Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Extraños Sueños Surreales
ContraPedia ContraPedia
11 enero 2013
Sección: Sección: Listas, Y FABULAS E HISTORIAS
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Estoy en el Club Atlético Universitario. Me dispongo a nadar en la piscina cuando, antes de sumergirme, aparece un hombre gordo que padece una dura resaca de tal intensidad, que bebe toda el agua de la piscina usando una pajilla de MacDonald’s.

Yo no me doy cuenta de la pérdida del agua y sufro una fractura de cráneo, de carácter múltiple que tarda en curar catorce años. Durante todo ese tiempo permanezco en un hospital de Houston, pero dada la escasez de habitaciones, se me coloca en el único cuarto disponible, uno que renta por año un especialista en curar hemorroides.

La mayor parte de sus pacientes son mexicanos, por lo que puedo constatar de primera mano los estragos que causa la comida picante. Para ayudarme a ser más llevadera mi convalecencia el gobierno me regala una suscripción semestral a la revista Modern Apartment Living.

Ahora estoy de vacaciones en Madrid. Paseo por la Gran Vía a media noche y me doy cuenta que los transeúntes se han convertido en langostinos al ajo. Dos de ellos me persiguen queriendo rociar sobre mí una cazuela con patatas en salsa verde.

Me pongo a salvo al refugiarme en un edificio de apartamentos donde el conserje es una percebe gigantesca que en su tiempo libre estudia a Sartre.

Me acepta con la condición de que le externe mi opinión sobre la visión histórica de Ludovico I, a lo que yo respondo: ‘le he leído y me parece que pudieron emplear mejor papel en su impresión, además de una letra de mayor tamaño’.

Mi respuesta no satisface a la percebe, me denuncia a la policía intelectual y voy a Loewe donde se me obliga a comprar algo si no pronuncio correctamente el nombre de esa tienda. Salgo con diez cinturones talla cuarenta que pienso usar cuando terminen mis vacaciones.

El psiquiatra Zamora ha aceptado ponerme en la lista de sus clientes después de una espera de tres años y ocho meses. En un principio mi dolencia era la de creerme en ocasiones el Emperador Maximiliano I de México.

Pero ahora he cambiado porque el verdadero Max me ha convencido de que soy el general Santa Anna. Explico mi problema a Zamora cosa en la que tardo más de una hora, después de lo cual Zamora grita ‘¡El siguiente!’

Salgo del consultorio y ya no me encuentro en Nueva York. Estoy en un barrio griego de Chicago donde un rabino disfrazado me toma del brazo y me obliga ir a la Ciudad de México. Me amenaza con publicar todo lo que él sabe de mí si no lo hago. Acepto.

Durante el vuelo, evita que use yo la salida de emergencia al introducir dos chiles jalapeños en mis fosas nasales. Ya en el aeropuerto de la capital mexicana, el oficial de la aduana declara a mi mano derecha artículo sujeto a permiso previo de importación y decide confiscarla dentro de una caja especial de seguridad.

Es el día de las elecciones y por una equivocación del linotipista del principal periódico, mi fotografía de contrabandista de manos aparece como la del candidato favorito para ganar las elecciones. El verdadero candidato es metido a la cárcel y yo soy llevado a la presidencia de la república.

Mi primer decreto es la prohibición de la comida picante. Mi segunda decisión es tomar un helicóptero para ponerme a salvo de la turba enardecida de ciudadanos que protestaban contra la primera decisión, unos cultivadores de chiles jalapeños.

Manejo un Porsche especialmente diseñado para mí por Gucci, Cartier y Mont Blanc. Soy un millonario, modelo de comerciales de televisión, que ha forjado su fortuna como campeón mundial de malabarismo con cachorros de oso panda.

Me dirijo a un castillo en La Loire, el que compré hace unos años y mandé ser rediseñado por Zefirelli. En la carretera encuentro una pareja.

El es un redactor de noticieros de la televisión mexicana que ha visto truncada su carrera por negarse a usar la expresión ‘vital líquido’ como sinónimo de ‘agua’. Ella es una modelo de modas a la que no le gusta el logotipo de Dior.

Me piden que los deje en el siguiente castillo. Durante el trayecto conversamos sobre Carlos Fuentes lo que nos hace caer profundamente dormidos y tener un accidente que a su vez produce un incidente internacional por el que Bolivia y la República Central Africana declaran entre sí una guerra naval.

Me siento culpable de lo sucedido y ofrezco mis servicios para mediar en el conflicto, pero una zarigüeya de la ONU me gana la partida. Me exilio en las Islas Tuvalu donde escribo mis memorias con la colaboración de diez hongos y dos orangutanes ambientalistas.

Estoy en el Lutece de Nueva York. Se me niega el servicio del restaurante argumentando que existe una huelga de trufas en Francia.

La ciudad se paraliza y la situación empeora cuando los de la juguetería Schwartz cambian de giro para dedicarla a ser la sede de una cadena de restaurantes de enchiladas suizas, ante lo cual Ginebra responde que se negará a ser sede de toda junta internacional.

