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Dos Papas, Una Fe
Selección de ContraPeso.info
5 agosto 2013
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es examinar el pensamiento del Papa Francisco, usando datos duros, los de su primera carta encíclica (no las impresiones parciales de los medios dominantes).

Tras la elección en marzo de Jorge Mario Bergoglio como Papa, era inevitable que continuamente se hicieran comparaciones entre él y su predecesor aún vivo.

Se ha dado particular atención, por ejemplo, a los diferentes estilos litúrgicos de los dos Papas. Algunos cercanos a ambos, como el cardenal de Australia, George Pell, han sugerido que mientras Benedicto XVI siempre proveyó excelente orientación a los obispos, sacerdotes e intelectuales, Francisco es como un párroco que está especialmente dotado para la comunicación con, para usar la frase del cardenal, “la gente común”.

Pero si hay algo que demuestra Lumen Fidei (La luz de la fe), la primera encíclica del Papa Francisco, es una continuidad profunda entre los dos hombres: es decir, su amor y su fe en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Justo al inicio de esta encíclica, Francisco afirma que el primer borrador del texto fue preparado por su predecesor y que “en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (LF 7).

El punto aquí no es sólo que Joseph Ratzinger sea probablemente el más grande teólogo que se haya sentado en la Silla de Pedro y un día sea declarado Doctor de la Iglesia.

Un punto más sutil es que el contenido del catolicismo no cambia cuando un Papa sucede a otro. Como mucha gente no entiende (y a veces no quiere entender), el catolicismo no es un movimiento político que, bajo la guía de consultores, distorsiona o abandona sus creencias centrales para ganar votos de electores volubles.

Sin duda, (especialmente después de leer Lumen Fidei) algunos dicen que, debido a que Ratzinger escribió el primer borrador, esta encíclica “no es realmente el texto de Francisco”. Pero en realidad lo es. Francisco no tenía ninguna obligación de utilizar el proyecto inicial de Benedicto. Sin embargo, lo hizo.

Por otra parte, las encíclicas rara vez son escritas en su totalidad por un Papa. A otras personas se les pide contribuir normalmente en el proceso de redacción, por una variedad de razones (tales como experiencia en la materia). Naturalmente siempre hay especulaciones acerca de la particular influencia de personas en documentos individuales.

Al final, sin embargo, la responsabilidad última de autor de estos textos pertenece al Papa que los firma. Ellos son realmente sus documentos, ya que sin su firma denotando su asentimiento a cada palabra de su contenido, carecerían de autoridad magisterial y estarían destinados a ser meras curiosidades de archivo.

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Una de las muchas cosas que admiro del Papa Francisco es su genuina humildad. Es un Papa verdaderamente humilde que reconoce libremente la profunda contribución de su predecesor a la primera encíclica de un nuevo pontificado. Pero Francisco es también algo más.

Sí, él es un católico ortodoxo y, como ilustra esta encíclica, uno que cree que la fe católica a la que ha dado gratuitamente total asentimiento del intelecto y la voluntad —sin objeción, sin desacuerdo, ni reserva mental—, es una fuerza para la liberación auténtica precisamente porque cree que contiene la plenitud de la verdad sobre Dios y el hombre.

En los Evangelios, la idea de la fe se asocia a menudo con las imágenes de la luz. Lumen Fidei comienza señalando que “En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus” (LF 1), y se anhelaba la luz, pero, por causa de profundas limitaciones de la mente pagana, no pudo realizarse la verdadera iluminación. Se necesitó, dice Francisco, la luz de la fe cristiana para revelar la plenitud de la realidad a la humanidad.

Aquí hoy encontramos muy bien, enseña Francisco, la importancia de la fe cristiana: su capacidad para abrir una modernidad que, a pesar de sus logros genuinos, ha encogido profundamente las nociones de la razón, la igualdad, la libertad y el amor, y que por lo general, termina por vaciar el contenido sustantivo todas estas cosas.

Sin la fe, los autodenominados modernos son atrapados en una prisión intelectual en gran parte creada por ellos mismos, igual que los paganos griegos y romanos, —pero no cualquier fe, sino la fe cristiana como la “virtud teologal” del Primero y Segundo Concilios Vaticanos (LF 7) que Francisco cuidadosamente anota al pie.

