Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dos Proteccionismos
Eduardo García Gaspar
30 enero 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La frase es contundente. Es de George Gilder, en un libro de hace ya tiempo.

Se tituló, El Espíritu de la Libre Empresa.

Allí puede leerse que “De ordinario, el proteccionismo es el refugio del negocio que va para abajo”. Tiene razón.

Limitando o anulando a la competencia, los negocios pueden alargar su existencia.

Veamos esto más de cerca. Para una empresa, el medio ambiente ideal es ese en el que no existe competencia, en el que nadie más ofrece productos sustitutos al suyo y, además, ese producto es vital.

Tome usted a Pemex como un ejemplo legendario de esto. Ofrece productos vitales, petróleo, gasolinas y similares. Por ley nadie más puede hacerlo. La empresa puede darse lujos que no podría gozar otra empresa con competidores.

¿Como obtener esa situación de privilegio? Dos maneras centrales.

La más obvia es la de crear una protección contra competidores. Digamos que usted tiene una empresa televisora y quiere tener la buena vida que da la ausencia de competencia. ¿Qué hacer? El camino tradicional y acostumbrado es ir con el gobierno y convencerlo de algún modo de que prohiba que se establezcan más televisoras.

¿Cómo convencer al gobierno de eso? Por supuesto usted no va al gobierno y dice que eso le producirá más ganancias y le proporcionará una vida más cómoda. Ni que su empresa, que está en mala situación, sólo puede sobrevivir si le quitan competencia.

No sería políticamente correcto decir esas cosas. Hay que ser más sagaz.

Usted argumenta que, por ejemplo, si su empresa quiebra, se perderían empleos. O que si viene competencia del extranjero se perdería soberanía. Estas cosas suenan mucho mejor y hasta pueden justificarse con números.

Más en lo oculto, usted puede crear alianzas de apoyo mutuo. Una televisora que apoye al gobierno, por ejemplo, sería una buena forma de pagar la protección contra competencia que se le pida.

Las cosas comienzan a ponerse interesantes en este momento, por una razón. Es aquí cuando entra en juego una variable emocional extrema, el nacionalismo y sus variaciones como las ansias de soberanía y demás. Esto cambia las reglas del juego.

Ya no son una serie de razonamientos fríos de beneficios y costos, sino una serie de emociones vagas y sentimientos veleidosos que son útiles a quien busca la protección contra competencia.

Por consiguiente, el proteccionismo puede definirse como una política económica, aplicada por el gobierno, que frena la competencia de una o más empresas. En el caso clásico, lo que se impide son las importaciones de productos competidores.

Como en México hace años, se prohibió la importación de autos para proteger a las productoras locales.

Pero puede haber una variante, la de proteger a una empresa específica contra competencia no sólo internacional, sino nacional. De nuevo, en México, Pemex es un ejemplo tradicional. Aún una empresa mexicana no puede, por ley, producir bienes que le compitan a Pemex.

Al inicio dije que hay otra forma de protegerse contra la competencia. Es muy distinta a la anterior. De la manera tradicional, se va con el gobierno y se le convence que de tome medidas que impidan que otros ofrezcan productos competitivos, que sean mejores o más baratos.

De la manera no tradicional, sin embargo, usted puede protegerse de la competencia con buena probabilidad de éxito si es usted el que ofrece esos productos que son mejores y más baratos.

En lugar de ir con el gobierno y suplicarle protección contra competidores, la empresa crea esa protección por sí misma. Una protección que se fabrica ella misma con productos que los consumidores prefieran. Este método tiene una ventaja fantástica, eleva en nivel de vida de los consumidores. No está nada mal.

Bajo el otro método, en cambio, los consumidores sufren con productos malos y caros, que el fabricante no tiene incentivo alguno para mejorar. No hay más a quien comprárselos. El resultado usual es el que se tuvo en México, durante las épocas proteccionistas: contrabando de productos importados, como televisiones, y productos pésimos, como los automóviles fabricados localmente.

En fin, lo que quise apuntar es que hay otra manera de proteger a la empresa de su competencia, tener mejores productos que ella. No está mal. Todos salen ganando.

Post Scriptum

No es mala idea ir a la definición de proteccionismo.

Lo que aquí quise enfatizar además es que además de buscar la protección contra los bienes extranjeros, es posible también buscar la protección contra la competencia local nacional. Puede, por ejemplo, convencerse al gobierno de no dar permisos para más estaciones de televisión, o más bancos, o más telefónicas, o cementeras, o lo que sea.

Una curiosa variante del proteccionismo es la que se ha pedido para la industria cinematográfica mexicana. Entre las peticiones hechas al gobierno, se tiene la obligación de las salas de cine para dedicar una cuarta parte de ellas para exhibir películas locales. Podría haber otra manera, que las cintas mexicanas atrajeran más público, durante más tiempo y, entonces, les dedicarían incluso más que esa proporción.

El mecanismo proteccionista es fácil de percibir: una empresa o un sector económico pide al gobierno intervenir en su beneficio imponiendo costos en los demás.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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