Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Curiosidad es Camino
Eduardo García Gaspar
1 abril 2013
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es algo fascinante. Lo es, con una condición, la de tener curiosidad.

Es el apetito por saber más lo que lleva a terrenos por descubrir.

Y a la curiosidad la asesina la terquedad. El terco, en cambio, se conforma con estar quieto dentro de su pequeño círculo.

Pongamos a lal curiosidad en práctica con un caso inspirado en hechos reales.

Dos personas curiosas deciden examinar un tema, la existencia de Dios. Más aún, deciden examinar las pruebas de su existencia. Las principales de ellas y que son relativamente conocidas.

El paso lógico, antes que nada, es conocerlas. Son varias y se les conoce como las cinco vías. Las las propuso Santo Tomás de Aquino. Son las siguientes.

Primero, el argumento del cambio. Sabemos que todo cambia, que todo se mueve. Y también que nada se mueve por si mismo, ni cambia autónomamente.

El punto ahora es encontrar qué es lo que mueve a las cosas. Encontramos que hay una cadena de movimientos y cambios, pero concluimos que no puede ser infinita. Debe haber un primer autor de cambio y movimiento. Ese autor es Dios.

Segundo, el argumento de la causalidad. Sabemos que todo efecto tiene una causa. Si extrapolamos una causa a otra y a otra y a otra, terminamos con una cadena enorme de causas. Tampoco puede ser infinita. Debe haber una primera causa. Ella es Dios.

Tercero, el argumento de la contingencia. Sabemos que las cosas son pasajeras, transitorias. Reciben ellas su existencia de algo externo, no surgen de la nada. Dependen de otras y de otras y de otras.

Otra vez se encuentra esa cadena de dependencia que no puede ser infinita y que debe tener un comienzo, o fuente última de la existencia. Otra vez, esa primera y original fuente de la existencia, es Dios.

Estas tres vías o argumentos son similares. Usan la imposibilidad de cadenas infinitas de movimiento, causalidad, existencia, para encontrar lo lógico que es que existe una causa superior, única y primera de las cosas. Hay otras dos.

Cuarto, el argumento de la perfección. Sabemos que las cosas tienen grados variables de perfección, lo que implica la existencia de algún estándar de perfección contra el que son comparadas. Todas las cualidades de las cosas tienen alguna medición contra ese estándar, un absoluto de perfección, que es Dios.

Quinto, el argumento de la finalidad u objetivo. Las cosas, lo sabemos, aún las inanimadas, actúan con un sentido, según un objetivo. Tienen sus leyes o diseño, como las leyes físicas. La totalidad de las cosas están ordenadas, trabajan con armonía.

Este diseño, esas leyes, tan complejos no pueden ser resultado aleatorio. Deben ser el resultado de la voluntad de alguien. Ese alguien es Dios.

Sexto, el argumento moral. Sabemos que hay un sentido moral universal, cosas que son absolutas y sirven para emitir juicios sobre lo bueno y lo malo, lo que debe ser y lo que no debe ser. Esos juicios morales vienen de una autoridad última y superior, que necesariamente es un ser supremo, por encima del resto.

Hay otras posibles, como la constante humana religiosa, pero detengámonos aquí.

Las dos personas conversan entre sí sobre esas pruebas que demuestran que Dios existe. Quizá una termine convencida y la otra no tanto, o incluso nada. Han hecho ellas algo importante, han tratado un tema vital, seguramente el mayor de todos.

Dadas las posibles consecuencias, según B. Pascal, es el más importante de todos en nuestras vidas.

Es ya un adelanto que esas personas dedicaron parte de su tiempo a eso y no a, quizá hablar de Justin Bieber, o de la operación pectoral de una concursante de Miss Universo, o de Kim Kardashian. Fue sorprendente ser testigo de esa conversación, del milagro de dos personas que conversaron razonablemente a pesar de diferir… porque a las dos les movía la curiosidad de saber más.

Digo esto, porque es temor mío que las pasiones incontroladas que suelen surgir en las conversaciones sobre temas importantes, tienen el efecto de llenar las conversaciones con temas irrelevantes.

Y esas pasiones incontroladas las padecen todos. Quienes atacan a la religión, pero también quienes la defienden, suelen caer víctimas de la irritación y el enfurecimiento cuando hablan entre sí.

Quizá sea que esas desagradables furias mutuas nos lleven a procurar la suave amabilidad insulsa de una de las especialidades de los medios, como por ejemplo,

“Chismes y últimas noticias escandalosas de tus artistas favoritos en Univision … divorcios escándalos, peleas, demandas y las malas poses de los famosos” (entretenimiento.univision.com/chismes/).

Post Scriptum

Dos comentarios sobre las pruebas de la existencia de Dios:

• En su conjunto, consideradas en su efecto neto, son razonablemente buenas. Me parecen convincentes en general, o al menos capaces de generar dudas importantes en el ateo que se mantiene curioso.

• Para el creyente, esas pruebas suelen ser una parte escasamente importante. Sí, existen, no son nada malas, pero hay cosas mayores que quizá sean causadas por la fe.

Para el resumen de los argumentos, usé el libro de Hahn, S. (2008). La Fe es razonable. Ediciones Rialp, S.A.

En la obra de Kreeft, P., & Tacelli, R. K. (1994). Handbook of Christian apologetics. Downers Grove, Ill: InterVarsity Press, hay una argumentación que tiene más fondo del que aparece a primera vista: existe la música de J.S. Bach, por lo tanto, Dios existe.

Por mi parte, en la misma vena, ofrezco otra prueba musical, la de Sancta María Mater Dei, K.273, de Mozart.

 

O incluso otra prueba aún mayor, el Ave Verum Corpus, K. 618, de Mozart también:

 

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