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Esperanzas y Temores
Selección de ContraPeso.info
2 enero 2013
Sección: Sección: Asuntos, SOCIEDAD
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Actos Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es The Hopes and Fears of All the Years.

La idea central del escrito es quizá darse cuenta del significado de tener hijos, yendo más allá de lo usualmente mencionado. Y, especialmente el caso de quienes deciden no tener hijos por causas económicas o de los males de nuestros tiempos.

En algún momento, tarde o temprano, todos los nuevos padres experimentan ese momento cuando se dan cuenta de que esa pequeña nueva vida es su propia responsabilidad. Puede ser un poco surrealista.

Sostener en los brazos a su pequeño, impresiona como un gran regalo se uno ha recibido, un regalo que trae consigo responsabilidades importantes y que alteran la vida. A mí, que soy un poco lento de entendederas, me tomó algunas semanas darme cuenta de que no sólo era capaz, también me permitió abrigar a mi hijo pequeño en su asiento del coche y sacarlo de casa para hacer mandados.

Para las madres como María, me imagino que el darse cuenta llega un poco más temprano. ¡Qué mañana debe de haber sido el día después del nacimiento de Jesús!

¿Se despertaron los padres después de la emoción de la noche anterior con el llanto del bebé recién nacido? ¿Les pareció como un sueño el milagro de la noche anterior? ¿O estaban demasiado emocionados para dormir en absoluto, en lugar de pasar la noche observando con atención a su hijo dormitar tranquilamente?

Al igual que el día de mi boda, recuerdo sonreír tanto con el nacimiento de mis hijos que mi cara realmente dolía.

Existe una discusión significativa y continua sobre el significado del matrimonio y de la familia en la sociedad actual, así como una preocupación seria sobre las tendencias económicas y demográficas.

Estos temas son oportunos e importantes, pero una de las enseñanzas perennes que debemos tomar desde el nacimiento de Jesucristo es que Dios ha hecho una inversión extrema en este mundo. Su cuidado, hasta el punto de enviar a su Hijo a nacer, vivir, morir y resucitar, nos proporciona un modelo para tratar a nuestras propias esperanzas y temores en un mundo que tan a menudo se llena de desesperación y oscuridad.

Una de las preocupaciones comunes que impulsa a los futuros padres a posponer el tener hijos es económico, específicamente el no tener los recursos financieros para apoyar a una familia creciente. Esta es una preocupación que se ha tenido siempre que han existido familias.

La queja era frecuente en tiempos de Martín Lutero, y él lo llamó “el mayor obstáculo para el matrimonio”. Lutero, quizás en uno de sus momentos menos pastoralmente sensibles, no dio mucha importancia a tales preocupaciones, sino que denunció esta objeción como mostrando “la falta de fe y la duda de la bondad de Dios y la verdad”.

Después de todo, argumentaba él, el matrimonio y la familia son ordenanzas de la gracia de Dios, y alguien tentado a dudar de que Dios provee a las personas en esta situación en su lugar debe darse cuenta “en primer lugar, que su estado y ocupación son agradables a Dios, en segundo lugar, que Dios ciertamente lo proveerá si sólo hace su trabajo lo mejor que pueda”.

Es un viejo adagio, y sin embargo, cierto, que si esperas a tener hijos hasta que te lo puedas permitir, entonces nunca los tendrás.

Tener hijos es, en este sentido, fundamentalmente un acto de esperanza fiel frente al a veces abrumador temor del desquebrajamiento y la corrupción de este mundo. No necesitamos ir muy lejos ni mucho tiempo para ver ocasiones impresionantes de sufrimientos y males humanos.

Fue justo en medio de este embrollo de decaimiento aparentemente sin esperanza que nació el Niño Jesús. Así, el clásico villancico, O Little Town of Bethlehem suena a verdad. “Las esperanzas y los temores de todos los años se cumplen en ti esta noche” (The hopes and fears of all the years are met in thee tonight).

Dónde el mal nos deja sin palabras, Dios habla la Palabra de esperanza y salvación.

De la misma manera en que Dios envió a su Hijo a través del poder de su Espíritu para vivir, trabajar y morir en medio del polvo, la suciedad, el barro y la suciedad de este mundo, a nosotros también se nos manda “sed fecundos y multiplicaos” (Génesis 1:28), en paciente espera y esperanza en los propósitos de Dios en este mundo.

En la medida en la que eludamos esta llamada, no queriendo mancharnos con los problemas y preocupaciones de la paternidad, eso muestra una carencia fundamental de fidelidad y esperanza, o como Lutero lo expresa, es la evidencia de un pueblo que “confía en Dios mientras no lo necesita y está bien abastecido”.

Arthur Brooks, presidente de la American Enterprise Institute, lo expresó de esta manera en una conferencia a principios del año pasado:

“A medida que se vaya más allá de un cierto nivel de prosperidad, no va a ser rentable tener hijos. Si usted no tiene creencias que trasciendan su vida usted ya no tendrá más [niños]“.

Brooks describe en su lugar a una sociedad en la “que la gente se dedique a un fin más elevado, sobre todo a Dios”, y en la que por tanto

“la gente seguirá viviendo en la próxima generación. El futuro de una sociedad próspera depende de un montón de cosas, pero la divisa fundamental del éxito de cualquier sociedad es la gente, son los seres humanos. Cuando dejas de tener seres humanos, tu vida es limitada y tu prosperidad está condenada”.

No todo el mundo está llamado a tener hijos propios, por supuesto. Dios tiene un plan para cada individuo, así como él tiene pautas sobre el arreglo del matrimonio y la familia. Pero como cristianos en una sociedad muy amplia, estamos llamados colectivamente a promover la causa de la vida y el florecimiento.

Para muchos eso significa tener hijos en un hogar comprometido de dos padres. Para otros, significará la lucha de la monoparentalidad. También, para muchos significará la adopción e integración de quienes necesitan padres en un hogar lleno de amor, una forma particularmente poderosa de modelar el amor de Dios.

Para aquellos que no los tienen o que no quieren tener hijos propios, significa ofrecer su apoyo a las personas en sus propias familias y comunidades que tienen y crían niños.

Pero, clave de todo esto es el reconocimiento del lugar críticamente importante que las familias y los niños juegan en la salud general de una sociedad, y por lo tanto la importancia que tienen para la obra de Dios en este mundo.

“De generación en generación y de siglo en siglo”, escribió el teólogo holandés Herman Bavinck, “la lucha contra el pecado debe ser continuada, y el alimento espiritual y moral debe empezar de nuevo con cada persona.”

Dado el complejo de relaciones en el que cada uno nacemos, la familia es el baluarte de la civilización en este sentido, y sobre esa base Bavinck expresó la esperanza de que “desde la familia hacia el exterior una vez más se extenderán a través de toda la nación bendiciones y prosperidad”.

Esta es la esperanza que también nosotros debemos compartir con temor y estremecimiento, mientras hace eco a través de los siglos desde que el pequeño pesebre en Belén.

Nota del Editor

Durante meses he luchado para el desarrollo de una columna que examine el caso de matrimonios nuevos que deciden no tener hijos, especialmente por motivos económicos o por causas que engloban una percepción de gran maldad en el mundo.

Son los casos de “no tendré dinero para sostener un hijo” y “no merece nadie nacer en este mundo tan lleno de perversidad”.

La columna de J. Ballor da ideas sobre cómo entender esos casos de negarse a tener hijos. Y la respuesta esencial me parece una respuesta rica: sólo habiendo perdido el significado de lo que significa tener hijos, puede uno negarse a tenerlos.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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