si la humanidad se beneficia cuando todos trabajan cooperando mediante instituciones económicas incrustadas en un estado de derecho, también los seres humanos sufren colectivamente cuando el vicio personal aprovecha instituciones con fallas y ejerce influencia importante.

La codicia, la irresponsabilidad y las reacciones irracionales ante una economía titubeante afecta no solo a los que son culpables de las ofensas. Mucha oposición popular al paquete de rescate aprobado de 700 mil millones de dólares, fue expresada en términos como «¿Por qué debo pagar yo por los errores de otros?»

Es una objeción legítima. Sin embargo, no puede evitarse el hecho de que el pecado tiene consecuencias sociales. Cuando es extenso, el impacto es inmenso. Quienes han llevado su crédito razonablemente y no han tenido parte en las maniobras inducidas con codicia por maniobras financieras de alto riesgo, perderán aún así fondos educativos y de jubilación, empleo y paz mental como resultado de la amplia y profunda crisis económica.

Es una verdad misteriosa que las decisiones de personas a las que no conocemos, a veces muy distantes, pueden afectar nuestras vidas. Enfrentando este misterio, filósofos equivocados han aconsejado la desesperación.

La responsabilidad personal es un mito, dicen ellos, porque nuestras vidas están regidas por fuerzas fuera de nuestro control. Muchos, sin duda, se sienten atraídos por esta visión mientras contemplan la debacle que se desenvuelve delante de ellos.

Es decididamente una visión no cristiana. Nuestra interdependencia con otros es una realidad y su potencial es para el mal, pero también para el bien. Muy importante, entonces, es nuestra responsabilidad personal para articular, fomentar y lo más importante, vivir la convicción de que la virtud es vital para el bienestar de la economía.

Las decisiones de muchas personas ha llevado a las condiciones económicas actuales. Los gobiernos violaron la confianza la inflar la oferta de dinero.

Los prestamistas con irresponsabilidad engancharon a los deudores que irresponsablemente cayeron en el anzuelo. Los consumidores agotaron sus ahorros y se zambulleron en la búsqueda de comodidad física. Los directores de empresas incitaron y vigilaron la explotación de instrumentos financieros llenos de riesgos. Hay muchas culpas en todas partes.

La pregunta más urgente es la de qué hacemos ahora. El pánico y la depresión pueden ser buenos términos económicos, pero no son opciones de un cristiano para responder ante la mala situación económica.

Cada uno debe considerar sus prácticas financieras a la luz de obligaciones de honestidad, sobriedad y justicia. Más aún, cada uno de nosotros, debe considerar las dificultades actuales no como una oportunidad para azotar a enemigos imaginados o reales, sino como una oportunidad para manifestar la esperanza que está en cada uno.

Los retos materiales son un recordatorio de que los bienes materiales son sólo una parte de la realidad y no la más importante. Aunque la moral no lleva a la prosperidad económica de una manera simple y lineal, las dos no están totalmente separadas.

Si nos comportamos con integridad, moderación y generosidad es posible que encontremos que la economía se puede cuidar por sí misma.

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Una idea de Samuel Gregg: poner de lado a la búsqueda de culpables de la crisis y centrar la atención en lo que ella en verdad nos enseña.

La crisis financiera: lo que (todavía) no aprendemos

24 noviembre, 2009

Ha pasado más de un año desde que la crisis financiera de 2008 causó amplia destrucción a la economía global. Docenas de libros y artículos han aparecido explicando lo malo que pasó.

Identifican culpables que van desde los financieros de Wall Street sobreexponiendo activos, a cabilderos como ACORN que influyeron en políticas públicas para reducir estándares de hipotecas, hasta políticos cercanamente asociados a empresas patrocinadas por el gobierno, como Freddie Mac y Fannie Mae fracasando en supervisarlas.

Conforme el tiempo pase, ejércitos de estudiantes doctorales explorarán cada esquina y rincón de la crisis de 2008. Pero si las reacciones de política gubernamental son una muestra, parecería que muchas lecciones de la crisis financiera están siendo ignoradas o han escapado a la atención de quienes toman las decisiones de política pública.

Aquí siguen cinco de esas lecciones.

