Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Eso que el Tirano Odia
Eduardo García Gaspar
8 febrero 2013
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La idea no es precisamente popular. Al contrario.

Va, además, en contra de lo políticamente correcto. Y, sin embargo, es algo que debemos recuperar.

Algo de lo que depende nuestro bienestar, nuestra defensa de la libertad.

De ella depende en gran parte el evitar caer en la tiranía.

No es una idea simple. Por eso merece la pena ir a lo escrito por un buen tipo, Tocqueville. En su célebre libro, de mediados del siglo 19, dijo que, “De las barreras que detenían a la tiranía, ¿qué nos queda hoy?”

El tema es el expuesto, el de las maneras para detener al gobierno déspota.

Continúa el mismo autor,

“Habiendo perdido la religión su imperio sobre las almas, la barrera más visible que dividía al bien y al mal; todo parece dudoso e incierto en el mundo de la moral; los reyes y los pueblos caminan al azar y nadie podría decir dónde están los límites naturales del despotismo y los linderos de la licencia”.

La idea vale oro y bien vale una segunda opinión el ponerla de nuevo en la mesa de discusiones. Tocqueville es muy claro: la religión es como una brújula que de manera sencilla y comprensible nos sirve para distinguir lo bueno de lo malo.

Por tanto, sin religión se pierde el rumbo y con esa pérdida se encuentra con facilidad al despotismo, a la tiranía.

Cuando la moral se torna insegura, dubitativa, la libertad no encuentra caminos y la conducta de las personas va de un lado a otra, sin sentido ni dirección. ¿Cómo impedir el despotismo sin religión? ¿Cómo cerrar la puerta a la tiranía sin saber qué es lo bueno y qué es lo malo?

Sigue su escrito,

“Largas revoluciones han destruido para siempre el respeto que rodeaba a los Jefes de Estado, descargados del peso de la estimación pública, los príncipes pueden desde ahora entregarse sin temor a la embriaguez del poder”.

Sin posibilidad de establecer los límites a lo malo, el exceso de poder es imposible de condenar. No puede ya reprobarse al tirano, ni al déspota.

En resumen, la idea es sencilla de comprender. Sin la ayuda de la religión se pierde el sentido de lo bueno y de lo malo. Sin ese sentido, todo es posible y eso abre la posibilidad a la tiranía puesto que nada existe ya que la califique de injusta e indebida.

Es fascinante ver la oposición de esta idea a la tesis políticamente correcta.

Fue una idea de la Ilustración que las personas educadas y liberadas de dogmas religiosos, se superarían ellas mismas hasta ser ciudadanos ejemplares, justos y virtuosos. Desafortunadamente no fue así. La realidad lo prueba.

Anulada la principal fuente de la moral, la persona no se liberó, solo dejó de tener rumbo. Se perdió en un mundo a la deriva en el que nada es reprobable.

¿Por qué? La inmensa mayoría de las personas no tenemos capacidad para descubrir por nosotros mismos los principios de la moral, de lo bueno y lo malo. Tendríamos que descubrir cada uno la Ética de Aristóteles, los Diez Mandamientos, y el resto de virtudes y vicios.

No tenemos esa suficiencia. Tenemos que recurrir a fuentes externas que nos ilustren al respecto. O bien a convertirnos en nuestros propios moralistas, el self-authorization como le llama Charles Taylor en su libro.

Y la religión es la principal fuente de la moral (Tocqueville alude al Cristianismo). Es allí que las personas pulen su conciencia y encuentran de manera sencilla preceptos que guían sus actos, eso que les dice que “todo lo pueden hacer, pero no todo lo deben hacer”.

Sin esta fuente de moral se pierde la frontera entre el bien y el mal. Se termina pensando que “todo lo puedo hacer, nada hay que no deba hacer”.

Y eso es lo que preocupa a Tocqueville, el gran defensor de la libertad, como a casi todos los que la defendemos.

Sin un sentido de lo bueno y de lo malo, el ciudadano se abandona a conductas laxas que ningún provecho producen y el gobernante se va hacia la única moral que le conviene, la voluntad del poder (la idea de Nietzsche). Ya nada hay que frene al poder, el poder se eleva al principio moral por excelencia.

Esta es la paradoja de nuestros tiempos. Quienes suponen que sin religión nos liberaremos para ser mejores, no saben que sin moral caeremos en la tiranía y el despotismo.

Tienen razón quienes al contrario, piensan que el sentido moral que las religiones crean es la mejor defensa que puede hacerse en favor de la libertad.

Después de todo, nada hay tan odioso para el tirano que la moral que no puede dominar.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Vacío Moral.

La afirmación de que la moral religiosa es una defensa de la libertad personal de seguro parecerá incomprensible al partidario del laicismo, pero es real y cierta: la moral religiosa es un poder independiente del gobierno, una forma de fragmentar el poder estatal. Sin la moral religiosa, el poder moral se añade al poder político y el gobierno se convierte en una nueva iglesia, ahora con poder físico.

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