En una situación de emergencia Obama es electo presidente por tercera vez e inmediatamente declara a las trufas como merecedoras de un subsidio americano dado a la OTAN, para lo que cede Florida a Cuba.

Estoy en el bar del hotel María Isabel de la Ciudad de México. Se llama El Jorongo y allí toca un trío canciones rancheras con letras de Kierkegaard y Sartre. Estoy bebiendo tequila frío en copa de martini seco al que le añado dos aceitunas, tres limones y un poco de sal.

Por tal motivo se me acusa de extranjerizante y como castigo se me asigna como compañero de mesa un columnista político monotemático. No resisto y huyo a otro bar con ambiente pluralista.

Aliviado por un clima de mayor libertad amaso una enorme fortuna vendiendo protección a los parroquianos que visitan el lugar. Una rubia de ojos cafés y un físico exquisitamente torneado canta canciones de Cole Porter en arameo.

Como resultado el bar entra a una etapa de decadencia y el barman es elegido dictador. Su primera decisión es obligar a los clientes a beber whisky canadiense. Huyo de nuevo en busca de una atmósfera mejor y me traslado al restaurante del último piso del hotel, donde se me niega la entrada al saberse que un pariente mío trabaja en el Phobia Research Institute de Roma, Texas.

Sin embargo, al final, logro entrar al restaurante al ponerme una malla verde y decir que vengo del Estudio 54. Una vez dentro, pido una botella de vino espumoso catalán que una rubia confunde con champagne alemán y se sienta a mi lado.

Conversamos sobre la correcta pronunciación de la palabra kwacha, la moneda de Zambia. La seduzco bajo la mesa mientras nos traen la cena consistente en una trucha al maní y sopa de lima. Lady Gaga nos cae encima de la mesa, ¿o era Madonna?

Me encuentro en una espesa selva. Me acompañan trescientos guerrilleros a quienes yo acaudillo en la lucha por la liberación de su país. A manera de protesta y como forma de reconocimiento mutuo, nos hemos dejado crecer el pelo de las cejas y las pestañas.

Tenemos grandes problemas, pues en la última batalla hemos perdido al cocinero y las únicas dos guitarras. Los hombres se ven forzados a cantar a capella por las noches y ello les causa una baja de moral.

Comemos lo que encontramos. Sánchez se comió una granada y Pardo se comió a Sánchez y Woody Allen se comió a Pardo. Así perdimos a nuestros mejores estrategas, los que conocimos cuando eran cajeros en la Banana Export Co. Inc. & Ltd.

La situación empeora cada día, por lo que nos decidimos a jugar el todo por el todo, vamos a entrar en la capital y tomar por sorpresa a la junta militar. Lo hacemos, pero solamente podemos llegar hasta la estación del canal local de la televisión.

Mis hombres se distraen viendo un capítulo viejo de Los Ricos También Lloran y son capturados. Escapo de la estación vistiendo un disfraz de oso amaestrado y logro cruzar la frontera. Después de tres años de viaje descubro que estoy en Canadá y que soy el jefe de una manada de osos que desean bailar música gitana.

Voy corriendo la milla por una pista diseñada especialmente para tal propósito dentro de una oficina en Lagos.

La escasez de presupuesto les ha obligado a ciertas limitaciones: parte de la recepción principal y pasa por el cuarto de las computadoras para luego tomar el ascensor hasta el cuatro piso y allí dar treinta y cinco vueltas alrededor de la sala de consejo.

Voy corriendo a un ritmo aceptable, pero me veo obligado a frenar sorpresivamente. Se trata de Chico Marx, quien se encuentra lastimado en el piso. Se ha tragado un salami italiano pensando que era una salchicha alemana.

Se está asfixiando. Lo salvo de morir provocándole el vómito al leerle una columna política. En agradecimiento me ofrece ser incluido en su libro. Rechazo la oferta pero él insiste. Acepto con la condición de aparecer con un nombre ficticio: Constancio IV de Baviera.

Sigo con mi carrera de la milla. Cuando voy en la vuelta número diecinueve, descubro que mis pies se han convertido en llantas Michelin. Inmediatamente voy a un taller para alineación y balanceo.

El jefe del taller es un libro que se titula Aplicación Práctica de Procesos Estocásticos. Realiza un trabajo de primera calidad y como pago le ofrezco traducirlo al francés. En ese momento llega al taller un autobús que se dirige a Innsbruck, Kragujevac, Szekesferhavar, Nyiregyhaza, Szombafurt y Ljubijana.

Al pronunciar esos nombres se me rompe una cuerda vocal, por lo que soy llevado de emergencia a una clínica especializada de Ginebra. Mi compañero de habitación es Ingmar Bergman, el que ha sido internado de emergencia también, después de tratar de pronunciar Tultitlán, Tlacomulco, Apatzingán, Popocatépetl, Teocaltiche y Paracuamandáparo.

He participado en una rifa y he obtenido un premio: ver una película americana, sin cortes, en la versión original y con el lenguaje previo a la censura. Rechazo el premio con vehemencia y lo hago pidiendo una sesión extraordinaria de las Naciones Unidas.

