dilemas

El dilema de respetar opiniones o personas. Las personas son todas dignas de respeto y ese respeto es lo que implica la obligación de ayudarlas cuando sus opiniones pueden ser mejoradas

«Demuestra respeto por las opiniones ajenas, jamás digas a alguien que está equivocado», Dale Carnegie

La visión estándar

Decir que las opiniones son respetables —todas ellas— es una de las frases más repetidas cuando se enfrentan opiniones diferentes. Sin embargo, la norma de respetar las opiniones ajenas es demasiado vaga y, por eso, presenta un dilema.

¿Se tiene la obligación de respetar todo lo que digan los demás? La única manera de contestar una pregunta tan poco específica es responder, sí y no, todo depende.

La omisión de «respetar opiniones»

La solicitud de respeto y tolerancia expresada así olvida que hay dos elementos en toda opinión.

  1. La opinión misma de la persona
  2. La persona independiente de su opinión

En lo que sigue examino esto de manera analítica.

Respetar opiniones o personas, el dilema

¿Existe una obligación de respeto generalizado a la expresión de opiniones? Hay dos respuestas posibles.

Respetar a la otra persona

Si el respeto se dirige a la persona que ha expresado la opinión, la respuesta es positiva. Sí se le debe tener respeto a ella, es decir, debe ser tratada como uno quisiera serlo al expresar la propia.

Es un asunto de simple lógica que se relaciona con la persona en sí misma. Es lo que lleva a la norma de comportarse correctamente con quien expresa sus opiniones —y prohibe, por ejemplo, agarrarla a golpes, insultarla, amenazarla.

Es lo que manda a la cortesía y la amabilidad. La persona que expresa una opinión debe ser tratada con amabilidad y respeto independientemente de la opinión que exprese.

Respetar a la opinión ajena

Si el respeto se dirige a la opinión en sí misma, desligada de la persona, no hay una obligación de respeto en el sentido de considerarla honorable, distinguida, ni calificada —si es que no lo es.

Una opinión errónea, equivocada, mal sustentada, no es respetable en sí misma. Respetar esa opinión es considerarla valiosa, cuando no lo es —una posibilidad que lleva a considerar si se debe corregir el error o dejarse existir.

Dos guías de respeto

De lo anterior surge una más útil guía de conducta que el simplista pedido de respeto a las opiniones ajenas. Las personas merecen respeto, el mismo que uno esperaría de otros.

Pero las opiniones ajenas, eso es otro asunto, ellas están sujetas a ser examinadas, cuestionadas, estudiadas, declaradas ciertas o mostradas falsas. Hacer esto no es tener malos modales ni dejar de respetar a los demás.

Poner en tela de juicio a las opiniones propias y ajenas es parte de la naturaleza humana, un instrumento de avance y progreso. Basta pensar en la idea de respetar la opinión de que la tierra es plana.

La idea de respetar la opinión errónea de otros ha sido tomada como una modalidad de la buena educación. Una frase muestra esta equivocada opinión:

«He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro». J. Saramago

Se trata de respetar a la persona, pero no necesariamente a sus opiniones.

La realidad es compleja

El dilema de respetar a las personas y sus opiniones tiene más complejidad de la que aparenta. Visto más de cerca, merece una solución más seria que la de el respeto generalizado a la opinión ajena.

La complejidad es consecuencia natural de una posibilidad, la del error ajeno. ¿Qué hacer cuando la opinión del otro es errónea o puede ser mejorada o merece ser enriquecida?

Según el autor de la frase anterior, debe dejársele como está, sin siquiera intentar ayudarle en nada. Eso, me parece, es demasiado indiferente e insensible.

El principio que creo que debe dominar es el de ayudar a otros —una consecuencia de la caridad y la compasión. Si se ayuda monetariamente a un pobre, es difícil justificar que no se ayude a quien está en el error, o necesita ayuda, información, evidencias, razonamientos.

A ese principio general de ayuda, sin embargo, debe agregársele otro igual de importante —me refiero a la prudencia, la que podrá hacer en ciertos casos dejar en el error al otro, o buscar un momento posterior para hablar, o cualquier otra posibilidad que sea juiciosa.

El peligro explícto

Mi preocupación es la indiferencia a la que por necesidad lleva la exaltación desmedida de la tolerancia que pide respetar toda opinión indiscriminadamente.

Creo que este peligro está bien representado en la cita siguiente:

«El respeto hacia los demás incluye el derecho a tener opiniones y valoraciones diferentes, el respeto hacia la pluralidad. Vive y deja vivir. No tenemos derecho a juzgar a los demás, entre otras razones, porque no disponemos de toda la información». Carlos Benítez Villodres.

Una afirmación que ignora el respeto a la otra persona y, por eso, el deber de ayudarla si uno puede hacerlo.

En resumen

Sobre el dilema de respetar opiniones y personas conclusión es posible obtener tres conclusiones claras y razonables:

  • Debe respetarse a la persona que expresa una opinión.
  • Eso no significa que su opinión sea valiosa, ni digna de respeto, ni correcta.
  • Hace surgir la obligación de ayudar a la persona a mejorar su opinión.
  • Realizar esa ayuda de manera amable y educada.