• Quizá la lección no aprendida más prominente es el peligro del riesgo moral. El mensaje enviado a las empresas, contenido en muchas de las reacciones gubernamentales a la crisis, es éste: si eres lo suficientemente grande (o gozas de extensas conexiones con políticos influyentes) y te comportas irresponsablemente, puedes tener la expectativa razonable de que el gobierno te escude de las consecuencias de tus propias acciones.

¿Qué otro mensaje podrían empresas como AIG, Citigroup, Royal Bank of Scotland, Lloyds, y Bank of America, haber recibido con todos los rescates y nacionalizaciones virtuales?

• La segunda lección no aprendida es que una vez que permites que el gobierno eleve su intromisión en la economía para remediar una crisis, es extremadamente difícil retirar esa intervención. En realidad, ocurre exactamente lo opuesto.

¿Quién recuerda hoy los paquetes de rescate y estímulo tan candentemente discutidos a final de 2008? Palidecen junto a los excesos fiscales de gobiernos en EEUU y Gran Bretaña durante 2009. Las recesiones y las intervenciones gubernamentales subsecuentes crean una atmósfera en la que lo impensable se hace posible, como la legislación estadounidense de salud con 1,900 páginas y con un costo de un billón de dólares.

Por igual, el rescate de Chrysler y General Motors, durante la administración de Bush, se transformó en la virtual apropiación de esas dos empresas durante la administración de Obama.

• Tercero, parecemos no tener la voluntad de aceptar que las políticas de gobierno presentadas al inicio como la única cosa que podría salvarnos del fin del mundo, tienen, sin excepción, consecuencias negativas no previstas (o algunas veces muy previsibles), que no se resuelven con facilidad.

Sheila Bair, presidente de la Federal Deposit Insurance Corporation, apuntó recientemente, por ejemplo, que la decisión del gobierno estadounidense de comprar capital de bancos fallidos era, vista retrospectivamente, un error.

No solo la semipropiedad estatal complicó más el problema del riesgo moral, también ha creado dilemas que fluyen directamente del hecho de la intervención estatal.

Bair ha preguntado, «¿Limitamos los bonos y las compensaciones ejecutivas porque ellas son en parte propiedad del contribuyente, lo que puede empeorar las cosas por entonces no poder traer una administración nueva y mejor, que en algunos casos podría necesitarse?»

• Cuarto, el predicamento del conocimiento. Existe hoy un amplio reconocimiento de que la crisis financiera de 2008 se debió en mucho a la Federal Reserve que mantuvo tasas muy bajas mucho tiempo.

Sin embargo, insistimos en imaginar que un grupo de gente —los siete gobernadores de la Fed— pueden de alguna manera administrar el crédito y el medio ambiente monetario de una economía de 14.4 billones de dólares (2008) tratando de lograr metas en ocasiones mutuamente exclusivas: precios estables, empleo óptimo, tasas moderadas de interés a largo plazo.

• Quinto, se rechaza el reconocimiento de lo mucho que la crisis financiera refleja la caída de conceptos de responsabilidad fiduciaria, es decir, la responsabilidad moral y legal que alguien adquiere cuando se le confían los recursos de otras personas.

Muchos presidentes de empresas han sido apropiadamente marcados públicamente por sus fracasos. ¿Pero qué, por ejemplo, de esos consejos de administración que presidieron fiascos como los de Lehman Brothers, Fannie Mae, Freddie Mac y 147 bancos que quebraron entre enero de 2008 y noviembre de 2009?

¿Por qué esos consejos no hicieron preguntas sobre la alta dependencia de las utilidades de sus bancos en la alquimia de valores basados en hipotecas y otros productos financieros que aparentemente nadie podía entender?

¿Por qué no revisaron los reportes que aconsejaban que ciertos modelos de inversión podían matemáticamente fallar una sola vez en un millón de años? ¿Por qué sólo actuaron reemplazando administradores de fondos cuando las empresas estaban al punto de la bancarrota?

¿Por qué algunos directores imaginaron que la generación de reportes trimestrales de la empresa era una indicación suficiente de que satisfacían sus responsabilidades fiduciarias?

Por supuesto, a menudo es contraproducente para los directores inmiscuirse ellos mismos en los micro detalles de la operación de una empresa. Pero es parte de su obligación fiduciaria ante los inversionistas el cuestionar a los empleados de la empresa y tomar decisiones cuando las respuestas no son claras o satisfactorias.

