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El Camino del Diálogo
Selección de ContraPeso.info
3 septiembre 2013
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

El título original de la columna es Pope Francis and the Catholic Way of Dialogue (El Papa Francisco y el Camino Católico del Diálogo)

Diálogo, diálogo, diálogo“.

Esta es, de acuerdo con Francisco, la respuesta que ofrece cada vez que los líderes del mundo le piden consejo acerca de cómo resolver las tensiones internas de sus sociedades.

Recientemente, frente a un grupo de grandes personalidades de Brasil sostuvo que este es el único camino para evitar las vías muertas a las que conducen lo que Francisco llama “indiferencia egoísta” y “protesta violenta”.

A lo largo del siglo XX la Iglesia ha ofrecido grandes ejemplos de cómo proceder en este camino. Un ejemplo de ello es la manera en que la Iglesia Católica actuó en Polonia.

Frente a la constante y a veces extrema provocación nunca cesó en su empeño por dialogar con el régimen comunista, a pesar del hecho de que la conversación muchas veces se realizaba con interlocutores de mala voluntad y que apoyaban un sistema político perverso.

Para muchos católicos, sin embargo, la palabra “diálogo” no goza de la mejor de las connotaciones.

Cuando algunos escuchan esta palabra inmediatamente se les vienen a la memoria nombres de teólogos de los años setenta, ochenta y noventa que aparentemente imaginaron que el diálogo exigía licuar o incluso negar algunas de las verdades centrales del pensamiento católico.

En algunos casos, los promotores católicos del diálogo no parecían siquiera entender que cualquier intento serio de diálogo con otros requería que los interlocutores católicos, de hecho, conocieran y creyeran la enseñanza de la Iglesia.

Incluso en la actualidad algunos católicos piden “más diálogo” para evitar, precisamente, la enseñanza católica porque, parece ser, han emprendido un camino de diálogo “más allá de Jesús”.

No obstante, si se mira más allá del pasado reciente, la verdad es que los católicos siempre se han relacionado con otras religiones y filosofías.

Los Padres de la Iglesia, por ejemplo, no dudaron en “saquear los despojos de los egipcios”. Ellos tomaron ideas y conceptos de fuentes no cristianas y los utilizaron para clarificar importantes puntos de la enseñanza de la Iglesia, incluyendo dogmas tan complejos como el de la Santísima Trinidad.

Esto nos sirve para recordar que la Iglesia entiende el diálogo como algo más que un simple medio para resolver tensiones sociales. El diálogo es también algo esencial para la misión evangélica de lo que Francisco denomina “cultura del encuentro”.

Porque el objetivo final de este tipo de encuentros no consiste simplemente en lograr un mayor conocimiento de las posturas ajenas. Tratamos de comprender las opiniones de los demás (a pesar de lo incoherentes que puedan ser) para profundizar en el conocimiento ─y difusión─ de la verdad que encuentra su plenitud en la fe Católica.

Existen, por supuesto, enormes riesgos asociados con el diálogo. Además, como todo hombre de negocios bien sabe, no todos los riesgos merecen la pena asumirse. En más de una ocasión el diálogo católico con el mundo moderno ha resultado ser estéril.

Algunos, por ejemplo, consideran el proyecto del teólogo jesuita Karl Rahner de reconciliar el catolicismo con la filosofía moderna alemana como un ejemplo de una conversación, finalmente, improductiva.

En su Historia de la Iglesia Católica (Ignatius Press, 2012), James Hitchcock sugiere que Rahner terminó “cada vez menos dispuesto a afirmar la doctrina clásica católica y cada vez más hostil hacia el ejercicio de la autoridad magisterial”. Seguramente, esto no es lo que la Iglesia quiere que surja como fruto del diálogo.

Sin embargo, existen ejemplos de diálogos fecundos por parte de los católicos, siendo uno de los más famosos el de San Pablo en su encuentro con los sabios atenienses en el Areópago.

El relato de San Lucas de este evento es muy conocido (Hechos de los Apóstoles, 17, 16-34). Pero lo que importa para nuestro propósito es la manera en que San Pablo se aproxima al diálogo con los atenienses.

San Pablo no comienza recitando el canon de la ley hebrea, mucho menos predicando a Cristo crucificado. En lugar de ello, él señaló a un punto de referencia ─el altar “al Dios desconocido”─, aceptable para ambas partes de la conversación.

A continuación, San Pablo hizo referencia a conocidos dichos de los estoicos para continuar con la discusión. Al hacer esto, exhibió sus credenciales como las de alguien que se había tomado en serio los poderosos puntos de referencia presentes en la mentalidad griega ilustrada.

El punto significativo del ejercicio de San Pablo consistió en predisponer positivamente a su audiencia para que escucharan lo que quería transmitir.

Como se narra en los Hechos, San Pablo finalmente expuso los argumentos que le permitieron hablar de Cristo resucitado.

En este punto de la conversación muchos de los que escuchaban al Apóstol se mofaron de él. Otros evitaron seguir escuchándole, expresando un educado “otro día te oiremos hablar sobre esto”.

Con todo, algunos de los que le escucharon en Atenas continuaron haciéndolo y eventualmente se convirtieron la cristianismo. Más importante aún, Pablo sentó las bases para el intercambio continuado entre el cristianismo y la sabiduría antigua, que sigue dando frutos en la actualidad.

