Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Es el Desequilibrio
Eduardo García Gaspar
27 febrero 2013
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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Es quizá el centro de casi toda discusión política. Incluso aunque no nos demos cuenta de ello.

Podemos conversar sobre los temas más detallados posibles, pero en el fondo la esencia es la misma.

Tome usted, por ejemplo, el tema de reformas fiscales en México.

Los detalles ocuparán toda la atención, sin permitir darnos cuenta del tema central de las discusiones al respecto.

O, por ejemplo, las diferencias en las ideologías de los partidos de cualquier país, cuando se hable de pormenores que se adueñan de la discusión, sin dejar ver el fondo de las cosas.

Sea de lo que sea que de política hablemos, su núcleo será la mayoría de las veces el enfrentamiento de dos ideas complementarias, que muchas veces son colocadas como contrapuestas.

La más obvia de esas ideas se refiere a la autoridad política. La segunda, mucho menos clara, se refiere al ciudadano. Bien vale esto una segunda opinión.

La primera idea, la que se refiere al gobierno, es la que pone atención en sus funciones y responsabilidades, incluyendo el poder que debe tener para que sea eficaz realizándolas y cumpliéndolas. Es claro que queremos un gobierno que funcione, que nos sirva, que sea una ayuda fundamental para vivir mejor.

La segunda idea, la que se refiere al ciudadano, es la que pone atención en sus derechos y libertades, incluyendo también al poder que éste tenga para hacer lo que él crea que le permita mejorar su vida. Es claro que queremos las personas realizar lo que nosotros deseamos, eso que nos hará felices hasta donde sea posible.

Las dos ideas tienen un común denominador que es fascinante, el del poder.

Es una cosa intuitiva para todos que el gobierno deba tener poder suficiente para cumplir con sus funciones. Aún en el caso de las personas más primitivas y primarias, esta idea existe. Ansiamos orden y seguridad y entendemos que sólo un gobierno puede crear ese ambiente de certidumbre.

Sin embargo, no es tan intuitiva la segunda idea, la de la libertad de la persona, la de su poder para actuar con autonomía por sí misma. En algunas culturas, sin embargo, la idea está arraigada. En otras, es menos evidente y más débil.

Creo que en México y, en general, Latinoamérica, la noción del poder de la persona no tiene la misma raigambre que la idea del poder del gobierno.

En el centro de toda discusión política, está el equilibrio de ambas ideas. Sí, el gobierno debe tener poder para actuar, pero no tanto como para anular las libertades del ciudadano.

Así, es posible identificar opiniones que se inclinan por diferentes niveles de desequilibrio entre esos poderes.

Los socialistas, por ejemplo, quieren un desequilibrio en favor del gobierno, no importa que el ciudadano pierda derechos y libertades.

Del otro lado, los liberales optan por un desequilibrio en el sentido opuesto: más libertades para el ciudadano, aunque eso signifique pérdida del poder del gobierno.

Hasta aquí, mi punto es simple: todas o casi todas las discusiones sobre política tienen en su raíz el tema del balance o equilibrio mejor entre esas dos ideas de dar poder al gobierno o al ciudadano.

A lo que añado otro punto, el de que por lo común esta raíz suele ser ignorada, lo que ocasiona una pérdida de posible riqueza en las discusiones.

Este otro aspecto está también en la raíz de las discusiones políticas: donde las personas tengan una escasa idea del valor de su libertad, sin mucho darse cuenta de ello, la perderán inclinándose por inercia a dar más y más poder al gobierno.

Latinoamérica, dije ya, me parece un caso de estos. En los EEUU, sin embargo, pueden verse los conflictos entre las diversas posturas.

No encuentro en Latinoamérica una mentalidad claramente liberal, por la que el ciudadano mismo sea un opositor a la expansión del poder gubernamental.

Las medidas liberales de algunos gobiernos de la región no se deben a una preferencia ideológica popular tanto como a una decisión gubernamental de optar por decisiones que funcionan mejor o que permiten remedios eficaces.

Finalmente, me parece que no es un asunto de encontrar un punto medio equilibrado y salomónico, sino uno de encontrar el punto que más se apegue a la naturaleza humana, el que más convenga a ella.

Y eso me dice que el mejor punto es el que se inclina más hacia un ser humano que es libre y que en libertad se realiza.

Post Scriptum

En otras culturas, como la europea de la actualidad, tampoco existe, me parece, una opinión pública arraigada que sostenga el valor del poder y la libertad ciudadana. Su élite política está encerrada en la miopía del estado de bienestar y no le es posible entender que existe también el poder de la persona, no sólo el del gobierno.

La idea puede casi presentarse como un principio aritmético: el poder que gana el gobierno lo pierde el ciudadano. Es exactamente el mismo punto de Albert J. Nock: todo aumento del poder del Estado es una disminución del poder de la sociedad.

¿Qué puede frenar la expansión del poder gubernamental? Una cultura liberal en la ciudadanía, que les haga valorar a su libertad como el mayor valor político que poseen. De lo contrario, las personas serán llevadas al sometimiento de su libertad. Y lo harán convencidas de que lo mejor que les puede suceder es eso, perder su libertad.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: División Del Poder.

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