Es en verdad más que una responsabilidad fiduciaria: es la obligación moral de cualquiera colocado en una posición para el cuidado de los bienes de otros.

Una medida de la fuerza interna de una sociedad es su disposición a aprender de los errores y alterar la conducta en concordancia. Tristemente, en el caso de EEUU y la mayor parte de los países de Occidente, el significado de largo plazo de la crisis financiera de 2008 puede ser el servir de ejemplo de la poca voluntad para aprender.

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Una idea de Samuel Gregg sobre la burocracia europea.

Eurocracia, locura suelta

9 diciembre, 2011

«Tenemos que volver a establecer la superioridad de la política sobre el mercado».

Esta frase, pronunciada hace poco por Angela Merkel de Alemania, muestra el carácter asombrosamente poco original del enfoque adoptado por la mayoría de los políticos de la UE, en su intento por salvar a la moneda común, a la que incluso Paul Krugman parece conceder que está su actual trayectoria hacia la inmolación.

Como sabe todo buen político europeo de carrera (¿hay algún otro tipo?), el proyecto del euro nunca fue ante todo un asunto de economía sólida, mucho menos fue la sospechosa conspiración «neoliberal» para dar rienda suelta al temido mercado causando estragos a los europeos incautos.

El euro fue siempre y esencialmente una herramienta económica para implantar un gran diseño político: la unificación europea.

Los patrocinadores grandes de la moneda común, allá en la década de 1990, como Jacques Delors y Helmut Kohl, jamás ocultaron el hecho de que esa era su ambición. Tampoco se molestaron en ocultar su desprecio por aquellos que pensaban que en total, el asunto terminaría en llanto.

Desde el inicio del proyecto de la moneda común, las consideraciones económicas fueron subordinados continuamente al objetivo de utilizar al euro para cimentar vínculos políticos.

Es por eso que a la mayoría de los países se les permitió entrar en el euro a pesar de no haber cumplido con algunos de los criterios básicos de admisión.

También explica por qué a nadie parecía importar demasiado cuando Grecia admitió en 2004 que había amañado, distorsionado, y mentido en el camino a su entrada al club del euro. Ahora, sin embargo, Europa está descubriendo lo que sucede cuando los juegos políticos disminuyen la capacidad de una moneda para reflejar las realidades económicas.

En verdad, la canciller Merkel tiene sus ideas exactamente al revés.

La UE no necesita más «política» —al menos en el sentido que le dan la mayoría de los políticos de la UE y sus funcionarios. En su lugar, Europa necesita más honestidad y menos ficción fiscal; menos acuerdos ocultos y mayor transparencia; mayor libertad económica y mucha menos centralización política.

Una transformación tan drástica de perspectiva, sin embargo, parece poco probable.

En cambio, gran parte de la clase política de Europa parece estar dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar el euro —incluyendo, según parece, ir más allá de los límites permitidos por la legislación de los tratados de la UE y de las constituciones nacionales.

Francia y otros países, por ejemplo, están presionando activamente para que el Banco Central Europeo haga lo que los tratados europeos le prohíben legalmente hacer: «monetizar» (un siempre útil eufemismo para la impresión de dinero) la deuda en forma de compras ilimitadas de bonos de gobierno de naciones afectadas por su deuda en la zona del euro.

Sin embargo, otros insisten en que ahora es el momento de crear un Ministerio de Finanzas europeos que de alguna manera «maneje» las políticas fiscales de países enteros desde Bruselas.

La colectivización de la deuda, la centralización de la política fiscal, la consolidación del poder.

Al final, todo siempre parece volver a ser lo mismo para la mayoría de los políticos europeos: una notable confianza en el creerse indispensables. Eso que generalmente es una señal de que el tiempo se les ha acabado.

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Una idea de Samuel Gregg sobre las medidas de austeridad de los gobiernos europeos debidas a la crisis financiera en fechas recientes, su amplitud y consecuencias.

No basta la austeridad

19 junio, 2012

¡No más de austeridad! A juzgar por los últimos resultados de las elecciones europeas, este es el mensaje que actualmente se vocifera a los políticos europeos por todo el viejo continente.

