No siempre sucede. Quizá sea la excepción.

Pero hay ocasiones en las que las conversaciones comunes se vuelven poco comunes.

Dejan de tener el contenido trivial que las hace poco memorables. Dejan un recuerdo que es más bien inquietud, quizá incluso mezclada con placer.

Años después, siguen presentes en la memoria.

Un ejemplo de esas excepciones. Hace ya tiempo, una persona expresó una inquietud razonable. Dijo que le preocupaba una posibilidad, la de que sus seres queridos no se salvaran.

“Salvarse” en el sentido cristiano de llegar al Cielo. En la superficie puede sonar irrelevante, pero no lo era para esa persona, una mujer católica muy creyente.

La situación puede ser explicada con facilidad. Después de esta vida terrenal, dependiendo de nuestras acciones, podremos tener una vida sin fin en el colmo de la felicidad junto a Jesucristo.

Muy bien, aceptemos eso de momento y pensemos en una situación posible. La felicidad eterna y completa de esa mujer en el Cielo quizá no sea posible si su esposo, por ejemplo, no está junto a ella.

Es una inquietud humana muy comprensible. Uno tiene en esta vida seres amados, como la esposa y los hijos, por usar los ejemplos acostumbrados.

Uno alcanza el Cielo, pero quizá no uno de los hijos. ¿Puede realmente haber felicidad eterna sabiendo que ese hijo no ha llegado al Cielo y está allí mismo junto a uno? ¿O una hermana, o los padres, o la esposa?

Ese fue el tema de la conversación. Aún lo recuerdo con cierta viveza. La inquietud tiene sentido, al menos en nuestra situación humana.

¿Cómo entender la felicidad propia, eterna, total, si sabemos que alguien a quien amamos no está también allí, gozando de la misma felicidad. Esa sensación, puede argumentarse, no hará posible la felicidad absoluta que el Cristianismo promete. ¿O sí?

No quiero meterme en problemas teológicos, de los que poco conozco. Sólo ofrezco unas consideraciones derivadas de lo que he leído y fruto de mis propias reflexiones. Si algún experto en el tema quisiera exponer sus interpretaciones, ello sería en extremo bienvenido.

Primero, la felicidad celestial. Me parece claro que ayuda a entender el problema el pensar en dos formas de entender la felicidad.

Una es la nuestra, la otra la de Dios. No son iguales, no pueden serlo. La nuestra es mucho más limitada que la divina. De esto saco una conclusión propia: el Cielo, la felicidad que en él se nos ofrece es de tal intensidad, tan completa y total que nada más importa.

Hay una buena pista para entender esto en San Marcos (12, 18–27). Se le plantea a Jesús una situación extrema. Una mujer casada queda viuda, sin hijos. Según la ley, el hermano del muerto debe casarse con ella y lo hace, pero muere también. Sucede lo mismo un total de siete veces. Una vez en el cielo, ¿de quién será ella esposa?

La respuesta de Jesús apunta a esa diferente concepción del Cielo que tenemos. Dice,

“¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo… Ustedes están en un grave error”.

No lo comprendo bien, pero eso de ser como ángeles en el cielo me deja con la idea de que el Cielo debe ser muy distinto a lo que puede imaginar mi mente humana.

Segundo, la inquietud terrenal. Aún aceptando lo anterior, nuestra naturaleza humana no deja de inquietarse ante la posibilidad de que si somos creyentes, algunos de nuestros seres queridos no alcancen el Cielo y uno sí llegue.

La inquietud es real. La preocupación tiene sentido, incluso sabiendo que una vez en el Cielo seremos como ángeles frente a Dios, cuando ya no existirán los criterios de este mundo.

Y esto es lo que hace que las cosas se pongan interesantes. Es algo que leí hace poco tiempo en un libro que ya no recuerdo.

Allí se decía que esa preocupación por tener a los seres que amamos junto a nosotros en el Cielo, no sea aplicable estando ya allá, pero mientras estemos aquí, ella nos mueve a tratar de persuadirlos de seguir el camino que los llevará al Cielo. No está nada mal esa idea. Se trata de decirles que queremos estar junto a ellos en el Cielo, que no queremos que nos dejen ir solos.

Ella justifica la tarea misionera, la de salvar tantas almas como sea posible, ahora mismo, en esta tierra.

En fin, hay conversaciones triviales que no dejan huella. Y las hay que hacen pensar. Quizá la diferencia entre ellas se deba a las consecuencias que sus temas tienen en nuestras vidas.

Post Scriptum

Hay en esta columna y en otras clasificadas en ContraPeso.info: Conversaciones, una cierta turbación y quizá hasta congoja por la pérdida actual del sentido de lo importante en la vida, de eso que trata lo que somos.

Las conversaciones, no tienen todas que ser sobre los más elevados temas, pero sobre todo no tienen ellas que ignorarlos todos. Véase, Filosofía; Deporte Extremo.

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