Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Divorcio, Negación y La Muerte de Dios
Selección de ContraPeso.info
20 agosto 2013
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Elise Hilton. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Our American Story: Divorce, Denial and the Death of God.

La situación es estadounidense, sus ideas universales. Lo que escribe Elise Hilton importa a todos, en todas partes.

En la víspera de Navidad de 2011, abrí la puerta de casa y encontré sollozando a una de las amigas de mi hija adolescente. Sus padres se habían divorciado meses antes y su padre no estaba.

La madre había empezado a llevar a casa con frecuencia a otros hombres para pasar la noche. La joven le dijo a su mamá que le hacía sentir incómoda tener cerca esos hombres. Su madre la echó de la casa. En la víspera de Navidad.

Esta podría ser una sola historia, la de una muchacha joven y las secuelas de un divorcio, pero no lo es. Se está convirtiendo en nuestra historia americana: los adultos que hacen lo que quieren sin pensar en los hijos, divorcio, cohabitación, niños con una puerta giratoria para los adultos en sus vidas, ya no una familia sino un grupo de personas con lazos tenues entre sí, con su comunidad y su fe.

Hay un montón de estadísticas que confirman que esta historia americana es la norma (el informe de CDC aquí (PDF) y un informe del Instituto de Valores Americanos aquí (PDF) ¿Cómo llegó eso a ser nuestra historia?

María Eberstadt toma los hilos entrelazados de la fe y la familia en How the West Really Lost God: A New Theory of Secularization (Templeton Press, 2013).

A pesar del título, simplemente no es un libro sobre religión (o la falta de ella); Eberstadt deja claro que la fe y la familia están innegablemente vinculadas. Ella utiliza la imagen de la cadena de ADN de doble hélice: el compromiso religioso y la participación como una de las hebras, y familias fuertes y saludables como la otra, con barras tipo escalera que sostienen juntas a las dos. Con el colapso de una, según ella, sucede lo inevitable: la rotura de la otra.

Es como un acertijo de qué fue primero, el huevo o la gallina, si la desintegración de la familia llegó primero o fue el colapso de la fe cristiana tradicional. Demasiado estrechamente entrelazados para saberlo, Eberstadt fija sin embargo, una fecha del colapso de esta doble hélice: 1960 (para los propósitos de este libro, Eberstadt se centra exclusivamente en el Cristianismo, ya que se trata de la cultura occidental).

¿Por qué 1960? ¿Por qué Dios dejó importar en ese momento? ¿Por qué vacila la familia?

“Uno puede argumentar que el salto cuántico subyacente y poco apreciado hacia la irreligiosidad en la década de 1960 debió la mayor parte de su fuerza a la aprobación en 1960 de la píldora anticonceptiva, lo que cambia como nunca antes las relaciones entre los sexos —es decir, con la familia natural”.

No importa si a uno “le gusta” la píldora o no, Eberstadt muestra firmeza: la píldora y la conjunta revolución sexual son el “eje del cambio en la religiosidad occidental”. ¿Cuál es el resultado? Menos matrimonios, menos niños, menos hijos que crecen en hogares intactos (padres biológicos casados entre sí).

¿Cómo afecta esto al Cristianismo? Eberstadt argumenta que el colapso de la familia tradicional es un “motor invisible de la secularización”: a la gente no le gusta que le digan que está haciendo algo malo. Si usted va a la iglesia el domingo y escucha un sermón condenando la cohabitación o el control artificial de la natalidad —que usted práctica— no va a sentirse contento. Quizá no regresará.

Eberstadt señala que el Cristianismo tiene un mensaje —preceptos fundamentales que se ve obligada a enseñar. Eberstadt sostiene que cuantas más personas en “hogares rotos y fracturados” se ofenden con la enseñanza cristiana tradicional, menos probabilidades hay de transmitir la fe a la siguiente generación, la misma fe que ayuda a mantener a las familias unidas. Las dos hebras de la doble hélice siguen separándose.

Didi Martínez, una joven periodista hace un llamado diciendo en una columna llamada “A Millenial’s Appeal To Parents” :

“Somos una generación próspera, pero una también dañada. Quien dice que los padres no son un elemento esencial en la vida y el desarrollo de un niño, es un tonto. Hemos perdido el deseo por la tradición, hemos perdido el deseo de permanencia, hemos perdido el deseo de respeto automático, y nos hemos vuelto más seculares en nuestros estilos de vida —glorificando las cosas temporales y frívolas que sólo nos llevarán a ser más infelices cuando todo haya desaparecido. Curemos nuestra relación. Guíennos de vuelta”.

“¿Y qué?”, podría alguien decir. Si las personas quieren vivir juntas, tener hijos con múltiples parejas y no ir a la iglesia, por qué debería importarnos ¿Por qué debe importarnos, como dice Didi Martínez, el tener en nuestras manos a una “generación dañada”?

Nos debe importar si estamos interesados en una sociedad sana, donde a los niños se les dé la mejor oportunidad de prosperar, de tener un sentido de lugar y propósito.

El instructor de Filosofía en el Calvin College, James K. A. Smith, dice esto:

“Una sociedad próspera y sana depende de las estructuras e instituciones más allá del Estado. Incluso la vida económica de una nación no puede ser correcta (ni justamente) impulsada por un par de “esferas” (como Abraham Kuyper los llamaba), como el mercado y/o el gobierno. La salud de la sociedad requiere de una sociedad civil robusta y próspera, con todo tipo de ‘pequeñas tropas’ de trabajo creativo y común, que no sean conducidas por el aparato de gobierno o busquen constantemente el permiso del Estado.

“La oportunidad, por ejemplo, requiere la fundación de un hogar y una familia que proporcionen seguridad, apoyo y una educación virtuosa…

“En pocas palabras, si nuestra sociedad quiere fomentar la prosperidad personal y la estabilidad económica —las buenas características del sueño americano— entonces tenemos que dudar de los dogmas de progresismo secular”.

La tesis de Eberstadt es clara: el éxito del Cristianismo se basa en el éxito de la familia nuclear tradicional y viceversa.

Si bien hay que dar reconocimiento a las muchas madres y padres solteros que luchan en circunstancias difíciles para vivir su fe y educar así sus hijos, también hay que reconocer que estamos en un situación calamitosa, que afecta no sólo a la familia y a la fe, sino también la economía, la cultura, la política: a la sociedad misma.

Eberstadt, en las notas de su libro, recuerda al lector que desde el Génesis hasta las cartas paulinas, el matrimonio está destinado a ser un estado fructífero y protegido. Ella especula que el llamado judeo-cristiano a proteger a la familia y al matrimonio es también una manera de proteger a la sociedad en general. “Creced y multiplicaos” (Génesis 1:28) es una réplica no sólo para la vida familiar, sino para toda la cultura.

¿Nos importa? Conozco a una persona a la que sí. La joven en mi puerta sollozando por el hecho de que su madre eligió a una serie de hombres por encima de ella en una fría Nochebuena.

Nota del Editor

La idea de E. Hilton tiene sentido. Su idea de la cadena de ADN de doble hélice contiene la noción de la sociedad como una entidad muy compleja, con vasos comunicantes no fáciles de ver. Ella apunta a uno de ellos: la conexión entre creencias religiosas y familias sólidas. La otra conexión es obvia, entre familias fuertes y una sociedad sana.

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