Es una mantra cuyo eco llega cruzando el Atlántico en voz de estadounidenses como Paul Krugman. La austeridad, según ellos, no es sólo ineficaz como una solución a los problemas económicos de Europa.

También proporciona, eso dicen, a los conservadores el arma que necesitan para hacer lo que siempre han querido hacer: desmantelar a hurtadillas la más sagrada de las vacas socialdemócratas —el estado de bienestar.

Mucho depende, por supuesto, de lo que se entienda por «austeridad».

Estrictamente hablando, el tipo de austeridad que se intenta en la mayoría de países europeos se centra principalmente en reducción de la deuda pública de largo plazo. Esto se traduce en aumentos de impuestos y recortes de gastos.

Parte del objetivo del ejercicio es el de transmitir a los acreedores un intento serio, por parte de los gobiernos, para cumplir con sus obligaciones financieras actuales, y así mitigar las preocupaciones que pudiera tener el default de sus extensos pasivos actuales.

Aquí, sin embargo, es útil poner en perspectiva las expectativas europeas de lo que constituye austeridad.

  • ¿Realmente constituye un «apuro» en Francia mover la edad oficial de jubilación 60 a 62 años?
  • ¿Es una «privación» en Grecia el esfuerzo de reducir sus gastos de nómina pública del alto nivel de 55% de los ingresos estatales en 2009 a algo cercano a la cifra de 40% registrada en 2000?
  • ¿Es «destripar» al estado de bienestar en Gran Bretaña el plan de 2010 para regresar a los niveles de gasto público de 2006 del 41% del PIB?

Por favor.

Dejando a un lado, sin embargo, muchas modestas concepciones de austeridad fiscal de los gobiernos europeos, hay algo que debe decirse que la austeridad por sí sola no será suficiente para facilitar el crecimiento necesario para sacar a Europa de su hoyo negro económico.

📌 La restauración de la cordura en las finanzas públicas es una cosa. La creación de riqueza es otra muy distinta. El argumento keynesiano estándar dice que las crisis económicas requieren paquetes gubernamentales de estímulo.

Por desgracia, el historial de los programas de estímulo — la prueba A siendo la inyección de un billón (prestado) de dólares en la economía de Estados Unidos en 2009 durante la Administración de Obama —no ofrece muchos motivos de optimismo.

Pero la lección de los programas exitosos de reforma económica —siendo Suecia, irónicamente, un buen ejemplo —es que la estabilización o reducción de la deuda pública y del gasto no bastan.

También es necesaria la liberalización económica sustancial, es decir, medidas tales como la desregulación de los mercados laborales y la eliminación de otras barreras que inhiben la competitividad, desalientan la iniciativa empresarial, y de ese modo restringen indebidamente la capacidad de crecimiento de la economía.

Hay considerable evidencia que sugiere que la prevalencia en muchos países europeos de altos costos laborales y de regulaciones contribuye de manera significativa a sus niveles de productividad comparativamente bajos.

Muchos negocios europeos en la práctica optan por mantenerse pequeños dado el pesado entorno normativo y la sindicalización inmediata a menudo obligatoria que se impone a muchas empresas una vez que sus empleados superan un determinado número.

De acuerdo con el Code du Travail, con 3,200 páginas, por ejemplo, cualquier empresa dentro de Francia que supera los 49 empleados tiene la obligación legal de establecer un mínimo de tres consejos de trabajadores. Si este tipo de empresas deciden despedir empleados, está obligada a presentar un plan de reorganización a los tres consejos.

¿Es de extrañar que muchas empresas francesas simplemente no se molesten en ampliar su base de empleados, un factor que a menudo inhibe su capacidad de generar más riqueza?

Por desgracia para los otros problemas de Europa, es precisamente en estas áreas que pocas reformas han ocurrido. En abril, por ejemplo, el primer ministro italiano, Mario Monti, trató de cambiar la ley que esencialmente prohibía despedir personal a las empresas con más de 15 empleados de tiempo completo.

El objetivo Monti era sustituir una situación, de empleo de por vida para algunos e inseguridad perpetua para los demás, con las disposiciones de indemnización para las personas que salen por motivos económicos.