No obstante, esta no fue la única característica del diálogo existente entre el cristianismo primitivo y la cultura grecorromana. También supuso explicar, mediante palabras y hechos, la convicción de la Iglesia de que muchas de las creencias y prácticas paganas eran absurdas, perversas o ambas cosas a la vez.

Esto incluía, entre otras, la censura de acciones como el aborto, el infanticidio, la consideración pagana de la mujer como un ser esencialmente inferior al hombre y el rechazo a la cosmología del mundo antiguo de los dioses y las diosas.

En otras palabras, el modo católico de dialogar nunca ha significado renunciar a los principios fundamentales de la fe y de la moral católica.

El objetivo es escuchar y conversar con otros con el objeto de promover la verdad que los católicos creen es revelada definitivamente por Cristo y confiada a Su Iglesia. Esto significa que a veces los católicos deben interpelar las creencias de sus interlocutores ─aunque de un modo respetuoso y luego de haber hallado un punto de partida común para la discusión.

Así, el católico puede decir, por ejemplo, al marxista convencido: “Sí, tienes razón. El hombre moderno parece estar alienado de su mundo. Pero la razón de esa alienación no reside en su relación con los medios de producción. La alienación se deriva, en última instancia, de la falta de amor”.

Este tipo de argumento fue introducido por Karol Wojtyla en sus escritos filosóficos.

Del mismo modo, el católico puede decir al libertario: “Sí, tienes razón. Muchas personas están dispuestas a permitir que se sacrifique la libertad en aras de una nivelación total igualitaria. Pero tú no puedes ofrecer una visión coherente de la libertad apoyada en el hedonismo, el escepticismo y el utilitarismo”.

Un ejemplo contemporáneo de este modo más fructífero de dialogar, me animo a sugerir, se encuentra en nuestro pontífice emérito, Benedicto XVI. Tomemos, por ejemplo, el modo en que aborda los asuntos relacionados con el problema ambiental.

Mucho antes de ser elegido Papa, Joseph Ratzinger vio el elemento positivo que anidaba en la preocupación acerca de la amenaza (real o imaginaria) que sufre el planeta tierra.

Sin embargo, luego de coincidir con esa preocupación (algunos incluso llegaron a apodarlo como “el Papa verde”), Ratzinger interrogó a esas mismas personas preguntando por qué parecían ser indiferentes ante las violaciones de lo que denominó la “ecología humana”.

Dicho de otra manera, si te preocupa el mundo natural (la ecología) y quieres protegerlo de la destrucción azarosa, ¿no deberías estar al menos de igual preocupado respecto de los intentos por hacer que sociedades enteras vivan en contra de los principios de la ley moral natural que, al fin y al cabo, como afirma San Pablo, está grabada en la misma razón humana?

Que el Papa Francisco comparte este modo de entender el diálogo parece evidente a la luz de estas poderosas palabras pronunciadas ante un grupo de jesuitas durante su reciente (y de escasa difusión) homilía con motivo de la fiesta de San Ignacio de Loyola:

“Cristo es nuestra vida. A la centralidad de Cristo corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo si no en la Iglesia y con la Iglesia. Y también en este caso, nosotros los jesuitas y toda la Compañía, estamos por decirlo así ‘desplazados’, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia, la esposa de Cristo Nuestro Señor, quien es Nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica (cfr. EE, 353).

“Ser hombres radicados y fundados en la Iglesia: así nos quiere Jesús. No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos de búsqueda, caminos creativos, sí, es importante; ir hacia las periferias, a muchas periferias. Por esta razón la creatividad es vital, pero siempre en comunidad, en la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir hacia adelante. Servir a Cristo es amar a esta Iglesia actual y servirle a ella generosamente y en un espíritu de obediencia”.

En el siglo XVI, gigantes jesuitas de la talla de Matteo Ricci viajaron a lo que en verdad era la periferia del mundo conocido en ese entonces por los europeos.

Ricci rápidamente se dio cuenta que la civilización que encontró en China era la de una sociedad altamente sofisticada. En consecuencia, se preocupó por aprender el idioma chino y dedicó una energía considerable a explorar la literatura y la filosofía chinas. Gran parte de esto exigió el diálogo con eruditos expertos en el confucianismo.

No obstante, Ricci nunca perdió de vista el objetivo final de aquel encuentro y diálogo. La famosa obra de Ricci El Verdadero Significado Del Señor de los Cielos, sin duda destacó paralelismos entre el catolicismo y el confucianismo.

Pero el libro de Ricci no era simplemente un ejercicio en filosofía comparada. Su propósito fue abrir las mentes chinas a pensar la posibilidad de que la totalidad de la verdad se encuentre en el Catolicismo.

Y esto tiene sentido si, como afirma Francisco, Cristo es nuestra vida. Pues ¿por qué motivo no habríamos de querer que otros compartan la plenitud de esa vida?

Sí, existen peligros para cualquier diálogo. Pero si no se pierde de vista el verdadero fin del diálogo y si tenemos fe en la verdad del catolicismo, seguramente no tendremos nada de que temer.

Nota del Editor

Nota: La traducción del artículo original Pope Francis and the Catholic Way of Dialogue publicado por Crisis Magazine, el 14 de agosto de 2013 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina para el Acton Institute.

Esta página ha dedicado varias columnas al Papa Francisco. Conocerlo, lo más profundamente posible, evitará los riesgos de las noticias generalmente superficiales de muchos medios dominantes.

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