Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Democracia y Presión
Eduardo García Gaspar
18 octubre 2013
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es un elemento imprescindible de la democracia.

Tan inevitable como peligroso. Lo vemos con facilidad en las campañas electorales.

Con menos facilidad lo vemos en el resto de los días. Nunca desaparece por completo.

Y es peligroso, o puede serlo.

Tome usted una campaña electoral cualquiera, en cualquier país que siga el proceso democrático. Varios candidatos compiten por la presidencia, por puestos de legisladores, de gobernadores, de lo que usted quiera.

Por ejemplo, las de 2000 en México: Fox, Labastida, Cárdenas y otros mucho menores.

O las de 2006: Calderón, Madrazo, López Obrador y otros menores. Fueron momentos de emoción, esfuerzo, sentimientos, discusión, tensión.

Había incluso enemistades entre partidarios de esos candidatos. Claramente había favoritos de muchos, casi como en los fanáticos del futbol. Llegaba a haber enojo e irritación, eso que llaman crispación.

No son momentos fáciles. Parecería que las divisiones y las enemistades son insolubles y conducen a la fragmentación de todo el país. En los más fanáticos, existe la mentalidad de que si su favorito no es elegido, el país entero de despeñaría. Es como una visión extrema entre el paraíso y el apocalipsis.

Resulta curioso que ese clima de tensión veleidosa sea una causa de estabilidad y solidez en una democracia. Es como una olla de presión que en las elecciones deja escapar la suficiente presión como para mantenerse sin explotar.

Es, al final de cuentas, como escribió K. Popper, una forma pacífica de cambio de gobierno, preferible a la opción violenta.

Si las partes juegan con las reglas, ellos reconocen a los ganadores y el proceso sigue hasta las elecciones siguientes.

Una vez en el poder, el ganador retorna a la realidad y suele darse un contraste obligatorio: no cumple con todas sus promesas, no va a los extremos que prometió. La realidad le ha ganado.

La tensión no desaparece del todo. La mantienen muchos de los fans del ganador, que lo quieren ver hacer lo que les prometió. Realizar esos extremos que dijo que haría y que le hizo ganar votos. Los fans extremos mantienen la presión sobre su ganador y harán lo posible por obligarlo a ir al extremo prometido.

Quizá las protestas en Brasil sean eso para D. Rousseff. La izquierda ecológica que apoyó a Obama es un caso similar.

Es decir, la presión del extremo que sirvió al candidato ganador a identificarse con grupos de apoyo, no desaparece del todo. Los sindicatos, por ejemplo, buscarán cobrarse el apoyo dado a su ganador.

Estas inestabilidades y tensiones, propias de la democracia, son paradójicamente la razón de su estabilidad, como eso de dejar escapar la presión de una caldera antes de que explote. Es un mecanismo que tiene sus reglas y la más sagrada de ellas es la disciplina frente a las reglas.

Ellas se resumen en acatar los resultados, respetarlos. Es darle legitimidad al proceso: los perdedores reconocen la victoria ajena.

Sin este pequeño detalle que es de educación elemental, se pierde la buena estabilidad democrática. Un ejemplo brillante de lo que no debe hacerse es la conducta que López Obrador tuvo después de las elecciones de 2006.

Ese candidato justificó la toma de Avenida Reforma como una forma de evitar la violencia que, según él, hubiera provocado la negativa de la autoridad a hacer un recuento de votos. Debe suponerse que por la misma razón se proclamó a sí mismo “presidente legítimo”. Esto es una ilustración de lo que no debe hacerse en una democracia.

Llego entonces al punto que bien creo que vale una segunda opinión: una vez terminadas las campañas electorales y elegidos los ganadores, comienza otra etapa, la de gobernar para el bien de todos los ciudadanos, sin importar cómo hayan votado.

Algo que, en mi opinión, Fox en México nunca entendió bien.

La competencia se acaba, la oposición debe ceder el paso a acuerdos y actos de gobierno. Obviamente habrá discusiones y desacuerdos, pero deben prevalecer las avenencias y la búsqueda de concordancias.

Esto es lo que creo que, en caso de no suceder, daña a los gobiernos. Los paraliza y a veces los vuelve extremos.

Sucede cuando continúa la mentalidad de la búsqueda del poder y los acuerdos se juzgan se consideran derrotas. Es entonces cuando aumenta la presión política, sin válvula alguna que la deje escapar para mantener la estabilidad democrática.

En México esto sucede por la miopía de partidos doctrinarios u obsesionados con el poder. En los EEUU por la agenda extrema de expansión gubernamental de Obama.

Post Scriptum

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