Bajo la presión de los sindicatos italianos, sin embargo, la propuesta de Monti fue suavizada para defender los amplios poderes que gozan los tribunales para investigar si se justifica la decisión de la empresa de despedir a alguien. Esto garantiza el mantenimiento del statu quo.

Huelga decir que Grecia es la imagen misma del fracaso de las reformas de Europa.

A lo largo de 2011, el Parlamento griego aprobó reformas que disminuyeron las regulaciones que se aplicaban a muchas profesiones en el sector de los servicios de la economía. Sin embargo, como dos periodistas del Wall Street Journal han demostrado un año más tarde,

«a pesar del cambio en la ley, nunca se hizo realidad el cambio. Muchas profesiones están bajo el control de los gremios profesionales que defienden las viejas reglas de juego, fijación de precios y limitan las oportunidades para los recién llegados».

En las palabras de un asesor frustrado de la canciller alemana, Angela Merkel, «Aun cuando el Parlamento griego aprueba las leyes, nada cambia».

La política ayuda a explicar la aversión de muchos gobiernos a las reformas. Las propuestas de desregulación sustancial generan la oposición de grupos que van desde empresas que se benefician de la ausencia de competencia, a dirigentes sindicales que temen perder su papel de intermediarios, y a los burócratas cuyos puestos de trabajo pasarían a ser irrelevantes por la liberalización.

Las medidas más bien tibias que los europeos llaman austeridad ya han provocado reacciones violentas de los votantes frente a la mayoría de sus ejecutores. No es sorprendente que muchos gobiernos calculen que proseguir la reforma económica grave dará lugar a un cada vez mayor castigo electoral.

En cualquier caso, los Estados Unidos en la actualidad tienen poco que presumir en este ámbito. Estados como Wisconsin han implementado con éxito el cambio y están comenzando a ver los beneficios.

Pero también hay casos fiscales sin esperanza como los de (sorpresa, sorpresa) California e Illinois, que continúan enterrándose a sí mismos bajo una montaña de deudas y reglamentos.

La situación de la deuda nacional de Estados Unidos es aún más preocupante. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha declarado recientemente que a finales de 2012 «la deuda federal alcanzará aproximadamente el 70% del producto interno bruto, el porcentaje más alto desde poco después de la Segunda Guerra Mundial».

Sin grandes cambios de política, agregó, Estados Unidos está en camino de alcanzar una proporción de la deuda nacional respecto al PIB del 93% en diez años. Varios estudios sugieren que es en este nivel que la deuda pública comienza a socavar las capacidades de crecimiento de una economía.

Sin embargo, pesos pesados​ de la antigua administración, como Larry Summers de hecho están pidiendo más préstamos para gobierno. En cuanto a la desregulación, la actual administración poco se distancia de los grupos de interés cuyo apoyo necesita desesperadamente en un año electoral.

Más importante aún, no es una orientación filosófica inclinada a soluciones de problemas económicos basadas en la libertad.

Y tal vez, al final, eso es lo que se trata todo. La mayoría de la clase política de Europa -—y muchos de sus equivalentes americanos— no tienen fe en la creatividad económica de las personas, ni su capacidad para asumir la responsabilidad de sí mismos y sus familias.

Tampoco confían en la sociedad civil para ayudar a quienes realmente lo necesitan. Más aún, a pesar de generar una deuda insostenible y de no realizar reformas orientadas al crecimiento, siguen totalmente convencidos de que saben más.

Por supuesto, puede ser que muchos europeos ordinarios también se mantuvieron aferrados al mito socialdemócrata de la seguridad eterna a través del gobierno sin fin.

Como lamentó Edmund Burke una vez: «En un pueblo generalmente corrompido, la libertad no puede durar mucho». Si es así, gran parte de Europa está condenada a la decadencia económica y la insatisfacción constante.

La pregunta es si los estadounidenses han sucumbido lo suficiente a las expectativas estilo europeo, o si tienen el valor para abrazar realmente la libertad que tanto hablan.

Sobre esta cuestión, me temo, el veredicto está pendiente.

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Una idea de Ray Nothstine sobre la ruta del derroche en el gasto público y la crisis financiera probable.

