Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Factor Verdad
Eduardo García Gaspar
3 abril 2013
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Todos lo tenemos. Ese amigo que todo lo sabe.

El que opina sobre todo, aún así sea el tema más complicado.

No le teme a la Física Cuántica, menos aún a los asuntos de economía política.

Nada existe que escape a su conocimiento. Menos incluso a sus opiniones, las que suelen tener una total certeza.

Recuerdo varias situaciones de ese tipo. En una de ellas, la persona opinó que para elevar el progreso lo que el gobierno debería hacer era elevar el salario mínimo obligatorio al doble. Aumentaría así el poder adquisitivo.

Se preguntaba por qué nunca se atrevían a hacerlo. Otra recomendó emitir dinero para pagar infraestructura necesaria porque “un poco de inflación nunca lastimó a nadie”.

Por supuesto, el caso extremo de esta clase de persona es el que tiene el factor de explicación universal de las cosas, las conspiraciones. Para ella, todo lo que sucede es un complot que tiene los más oscuros orígenes en grupos poderosos que todo lo manejan a su entero placer.

En fin, creo que todos conocemos a esos tipos de personas, que son una especie de opinadores compulsivos de cualquier tema. Sean de economía, política, bioética, lo que sea, para ellos no hay un tema que no merezca una opinión suya, con total certeza.

Fue hace varios años que fui testigo de una de las lecciones que nunca he olvidado. Hablaba un economista, uno realmente conocedor. El tema era uno de índole bancaria. No recuerdo cuál exactamente.

Se le preguntó su opinión al respecto. Su contestación fue decepcionante para todos. Dijo, “No sé lo suficiente sobre el tema para opinar”. Casi inmediatamente, otro que no era economista, dio la suya. Y le siguieron otros.

Fue aleccionador. Hé ahí al experto que se queda callado porque reconoce que no sabe, y del otro lado, a quienes no pueden detener sus cuerdas vocales.

Fue una ocasión muy memorable. Una lección de humildad, virtud que escasea en personas que hablan demasiado. Una lección de otra virtud, la de saber decir, “No sé”. Sí, por supuesto recuerda eso de que “sólo sé que no sé nada”.

Con eso, me imagino, Sócrates se refería a una consecuencia de la sabiduría, el reconocer lo poco que se conoce. Y evitar el opuesto, creer que es mucho lo poco que se conoce.

Un caso de este tipo de situaciones es el que leí en un libro. El héroe de la historia es un ateo, enemigo del Catolicismo, que trató sobre la leyenda de que una mujer, por la Edad Media, llegó a ser Papa. Negó la veracidad de la historia y la calificó de pamplinas.

Lo que llama la atención a algunos es que eso dijo alguien quien podía usar esa historia para atacar a esa iglesia.

Es esto lo que bien vale una segunda opinión, lo que llamo “factor verdad”. Cuando el objetivo es encontrarla, las cosas cambian. Cambian para bien.

Otro ejemplo, el de un socialista convencido que criticó severamente a Fidel Castro acusándolo de totalitario. Otros socialistas lo acusaron de traidor a su causa. Les respondió, “No puede negarse la realidad de un régimen totalitario, que sea socialista no es excusa de crímenes”.

Cuando la verdad es lo que guía, las cosas pasan a otro plano. En una ocasión, un católico convencido trataba de librarse de las acusaciones de sacerdotes cometiendo abusos sexuales. Lo hizo argumentando razones realmente infantiles.

Otro católico, en cambio, las aceptó y reconoció al daño causado y propuso que esos sacerdotes fueran juzgados por la vía civil.

El problema en los terrenos de la opinión es doble. Por un lado tenemos la tendencia irresistible a opinar sobre todo, y que es muy irresistible en proporción a la carencia de conocimientos que se tenga. Este es un problema de falta de humildad, o de soberbia, como usted quiera verlo. Se remedia con la humildad que aumenta con mayor conocimiento.

Por el otro, es un problema de sesgo mental. Se tiende a favorecer a quienes coinciden con nuestras opiniones y perdonarles incluso las más graves faltas.

Un caso clásico es el del socialista que todo perdona al gobierno de Venezuela, así sea la más grande barbaridad. O el del fan de López Obrador en México que es incapaz de ver sus fallas.

En el centro de todo está el “factor verdad”. Si reconocemos que ella existe y que ella es eso detrás de lo que debemos ir, las cosas se facilitarán. Habrá todavía desacuerdos, pero se reducirá la soberbia y disminuirá la terquedad. Ya es ganancia.

Post Scriptum

Un caso diáfano se presentó recientemente. Una editorialista, Ximena Peredo, escribió que “No hay forma de comprobar que existe una verdad absoluta…” (Grupo Reforma, 29 marzo 2013). Es alucinante cómo puede cometerse el error de afirmar que no hay una verdad absoluta cuando esa afirmación es una verdad absoluta.

Este es el tipo de mentalidad que sólo logra cerrar neuronas. Es paradójico que en tiempos en los que tanto se alaba el diálogo, al mismo tiempo tanto se niegue a la verdad.

Por supuesto, me faltó una variable nueva y que altera la posibilidad de una conversación civilizada, lo políticamente correcto. Esta es una forma de censura, tan oculta como poderosa, que evita el encontrar la verdad o al menos intentarlo.

Una conversación civilizada debe tener al menos tres requerimientos que la harán un diálogo real:

• Conocimientos suficientes en quienes conversan. No necesariamente expertos, pero sí poseedores de un conocimiento razonable.

• Intención común de enriquecerse mutuamente con las aportaciones de cada uno, persiguiendo ambos la menta común de saber más, de acercarse más a la verdad.

• Un mínimo de educación y buenas maneras que evite insultos mutuos y esté abierto a aceptar razonamientos sólidos.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Verdad. También en ContraPeso.info: Conversaciones.

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