Mis palabras ante el pleno de la Asamblea son tan elocuentes que desafían la interpretación simultánea y me veo forzado al uso de un conjunto musical veracruzano para expresar la intensidad de mis emociones. No logro hacer entenderme.

Repentinamente surge un conflicto entre Tasmania. Mauritania y Belice. Se declara una guerra que dura dieciocho segundos, en la que se dispara una sola bala que cobra la vida de todos los integrantes del conjunto veracruzano.

Toma la palabra el delegado argentino, lo que es aprovechado por él para componer un nuevo tango con letra de Goethe y música de Handel. Los representantes de Alemania se retiran de la Asamblea dejando una salchicha en sus asientos.

Tomo el micrófono y arrepentido acepto el premio. Por un laberinto se me conduce a la sala de exhibición.

Estoy paseando por Polanco en la Ciudad de México. Entro a un restaurante italiano donde me atiende un mesero que se llama Pierre. Salgo. Voy a un restaurante francés donde el chef se apellida Marchettini. Me retiro.

Empiezo a padecer hambre y me desmayo en la calle. Me recogen cuatro mujeres estudiantes de comunicación y me dan de comer con la condición de mostrarme sus trabajos para el curso de televisión.

Las estudiantes sufren una terrible transformación y se convierten en dos discos de rap en noruego. Huyo de allí a toda carrera y me refugio en la casa de campo de Gyneth Paltrow donde permanezco diecisiete años en calidad de refugiado.

Al abandonar mi retiro me doy cuenta de que no ha habido ningún cambio en la cartelera de cines. Aburrido regreso, pero descubro que ella se ha ido y me veo obligado a cohabitar con una perdiz que se ha internado ilegalmente en el país por pertenecer al ETA. La perdiz y yo tenemos en común la afición por los libros de James Bond, sobre los que hablamos todas las tardes.

De noche en Nueva York, el Lincoln Center. Bernstein dirige a la Orquesta Sinfónica de Champagenau-sur-la-merde. El programa de hoy consta de la cuarenta y un sinfonías de Mozart. Descubro que Bernstein soy yo y que adoro Puerto Vallarta.

Exhausto, después de las primeras diez sinfonías, en el primer intermedio, me escabullo de la gente y tomo un barco hacia Londres. En la Plaza Trafalgar me atacan las palomas al descubrir que soy el único turista que no les ha llevado alimento.

Compro en una tienda de gourmet diez latas de chiles jalapeños, las que mezclo hábilmente con migas de pan y maíz. Regreso a Trafalgar y le doy esa mezcla a las palomas. Al expirar, la última de las palomas exclama “Hotbud”.

Se descubre que yo maté a las palomas y por ello se me ofrece un importante puesto en el Exchequer. Renuncio después de dos horas de ocupar el puesto argumentando incompatibilidad de caracteres con mi secretaria, la reina y el primer ministro.

Vuelvo a Nueva York donde el público todavía me espera. Subo al escenario y les digo ‘¿Acaso no les gustan los intermedios?’ Doy comienzo a la sinfonía número once.

Estoy en la biblioteca más grande del mundo. Ahí están todos los libros jamás publicados. Busco un libro de H.G. Wells y lo encuentro en el momento en el que una mano femenina me acaricia el rostro.

Oigo una voz de mujer que dice: “Me encantan los hombres que leen libros de Editorial Día Par… son tan varoniles… y taaaan atractivos. Wilde, Wells, Wellington, Gallegos, Zolá, Pérez Galdós… todos ellos y más en las masculinas ediciones de Editorial Día Par, a la venta solamente en las librerías de prestigio”.

Leo todo Wells en compañía de la mano femenina que se encarga de voltear las páginas como un servicio adicional de la biblioteca.

Por la noche tocan a la puerta. Es mi vecina, una rubia que estudia Psicología Clínica durante el día y por las noches se dedica a pedir tazas de azúcar a los vecinos. No tengo azúcar, pero le ofrezco raspar una zucaritas de maíz.

Mientas ella lo hace recibo una llamada telefónica de Susana, una vendedora de azúcar que por las noches estudia a Freud. Invito a Susana y conoce a la rubia Los tres pasamos un interesante momento hablando de nuestras aficiones comunes, las cartas de Van Gogh y la teoría del color de Goethe.

Durante meses se prolonga una armoniosa situación entre los tres, hasta que surge el tema de la causa de la caída de Winston Churchill. Bárbara toma el partido liberal y Susana el conservador.

Estoy viendo la televisión y he bajado el volumen de sonido del aparato. No oigo lo que dicen los actores del programa americano.

Prendo la radio y me divierto cuando los anuncios y los diálogos de la radio novela coinciden con el movimiento de labios de los actores de la tele.

Oigo a un actor decir: “Pino Patito es el mejor blanqueador”. La Policía del Sindicato de Trabajadores de Radio me arresta por hacer un uso indebido de las ondas de radio y se me sentencia a escuchar de por vida música ceremonial de las cortes medievales.

ContraPedia tiene un antecedente en los 80, cuando fueron publicadas una serie de propuestas de palabras y personajes que no existían. Eran muy breves. Esta versión respeta la idea original, jamás publicada antes, con textos más amplios.





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