El derroche de gasto y el fin del sacrificio

29 octubre 2013

Mientras está fuera de control la espiral de nuestra deuda de 17 billones [en EEUU] y disminuye la disciplina espiritual en Occidente, tenemos que enfrentar la realidad de la incapacidad de Estados Unidos para sacrificarse colectivamente.

Incluso pareció pasar este año con escasa atención el 150 aniversario de la Batalla de Gettysburg, como si tal sacrificio extremo fuera ajeno y distante a nuestra forma de vida actual.

El quebrantamiento de Washington es aclamado por la mayoría de la clase política, declarando una «crisis evitada». La «crisis», para la mayoría de los líderes en Washington, sin embargo, no es nuestra deuda ni el insaciable apetito de gastar, sino la idea de que posiblemente habría restricciones o terminaría en un apretón de cinturón.

Durante el reciente debate del gasto, ¿cuántas organizaciones que dependen de la financiación del gobierno se acercaron a decir que podrían conformarse con menos? Incluso las personas en los grupos del Tea Party, considerados incondicionales del recorte de gasto, declararon consistentemente que están en contra de los recortes a la seguridad social y Medicare.

La ironía es sorprendente, dado que la reforma de las prestaciones es el único camino hacia la reducción de la deuda. «La única sociedad que puede hacer funcionar los derechos del trabajo es el que no siente tener ese derecho», dice Daniel Foster, editor de noticias de National Review.

Del mismo modo, hay una clase creciente de personas a cargo del gobierno que parecen cada vez más ver al Estado haciéndose cargo de todos sus caprichos. El número de beneficiarios de cupones de alimentos ascendió a 17 millones en 2000, mientras que hoy ese número ha aumentado a 48 millones.

No es que los estadounidenses sean inherentemente menos capaces de sacrificio, pero sí son capturados, y luego estrangulados, por un número cada vez mayor de incentivos dañinos.

La disminución de los clubes cívicos, iglesias, y el debilitamiento de la estructura familiar —grupos que Edmund Burke llamó los «pequeños pelotones» de la democracia— está dañando nuestra capacidad colectiva para el sacrificio.

El crecimiento del secularismo también alimenta una falta de sacrificio en los Estados Unidos y el egoísmo entre sus líderes. La noción de sacrificio, como se entiende en gran parte de Occidente, refleja una comprensión cristiana requiriendo virtud.

Se basa en la expiación de Jesucristo y a través de los hermosos pasajes escritos por el apóstol Pablo, quien dijo: «Y aún más: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y a las que tengo por basura para ganar a Cristo». (Filipenses 3:8)

La deuda de Estados Unidos está creando no siervos de cosas más elevadas sino esclavos del gobierno.

El crecimiento desenfrenado y la explosión de la deuda federal va a transformar la noción de sacrificio estadounidense del altruismo, la caridad y las buenas obras, en el sacrificio por el Estado.

Debido a nuestra deuda nacional, un estadounidense con una esperanza de vida media, nacido en abril de 1979, está enganchado con 428,423 dólares durante su vida útil.

Mientras el gobierno roba a los ciudadanos de la idea de oportunidades para todos, los estadounidenses deberían prestar atención a las palabras de Abraham Lincoln que, después de quizás la mayor imagen del sacrificio en suelo americano, imploró a la gente a asumir la carga juntos «para que esta nación, bajo Dios, tenga un nuevo nacimiento de la libertad».

Usted ha oído hablar del Dios celoso de los Diez Mandamientos, pero al ritmo que el gobierno federal se está expandiendo puede volverse celoso, al exigir más y más sacrificio para salvaguardar el derroche del gasto ininterrumpido.

En las últimas cuatro décadas, la mediana de ingresos en este país ha aumentado solo un 24%, sin embargo, el gasto federal ha aumentado 288%. Por quinto año consecutivo Estados Unidos tendrá un déficit de más de un billón.

Para recuperar un sentido más profundo de la libertad personal y política, los estadounidenses deben ahora encarnar colectivamente el sacrificio. «La redención viene sólo a través del sacrificio», recordó Calvin Coolidge una vez a los estadounidenses.

No sacrificarse ahora, significará al final un sacrificio diferente. Será para y en el nombre del Estado. Ese tipo de sacrificio será más costoso, y vendrá a costa de nuestras libertades políticas y espirituales.