Lumen Fidei hace muy clara la profunda conciencia de Francisco de que la fe religiosa es a menudo entendida por muchos modernos como “tinieblas” (LF 3). Eso es en parte debido a las obras malvadas de ciertos pensadores de la Ilustración que han sido asimiladas sin crítica por la mayoría de progresistas contemporáneos. Pero también porque muchas personas hoy en día asocian a la fe con asesinos que vuelan aviones contra edificios.

Es cierto que hay cosas como las que Benedicto XVI describió una vez como “patologías de la fe.” Pero Lumen Fidei hace esfuerzos considerables para desempacar el verdadero significado de la fe cristiana para distinguirla de sus falsificaciones. Francisco yuxtapone la fe cristiana, por ejemplo, con nuestra afición a confiar en los ídolos contemporáneos.

Él lo describe como “un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos”. La conversión a la fe cristiana, agrega Francisco, libera al hombre de ser nada más que “la multiplicidad de sus deseos” (LF 13). ¿Cómo? Al mostrarnos la Verdad que nos salva de nosotros mismos.

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Pero, muchos cristianos y otros más se preguntan con razón, ¿cómo podemos saber que ésta fe es verdadera? Francisco se plantea la cuestión citando una frase de Rousseau de la famosa Lettre à Christophe de Beaumont (Beaumont era el arzobispo católico de París): “¿Es tan simple y natural que Dios se haya dirigido a Moisés para hablar a Jean Jacques Rousseau?” (LF 14).

Además de subrayar el egoísmo que subyace a la pregunta de Rousseau (no, Jean-Jacques, no todo tiene que ver contigo), Francisco sostiene que no sólo la fe es el regalo de Dios para nosotros, pero que al igual que cualquier otro regalo, Él optó por darnos una manera de mostrarnos algo sobre su naturaleza.

Así, la “total fiabilidad del amor de Dios” se encuentra en el hecho de la “la muerte de Cristo”, en su muerte de sacrificio y el “devolver la vida a su cuerpo”. Eso es un recordatorio no tan sutil de algo que Francisco cree que hemos perdido de vista: “la percepción de esta presencia concreta de Dios, de su acción en el mundo” (LF 17). En pocas palabras, los asuntos de la resurrección física son importantes. Sin ella, como San Pablo dijo sin rodeos, la fe cristiana sería absurda.

Pero también existe lo que Francisco llama la dimensión “eclesial” de la verdad de la fe cristiana. En otras palabras, la Iglesia también es importante. La Iglesia, escribe Francisco, citando al teólogo Romano Guardini, “es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo”. En verdad, sin esta dimensión, la fe cristiana se disuelve en “algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva” (LF 22).

Por supuesto, hay muchas implicaciones importantes en la atención de Francisco al papel de la Iglesia demostrando la confiabilidad de la fe cristiana.

Significa, por ejemplo, que la teología “no puede considerar el Magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con él como algo extrínseco, un límite a su libertad” (LF 36). No es ningún secreto que algunos teólogos, la mayoría ahora en sus años crepusculares, han hecho su mejor intento para tratar de marginar a la autoridad docente de la Iglesia como una sola “voz” entre muchas (para usar sus palabras).

Una vez más, sin embargo, esas opiniones son cortésmente repudiadas por otro Papa. Porque Francisco subraya que la fe en Cristo depende radicalmente de nuestra disposición a confiar en los testigos que nos han precedido. La fe cristiana no es, por lo tanto, una “fe de sentimientos”. Tampoco “es únicamente una opción individual” (LF 39).

En su lugar, Francisco escribe: “la fe nace de un encuentro que se produce en la historia” y que “nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia” (LF 38). Así es como se sabe, por ejemplo, que el canon de la Escritura que usamos hoy en día es verdadero y confiable, mientras que otros innumerables testimonios escritos de la vida de Cristo son falsos y poco confiables.

Francisco hace hincapié en que la fiabilidad de la autoridad magisterial de la Iglesia está en sí misma sustentada en la confianza y la obediencia a la verdad de la fe cristiana impartida a los testigos elegidos por Cristo mismo (LF 49). Entre otras cosas, esto pone de manifiesto la falta de sentido de los cristianos que seleccionan y escogen qué dogmas, doctrinas y enseñanzas sobre la fe y la moral aceptan o no. Hacer eso es destruir la unidad interna de la fe cristiana (LF 48).

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Más allá de las cuestiones que rodean la coherencia y la consistencia interna de la fe cristiana, el último de los cuatro capítulos de Lumen Fidei considera que la fe cristiana puede transformar a la ciudad terrena. Porque si la fe cristiana es confiable y verdadera, entonces también lo es el camino —las decisiones y acciones— del amor cristiano.

