Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Tibios y Mediocres
Eduardo García Gaspar
17 mayo 2013
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La noticia es reciente. Tiene su interés adicional a lo que ella reportó.

Informó de los primeros santos canonizados por el Papa Francisco. Dos religiosas, de Colombia y México, pero sobre todo, 800 mártires.

800 cristianos decapitados a finales del siglo 15 en Otranto, Italia. Invasores infieles quisieron obligarlos a renegar de su religión. Se negaron y fueron por eso muertos. Al obispo, se le despedazó.

Esta noticia tiene una faceta adicional a la de la información que contiene. Empecemos por el principio.

Primero, la noción de mártires.

Es una idea bastante clara y significa que se puede llamar mártir a la persona que prefiere morir, incluso de la manera más terrible, antes que hacer nada que vaya contra su religión. Es un concepto claramente cristiano y lo ilustra muy bien el ejemplo de los mártires de Otranto.

La palabra ha ampliado su significado, usándose en la expresión “mártir de la patria”, con la mismo connotación: haber preferido la muerte antes de ir contra la patria.

Menos común, también se ha usado en, por ejemplo, “mártir de la ciencia”, o de lo que usted quiera, pero acarreando el mismo significado de muerte antes de abandonar las creencias propias.

La noticia me recordó una idea en el libro de Sigrid Undset, Santa Catalina de Siena (Madrid: Encuentro, 2009). La autora fue una novelista criada en Noruega, nacida en 1882, y convertida al Catolicismo en 1925. Ganadora de un Nobel en 1928, escribió algo que tiene que ver con todo esto.

Dice que la realidad de los santos y mártires ha creado la impresión de que son ellos seres “enamorados del sufrimiento”, algo que es incomprensible para los no católicos, incluso para el resto de los cristianos. Quizá ya en nuestros tiempos, esto será difícil de entender incluso para algunos católicos.

El sufrir a veces indescriptiblemente por razón de las faltas propias quizá pueda ser aceptado, pero no padecer igual por las faltas de otros. Más todavía, toda la idea del sufrir y padecer parece ajena a la mente actual. No tiene sentido pasarla mal, no hay significado en el sufrir. Menos aún tiene sentido el buscar sufrimiento.

No me meto en las honduras del significado de los padecimientos y crueldades por los que pasaron los mártires, porque eso es un terreno teológico con sus justificaciones y explicaciones… pero sí entro a uno de los rasgos de nuestros tiempos en lo que esto hace pensar.

La condición de un mártir es la obvia, la de tener un valor tan grande y profundo que es mayor que el de la propia vida física. En algo creen los mártires, en algo tan convincente, tan grandioso, que todo debe sacrificarse ante eso. Más aún, no son sólo palabras, son hechos: esas personas murieron debido a su negativa a renegar de tal creencia.

Mi punto aquí es si aún existe esa fuerza propia que lleve al último sacrificio. Por supuesto algunos la tienen, una minoría. El martirio no es un fenómeno mayoritario, aunque los 800 de Otranto sea llamativo por ese gran número. Pero para el resto no es una opción en la que se piense.

Dos elementos colaboran a la incomprensión de la conducta de un mártir en nuestros días. Uno es el relativismo, el otro es una fuerte dosis de hedonismo en la actualidad.

Para el relativismo todo da lo mismo, todo vale igual, nada en mejor ni peor que otra cosa. Bajo esta mentalidad, no hay nada realmente que justifique morir por ello (en estricta lógica también vale lo mismo vivir que morir).

Incluso, una canción muy famosa, pide eso, el que nada haya por lo que merezca morir (Imagine, de J. Lennon).

Quien cree en el relativismo moral, por supuesto, no encontrará creencia alguna a la que se tenga que aferrar sin importarle morir.

Y quien se inclina por el hedonismo, peor aún: ningún sentido tiene nada que no conduzca al gozo inmediato, especialmente físico. Es la mentalidad que se horroriza con sólo pensar en sufrir un poco siquiera.

En fin, comparto con usted esta idea de cierta pérdida del significado que tiene el creer en algo con tanta intensidad que se está dispuesto a sufrimientos enormes con tal de no abandonarlo.

Hay algo admirable en esto, algo que eleva el sentido de la vida, que habla de valor y fuerza. Algo opuesto a la cobardía del que cambia y se modifica a si mismo ante cualquier riesgo de padecer.

Post Scriptum

Estas ideas y otras similares siempre me hacen recordar el siguiente pasaje,

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

La cita es del Apocalipsis (3:15-16). No sé su significado en el contexto de ese libro, pero evoca la idea del mediocre, indefinido, ambiguo, sin convicciones. Y quizá estamos ya en ese rumbo en el que el valor máximo es el ser mediocre, el no tener convicción alguna por la que morir ni luchar.

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