La situación de una persona que expresa una opinión errónea o incompleta pone sobre la mesa un dilema —el de si existe la obligación de corregirla, de hacerle ver su error o posibilidad de mejora.

Es mi creencia que sí existe y que esa obligación está justificada por el respeto que se debe a la persona, que significa el deber de ayudarla. Es decir, el mismo respeto que se tiene por la persona es lo que obliga a ayudarla si es que uno puede hacerlo.

Lo que digo es que cuando se explica a la otra persona su error, existen obligaciones de buen trato, urbanidad, sustentación lógica y razonamiento claro —incluyendo la posibilidad, por prudencia, de abstenerse de corregir el error.

La preocupación central

Mientras que a todos parece un deber el ayudar a personas que se encuentran en pobreza, no a todos parece un deber ayudar también al que se encuentra en una situación lastimosa, como por ejemplo, al sostener una opinión errónea o al menos con necesidad de un punto de vista adicional.

Si hay una obligación de ayudar a otros, ella no está limitada a asuntos de ayuda material, también incluye asuntos de opinión.

Y a propósito, unas cosas más…

Sobre el tema, conviene ver:

Bonus track: más sobre el dilema de respetar a las personas y a sus opiniones.

Confrontar la ignorancia

«Deja que las personas ladren, Sancho, que es señal de que cabalgamos, como dijo El Quijote». Así habló la persona y un par de las que escuchaban se quedaron imperturbables. No tenían la menor idea de qué significaba y no les importó.

En otra ocasión, varios escucharon a otro que decía «Espero que esa relación no termine como Romeo y Julieta». Los presentes, no todos, se quedaron con expresiones de interrogación mayúscula y tampoco les importó.

«¿Dónde te duele, en el omóplato?» le preguntó el doctor al joven que se quejaba de un golpe en la espalda. No sabía nada de ese hueso y el doctor tuvo que decir «¿Te duele aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí?». ¿El nombre del hueso no importa», dijo el joven.

«Haber k dia asta nos bemos» decía el texto que me mostró un amigo. «K arías si yo te corijiera tus escritos?», me contestaron una vez. ¿Debe uno corregir a esas personas?

El dilema de respetar personas y sus opiniones

Instancias de ignorancia de cultura general, de conocimientos básicos, como usted quiera llamarle. Simples piezas de información que en una expectativa razonable esperaríamos encontrar en el común de las personas.

¿Debe intervenirse para corregir esas opiniones? Este es el problema Y no es solo uno de analfabetismo cultural. Los hay de mayor calibre.

¿Qué hacer cuando hay opiniones con otro tipo de ignorancia?

«[Los jóvenes] resienten las demandas éticas de la “sociedad” como violaciones de su libertad personal. Creen que sus derechos como individuos incluye el derecho a “crear sus propios valores”, pero no pueden explicar lo que eso significa además del derecho a hacer lo que les plazca. Ellos parecen no entender que la idea de valores implica algún principio de obligación moral». C. Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy

El problema del desprecio

El dilema de respetar a las opiniones o a las personas fue bien solucionado arriba con las cuatro conclusiones señaladas. Lo que quiero apuntar es otro elemento, uno usual desafortunadamente.

El problema del desprecio del conocimiento recibido. Esa reacción que tienen demasiados cuando se les hace alguna observación acerca de sus opiniones. La ayuda recibida es desdeñada y menospreciada.

Entonces hasta aquí estoy tratando un problema general de ignorancia, de desconocimiento de cosas básicas de cultura general al que he unido el problema de ignorancia moral, pero que tienen un componente adicional: el desprecio del conocimiento ignorado.

La elección del ignorante

Cuando una persona emite una opinión que puede ser mejorada por otra, el receptor de la información tiene alternativas de reacción. Puede aceptarla, rechazarla, discutirla. Aquí me refiero a solo una de esas posibles reacciones.

El desecharla, ignorarla, desairarla. Es eso de decir, «da igual, no importa».

  • — ¿Sabes quién escribió El Quijote?
  • — Na, lo que sea, da lo mismo.
  • — ‘Ver se escribe con ‘v’ y no con ‘b’.
  • — ¿Y? Con que me entiendan, las reglas son absurdas.
  • — Ser libre implica aceptar responsabilidades.
  • — Tengo derecho a hacer lo que quiera y nadie me pone reglas.

Es la combinación de ignorancia y desinterés soberbio y que resulta en algo fatal: termina en la consagración del derecho a tener opiniones que sean respetadas enteramente, casi como dogmas

Y si alguien se atreve a ponerlas en tela de juicio, el ignorante reacciona como si se hubiera violado un derecho y se sintiera amenazado, declarándose atacado.

El problema de quien se mantiene en esa ignorancia soberbia es el haber dejado de pensar.

[La columna fue actualizada en 2020-01]