En términos prácticos, Francisco nos dice, esto indica que la justicia, el bien común y las relaciones humana no pueden ser fundados “en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo” (LF 51). Es significativo, sin embargo, que Francisco agregue que la fe cristiana tiene implicaciones de gran alcance en la primera institución natural: la familia. Aquí, el Papa dice que tiene en cuenta “en primer lugar”, “la unión estable del hombre y de la mujer” en el matrimonio.

A continuación, hace hincapié en “la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne y ser capaces de engendrar una vida nueva”, así como que “la generación de los hijos” es “manifestación de la bondad del Creador” y “recuerda tantos rasgos de la fe” (LF 52).

Es difícil evitar la conclusión de que Francisco está enviando algunos mensajes muy directos a un mundo occidental que, bajo su sofisticada apariencia, ha perdido de vista la verdadera naturaleza y fines del matrimonio.

Tampoco Francisco duda en destacar lo que sucede en la ciudad terrena, cuando la verdadera fe cristiana desaparece de nuestro horizonte. “En la ‘modernidad’ se ha intentado construir la fraternidad universal entre los hombres fundándose sobre la igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir”. (LF 54).

Eso recuerda mucho los temas explorados en un libro titulado Hermandad Cristiana escrito en 1960 por un sacerdote, Joseph Ratzinger. Aquí el joven teólogo alemán argumentó que diversos movimientos como el marxismo representaron secularizaciones de la concepción cristiana de la humanidad como un conjunto de personas que gozan de la misma dignidad como hijos de un mismo Dios.

Ratzinger llegó a la conclusión de que faltándoles considerar el Amor Divino, estas visiones secularizadas sólo podían producir pesadillas, como los regímenes comunistas criminales que alguna vez dominaron Europa Oriental.

Y eso constituye un importante telón de fondo para concluir la meditación de Lumen Fidei sobre el problema perenne de la fe —el sufrimiento humano. Por supuesto que Dios no quiere el sufrimiento humano. Él simplemente lo permite. En parte porque es un efecto secundario del libre albedrío dado por Dios, y en parte con el fin de obtener el bien del mal.

Francisco parece tener este último punto en mente cuando dice que, si bien el sufrimiento no puede ser eliminado, “puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor” (LF 56). San Francisco de Asís y la Beata Madre Teresa, señala Francisco, “han recibido luz de las personas que sufren”. (LF 57). Esa es una advertencia útil contra la excesiva intelectualización de las formas de Cristo para comunicarnos su verdad. Pero también es la voz de uno que ha pasado miles de horas entre los pobres de Buenos Aires.

Lamentablemente, hay muchos que hoy sufren precisamente porque profesan la fe cristiana. En muchos países, pero sobre todo el Medio Oriente, los cristianos (en su mayoría católicos y ortodoxos) están siendo perseguidos, exiliados e incluso asesinados por su fe. Según algunas estimaciones, 100,000 personas murieron en 2012 por causa de su cristianismo. Eso es 8,500 al mes, o casi 1,900 a la semana, o 273 cristianos cada día.

La palabra griega que se usa en los evangelios para “testigo” es martus. Y la palabra griega que significa “testimonio” es martyrian. Esto no es una coincidencia. Como la vida misma, dar testimonio de la fe cristiana, Francisco enseña, no es un esfuerzo gratuito.

Pero como el párroco del mundo nos recuerda, esto debería decirnos algo más: que la fe cristiana es de hecho “el inconmensurable tesoro” (LF 7) que, combinado con la esperanza y el amor, “nos proyecta hacia un futuro cierto” (LF 57) .

Y la alegría de esa fe, yo diría, vale todo el riesgo en el mundo.

 

Nota del Editor

Más ideas sobre el Papa en ContraPeso.info: Francisco. Sobre el anterior, en ContraPeso.info: Benedicto XVI. Otras columnas del autor, en ContraPeso.info: Samuel Gregg.

La genialidad de la columna está en el contraste que existe entre la imagen mediática del Papa Francisco, creada por criterios noticiosos, y la realidad que se obtiene de él leyendo, por ejemplo, Lumen Fidei. Para los medios, en lo general, la Iglesia Católica es como un organismo político que se espera sea movido por las tendencias del momento en busca de popularidad, exactamente lo opuesto de lo que es.

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